POR QUÉ DAMOS AYUDA EXTERIOR

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En medio de nuestra crisis presupuestaria no es el mejor momento para estar hablando de ayuda exterior. Sobre todo cuando el receptor de esa ayuda es Mohamed Morsi, el presidente de Egipto.

Morsi está empecinado en lograr la excarcelación de Omar Abdel-Rhaman (el jeque ciego) condenado por organizar el ataque contra el Centro Mundial de Comercio en 1993 que causó la muerte de seis personas e hirió a más de un millar. La Hermandad Musulmana de Morsi es abiertamente anti-semita, anti-cristiana y absolutamente intolerante. Hace escasamente tres años, Morsi dijo a los egipcios que sus hijos y nietos tenía que ser adoctrinados en el odio visceral a los judíos, a quienes llamó “descendientes de monos y de cerdos”.

Nada parecido a Albert Schweitzer . Ni siquiera parecido a Anwar Sadat. Todo esto contribuye a crear sentimientos adversos a la entrega por el Secretario de Estado, John Kerry, de 250 millones a Morsi durante su reciente viaje a El Cairo. (Una décima parte de esta cantidad sería suficiente para financiar por 25 años las visitas de ciudadanos a la Casa Blanca, que el gobierno ha suspendido argumentado falta de fondos ocasionada por la reducción de gastos federales bautizada como secuestración o secuestro)

De todas maneras, yo creo que no debemos suspender la ayuda exterior a Egipto. No es que nosotros debamos apoyar a ciegas a regímenes que nos tratan con hostilidad. Es perfectamente razonable suspender la ayuda exterior a gobiernos que, además de sernos hostiles, están fuera de nuestra esfera de influencia. Subsidiar a los enemigos es meramente estúpido.

Pero Egipto no es nuestro enemigos. Al menos por el momento. Puede no ser nuestro mejor aliado árabe, pero todavía ejercemos sobre él alguna influencia. La Hermandad Musulmana se propone establecer una dictadura islámica. Pero está muy lejos de haberlo logrado.

Esa es precisamente la razón por la cual tenemos que seguir en contacto. Y contacto quiere decir utilizar nuestra influencia económica.

Morsi confronta una oposición considerable. Hace escasamente seis semanas se desataron poderosas manifestaciones contra la Hermandad Musulmana en varias ciudades del país que se prolongan hasta estos momentos. Las elecciones presidenciales ganadas por Morsi fueron por el escaso margen de 3 puntos a pesar de las ventajas de una mayor organización por parte de la Hermandad Musulmana.

Además, a causa de haber estado en la oposición durante largo tiempo, los islámicos no fueron culpados por el estado del país en el día de las elecciones. Ahora que están en el poder tienen sobre sus hombros la carga de las condiciones miserables en que se encuentra Egipto, tales como el colapso de la economía, el aumento de la criminalidad y la inestabilidad social. Su halo de invulnerabilidad está desapareciendo a velocidad vertiginosa.

La Hermandad Islámica está muy lejos de consolidar su poder. Por el momento, el problema reside en que los partidos democráticos seculares están fragmentados, desorganizados y carecen de liderazgo. Al mismo tiempo, están siendo reprimidos por el régimen cada vez más autoritario de Morsi.

Sus partidarios han atacado a los manifestantes en las calles de El Cairo. Sus fuerzas de seguridad dieron muerte a más de cuarenta manifestantes en Port Said. El propio Morsi ha estado hostigando a los periodistas, suprimiendo la libertad de expresión, infiltrando a los militares y tratando de subyugar a los tribunales. Ya ha hecho aprobador por la fuerza una constitución islámica. Ahora está tratando de manipular en su favor unas elecciones parlamentarias, al extremo de que la oposición ha propuesto boicotearlas y un tribunal administrativo declaró la suspensión de la votación.

Cualquier ayuda exterior que proporcionemos a Egipto debe estipular como condición que cese la represión y se conceda espacio a los partidos democráticos seculares que simpatizan con el Occidente.

Ahí es donde John Kerry cometió un error. No en tratar de utilizar la diplomacia del dólar para influir sobre la conducta egipcia, sino en utilizar los dólares para ejercer esa influencia exclusivamente sobre la economía en vez de lograr al mismo tiempo reformas políticas.

El principal objetivo de Kerry fue forzar a Morsi a solicitar un préstamos de 4,800 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional. Si tenemos en cuenta que parte de esos 4,800 millones son suministrados por los Estados Unidos hay algo de cómico en esta presión de Kerry. ¿Qué tipo de concesión puede existir en el hecho de forzar a un país a aceptar nuestro dinero?

Nosotros no tenemos interés alguno en la economía egipcia. Nuestro interés reside en los asuntos políticos. Es cierto que quisiéramos ver una economía sólida. ¿Pero una economía sólida en un país gobernado por la Hermandad Musulmana?

Nuestro interés reside en un Egipto que no sea sectario, no sea represivo, no sea islámico y sea gobernado en concordancia con un régimen democrático. ¿Para qué querríamos una economía vibrante que mantuviese en el poder a la Hermandad Musulmana? Nuestro interés está concentrado en la política egipcia, ya sea doméstica o extranjera.

Si vamos a dar ayuda exterior, debemos hacerlo para lograr concesiones políticas tales como libertad de expresión y no represión de la oposición política; así como cambios a la constitución islámica y elecciones libres y transparentes.

Nosotros proporcionamos ayuda exterior por dos razones primordiales: a) para apoyar a aquellos aliados que comparten nuestros valores e intereses, y b) para obtener concesiones de aquellos regímenes que no son nuestros amigos.

Esa es el objetivo de la ayuda exterior. Es de particular importancia en países como Egipto cuyo destino se encuentra en la balanza. Pero solo funcionará si tenemos bien claros los objetivos por los cuales estamos regalando todo ese dinero.

 


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