Los cristianos de Iraq toman las armas

Los cristianos de Iraq toman las armas
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Los cristianos de Iraq toman las armas
Un peshmerga kurdo y el comandante cristiano Safa Khamro, ante la imagen destruida del Sagrado Corazón en una iglesia de Taleskef Marina Meseguer

La imagen de Jesús no tiene ojos en Taleskef. Tampoco tiene pecho, ni brazos. Su estatua ha sido destruida a mazazos por el Estado Islámico. Aun así, los milicianos que custodian el pueblo se santiguan ante la figura hueca que un día fue el Corazón de Jesús. San Jorge también fue ametrallado. Los 8.000 vecinos de Taleskef, miembros de la iglesia caldea, huyeron hace meses. Sólo han quedado los combatientes y dos mujeres mayores sin ningún sitio a dónde ir. No es razonable vivir en un lugar a tiro de los francotiradores. Los hierbajos han invadido las aceras y los patios de las casas. A las afueras, se divisan las banderas negras.

“No tengo miedo a morir; estoy preparado para el martirio”, dice Radisa Shamon, un cristiano expulsado de Sinjar que hoy forma parte de las Fuerzas de la Llanura de Nínive, el único batallón cristiano que, oficialmente, lucha contra el Estado Islámico (EI). Empuña un kaláshnikov y un ostentoso rosario de oro cuelga de su cuello. Él y sus compañeros apenas llevan tres meses combatiendo. Los dirige Safa Khamro, que antes de la llegada del EI era comerciante y hombre vinculado a la política por tradición familiar. “En estas tierras los derechos no se te otorgan, hay que luchar por ellos”, explica.

Taleskef es uno de los pueblos más antiguos de Nínive, hogar de una de las primeras comunidades cristianas. Casi dos mil años de historia. Ahora esta planicie verde es un lugar peligroso, demasiado cerca de Mosul, ocupado por los fundamentalistas suníes desde el verano y muy lejos del cielo. Safa dice que cada día sufren ataques. “Han venido suicidas y hemos tenido que ametrallarlos para evitar que entraran”. “Todo el mundo habla del frente de Tikrit, del de Kirkuk, pero nadie se acuerda de Nínive. Aquí tenemos a los integristas encima, en algunos puntos a menos de 200 metros”, se lamenta.

Él mismo formó a sus hombres. “Tengo experiencia militar: estuve tres años y tres meses en el ejército iraquí”. El batallón está compuesto por varias decenas de hombres. Safa se queja de que apenas tienen armas y eso impide que la milicia crezca y avance. “Sólo tenemos unos cuantos fusiles y ellos tienen todo el armamento que el ejército iraquí abandonó en Mosul”, admite. Son conscientes de que su lucha no es sólo contra el EI sino contra la historia. Hace una década en Iraq había un millón y medio de cristianos; hoy son menos de 450.000, y bajando.

La milicia sólo recibe financiación de los partidos políticos cristianos, que ni por asomo tienen la infraestructura y la influencia política de los kurdos. “Pedimos a la Europa cristiana que nos apoye. Sin armamento pesado no lograremos vencerles”, implora. Tampoco los peshmerga kurdos les proporcionan las armas que necesitan, por más que unos y otros se empeñen en afirmar que la colaboración es absoluta y cordial. Los kurdos quieren evitar que se acabe creando otra milicia que, en el futuro, pueda suponer un problema.

El Estado Islámico se quedó dos meses en Taleskef. Todos huyeron excepto dos ancianas solteras y sin familia que apenas pueden moverse. Una de ellas explica entre lloros que le arrancaron su cruz de oro del cuello. La otra no puede ni salir de casa. Ahora las cuidan los milicianos. Les traen comida y se cercioran de que continúan vivas. Pero si hay un ataque, están desamparadas.

El silencio de las calles que un día fueron prósperas es inquietante, grita violencia. Un fuerte olor a muerte llega desde los escombros de unas viviendas construidas por el Gobierno. La coalición internacional bombardeó el pueblo y las casas donde se escondían los yihadistas saltaron por los aires. “No sabemos cuántos están sepultados bajo las piedras”. Tampoco piensan averiguarlo.

Antes de irse, el EI colocó explosivos por todo el perímetro del pueblo y se replegó en dirección a Mosul. Pero los vecinos no se atreven a volver. Ver sus banderas desde la puerta de casa les recuerda que son vulnerables y han preferido refugiarse en otros pueblos cristianos, como Al Qosh, a unos diez kilómetros y con las montañas como protectoras. “Hasta aquí no se atreverán a llegar”, dice en Al Qosh, convencida, una anciana que recoge cardos al borde de la carretera.

Los yihadistas no fueron los únicos que entraron en Taleskef. Aprovechando que los cristianos habían huido, algunos vecinos suníes de los pueblos cercanos acudieron a saquear las casas y los comercios. “Sabemos quiénes son -se lamenta Safa, que poseía tres tiendas de ropa masculina y para niños-. Ven y mira”, dice abriendo el maletero de su 4×4. Está lleno de ropa infantil, zapatitos y chucherías. “Esto es lo único que me queda, lo vendo para sobrevivir”. Y levanta los hombros con resignación. Miliciano de día y comerciante de noche, así es la vida de un comandante cristiano en Nínive.

Todos esperan a que llegue la primavera. Está previsto que comience la reconquista de Mosul, la ciudad más grande en poder de los integristas, que tras la caída de Kobane no hacen más que sumar derrotas. La moral está por los aires, pero reconocen que es una empresa demasiado grande para sus exiguas fuerzas.

“El Estado Islámico quiere acabar con todo lo que no sea islam en estas tierras. Odia a los chiíes, a los kurdos, pero odia especialmente a los cristianos”, afirma un miliciano mientras camina, fusil en mano, por las calles desiertas de Taleskef. Señala una pintada en un muro: “Aquí pone ‘El Estado Islámico ha venido para quedarse'”. Y añade con socarronería: “Pues va a ser que no”.


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