VERDAD OCULTADA AFRENTA PERSONAL

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Un consejo a los republicanos en el tema de Benghazi: Dejen de llamarlo Watergate, Irán-Contra o más grande que los dos. Primero, es posible que así sea pero todavía no lo sabemos. Segundo, la exageración únicamente reducirá la importancia del escándalo si la conducta del presidente no constituye una violación de las normas presidenciales. Tercero, si se concentran en los efectos políticos darían argumentos a unos demócratas desesperados por decir que toda la algarabía no es otra cosa que una artimaña política.

 

Dejen que los hechos hablen por sí mismos. Son lo suficientemente perjudiciales a los demócratas. Dejen que Gregory Hicks, el apolítico segundo jefe de la misión en Libia, en forma descriptiva y conmovedora demuela los falsos argumentos del presidente sobre Beghazi. Como, por ejemplo, cuando dijo: “Lo que siempre he tratado de hacer es estar al tanto de todos los hechos y todo lo que he conocido se lo he mostrado al pueblo norteamericano”.

 

Obama ha hecho todo lo contrario. Según informa Hicks, unas pocas horas después del asalto contra el consulado en Beghazi, él habló directamente por teléfono con la Secretaria de Estado, Hillary Clinton. En ningún momento se mencionó el famoso video o manifestación espontánea alguna. Sin embargo, ambos puntos fueron la esencia de las declaraciones posteriores de la Embajadora ante la ONU, Susan Rice, en cinco programas de televisión. Hicks dijo ante el Congreso que, cuando las escuchó, se queda anonadado, abochornado y con la “boca abierta”.

 

Esa fue quizás la razón por la cual se le prohibió a Hicks que se reuniera con una declaración del congreso que investigaba el ataque. Y por la que, cuando Hicks desobedeció y se reunió con los congresistas, recibió una llamada insultante de uno de los principales asesores de la Secretaria Clinton. Cuando Hick hizo preguntas sobre el testimonio de Rice no solo recibió la callada por respuesta sino lo rebajaron a un cargo de menor categoría.

 

¿Fue esa la forma en que Obama informó de los hechos al pueblo norteamericano? No fue únicamente Hicks quién dio la voz de alarma. En menos de 24 horas, el jefe de la misión de la CIA en Libia informó a sus superiores que no había sido una manifestación espontánea sino un ataque terrorista. Al día siguiente, el Subsecretario de Estado Adjunto para el Medio Oriente dijo en un correo electrónico que el ataque había sido perpetrado por Ansar al-Sharia, una filial de al-Qaida.

 

¿Qué le dijeron al pueblo norteamericano? Cuatro días y 12 versiones más tarde, le alimentaron una ficción de una manifestación que nunca existió, provocada por video que nadie vio, sobre una película que nadie hizo. Según Hicks, nadie tenía conocimiento de estos hechos en Libia.

 

La versión original de la CIA contenía cinco párrafos sobre la participación de terroristas afiliados con al-Qaida y sobre la peligrosa situación de seguridad en Benghazi previa al ataque. Dichos párrafos fueron eliminados por funcionarios de la Casa Blanca para complacer intensas objeciones del Departamento de Estado. Lo que quedó fue la fábula de una manifestación espontánea. Eso no fue una manipulación de la verdad. Fue una decapitación de la verdad.

 

¿ Por qué lo hicieron? Dejemos que el asesor adjunto de seguridad nacional nos lo explique a través de sus correos electrónicos. “Tenemos que solucionar este asunto en una forma en que respectemos todas las equidades de importancia”. Esto no es un otra cosa que un elaborado lenguaje burocrático para decir en realidad: “los intereses de todos los departamentos gubernamentales involucrados”. Entonces agregó: “particularmente la investigación”. Pero el FBI, que estaba llevando a cabo la investigación, no había expresado objeción alguna. Fue una excusa totalmente falsa.

 

Fíjense bien que el funcionario no hice referencia alguna a la verdad. Su único interés era proporcionar cobertura política a los departamentos involucrados. Y el principal interés político era la necesidad de proteger la campaña electoral del presidente, su plataforma de política exterior donde afirmaba que al-Qaida estaba liquidada y que la ola terrorista iba en retirada.

 

Entonces las cosas se complicaron cuando el primer encubrimiento hizo necesario un segundo encubrimiento. El 28 de noviembre el Secretario de Prensa, Jay Carney, le dijo a la prensa que el Departamento de Estado y la Casa Blanca no habían editado más que unas simples palabras. Cuando la corriente de correos electrónicos demostró después que lo afirmado por Carney era falso, el Secretario de Prensa insistió en su versión falsa. El viernes pasado insistió en que fue la propia CIA la que hizo las correcciones en las distintas versiones del incidente.

 

Eso resultó un trago demasiado amargo hasta para la prensa que hasta ahora ha dado su apoyo casi incondicional a Obama. La CIA puede haber escrito la versión final. Pero las órdenes vinieron de mucho más alto. Usted no puede decirle a un cuarto lleno de periodistas que cuando tu editor te dice que suprimas cuatro párrafos y tú lo obedeces no ha tenido lugar edición alguna porque tú eres el redactor de la edición final.

 

Pero este juego de palabras estilo Bill Clinton no se ha detenido en el tema de Benghazi. Cuatro días después de la revelación de que el Internal Revenue Service había discriminado contra organizaciones conservadoras, Carney repitió varias veces en el curso de su conferencia de prensa diaria que, de ser cierto, el presidente estaría indignado.

 

¿De ser cierto? En el momento de esas declaraciones ya el IRS había admitido su conducta públicamente y pedido perdón por el escándalo. ¿Y el presidente hablaba en forma condicional?

 

Esta podría ser la primera vez en la historia de la presidencia en que encontramos un caso de afrenta personal. Después de conocido el informe del Inspector General, la afrenta personal se convirtió en una ostensible afrenta pública. Si a esto agregamos la verdad condicionada y cambiante sobre Benghazi, el presidente confronta una verdadera crisis de credibilidad. Un consejo a la Casa Blanca: ¡Digan la verdad! Es mucho más fácil de recordar.


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