La mano siniestra de Barack Obama

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Barack Obama.

Los políticos de la mafia de Chicago ni toleran ni perdonan a quienes se les enfrentan y, más temprano que tarde, pasan la cuenta. Obama se la pasó a Michael Flynn.

Aún antes de que el Alcalde Richard Daley Senior le vendiera los votos del estado de Illinois a Joseph Kennedy para que su hijo John le robara las presidenciales de 1960 a Richard Nixon ya Chicago disfrutaba de una bien ganada reputación de corrupta. En ese ambiente hizo su entrada a la vida pública un aventajado joven mulato que había crecido a la sombra de su abuelo blanco y de sus compinches de la ideología de izquierda. Su nombre Barack Hussein Obama. Un hombre que aprendió en el pantano de Chicago las artimañas necesarias para triunfar en el pantano de Washington.

Obama inició su proselitismo político asistiendo por más de veinte años a la iglesia de Trinity United Church of Christ, en Chicago, liderada por el polémico pastor Jeremiah Wright, un consumado terrorista del púlpito cuyo sermón más famoso fue el titulado “Dios maldiga a América”. Cuando decidió aspirar al Senado Estatal de Illinois, Obama anunció su campaña en la residencia de los dos terroristas confesos y miembros del Weather Underground, Bill Ayers y Bernardine Dohrn.

Por lo que resulta obvio que Obama y el terrorismo han andado de la mano desde hace mucho tiempo. Pero su capacidad para la simulación le ha permitido, al igual que la famosa “gatica de María Ramos“, tirar la piedra y esconder la mano. Esa característica de su personalidad le ha sido muy útil en su vertiginosa y productiva carrera política. Un millonario que jamás ha sido dueño de empresa alguna ni desempeñado un empleo que cree riquezas.

Quizás esa sea la razón por la cual sus ocho años en la Casa Blanca estuvieron marcados por la ineptitud, la cobardía y la mentira. La raya roja con la que amenazó al dictador sirio Bashar al Assad se tornó amarilla cuando el amenazado continuó utilizando armas químicas contra la población civil. Los miles de millones de dólares con los que se propuso comprar la simpatía de los clérigos iraníes sólo le ganó el desprecio de los matones. La patraña inventada para justificar su inercia ante el asesinato de cuatro diplomáticos americanos en Benghazi no se la creyó nadie.

Pero en el campo de las mentiras, Obama bien merece un Oscar por su capacidad histriónica. Con su sonrisita sardónica le prometió a los americanos que su programa de salud−llamado “Affordable Care Act” y mejor conocido como “Obamacare”−les permitiría continuar con sus seguros individuales, mantener sus médicos personales y les ahorraría un promedio de 2,600 dólares anuales. No resulta, por lo tanto, extraño que esta cruel mentira haya sido rechazada por la mayoría del pueblo norteamericano.

Menos extraño todavía es el hecho de que, en noviembre de 2016, el pueblo norteamericano se decidiera a cambiar en forma radical la composición del gobierno y la dirección de la nación. La elección de Donald Trump, un hombre que jamás había ostentado un cargo público, fue un verdadero terremoto político que tomó por sorpresa a la totalidad del pueblo americano, pero, sobre todo, al mismo Barack Obama.

De hecho, el rechazo de Hillary Clinton fue, en gran medidas, un rechazo a la política de Obama. Un hombre de su arrogancia no podía aceptar de buen grado ese insulto a su auto idolatría. Obama se dio entonces a la tarea de encubrir sus trampas, obstaculizar al nuevo gobierno y destruir tanto a Trump como a sus colaboradores cercanos.

A Donald Trump lo acusaron de todo tipo de transgresiones. Llegaron al extremo de inventarle delitos. El más destructivo de todos fue la acusación de que había conspirado con los rusos para ganar las elecciones presidenciales. Nombraron a Robert Mueller, un abogado y ex miembro del FBI con reputación de hombre íntegro, con el título de Abogado Especial, que tendría a su cargo la investigación de los hechos.

La comisión nombrada más tarde por Mueller estuvo integrada en su totalidad por miembros o simpatizantes del Partido Demócrata. Por razones que no han sido esclarecidas, Bob Mueller fue una figura decorativa que daba un toque de imparcialidad a la investigación. De hecho, Mueller delegó muchas de sus responsabilidades en un fanático de la izquierda llamado Andrew Weissman, amigo personal de los Clinton. De todas maneras, a pesar de los 30 millones de dólares malgastado en esta cruzada del odio, la verdad triunfó sobre la mentira y Donald Trump fue exonerado de todos los cargos.

Pero, cuando se dieron cuenta de que Trump era un árbol gigantesco que no podía ser arrancado desde sus raíces, comenzaron a poderle las ramas. Entre ellas se encontraban los colaboradores más cercanos del presidente como Rudy Giuliani, Roger Stone, Paul Manaford, Michael Cohen y George Papadoupolos. Ahora bien,  el más importante de todas esas ramas y primero en esa lista de la infamia fue el Teniente General y veterano de 33 años en las fuerzas armadas, Michael Flynn.

¿Por qué Michael Flynn? Porque este general de conducta intachable había sido Director de la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa bajo la presidencia de Barack Obama. Los encargados por Obama de destruir a Trump sabían que podían engañar a aquellos asesores de Trump sin experiencia en las intrigas de los organismos de inteligencia, pero no a Michael Flynn.

Obama, por su parte, quería cerrar una cuenta pendiente con Flynn por lo que consideraba un acto de insubordinación del general. Durante la campaña presidencial de 2012, Obama trató de sacar ventajas políticas a la liquidación de Osama Bin Ladin y dijo que, con ella, AlQaeda había desaparecido. Cuando en unas declaraciones ante el congreso le preguntaron a Flynn si estaba de acuerdo con las declaraciones del presidente, el general dijo que no y que, en su opinión, habría AlQaeda para rato. Los políticos de la mafia de Chicago ni toleran ni perdonan a quienes se les enfrentan y, más temprano que tarde, pasan la cuenta. Obama se la pasó a Michael Flynn.

Noticias filtradas durante estos casi cuatro años señalan como ejecutores de esta venganza a los miembros del Buró Federal de Investigaciones James Comie, Andrew McCabe y Peter Strzok, al Director de la Agencia Nacional de Inteligencia, James Clapper y al Director de  la Agencia Central de Inteligencia John Brennan. También desempeñaron papeles de importancia funcionarias de alto nivel y de la total confianza de Obama como Susan Rice, Samantha Powers y Sally Yates.

La Rice mintió en cinco programas dominicales sobre la causa de los cuatro asesinatos de Benghazi, la Powers violó la ley revelando los nombres de ciudadanos americanos en investigaciones sobre inteligencia y la Yates acusó a Flynn de violar la Ley Logan, que no ha sido aplicada jamás desde su aprobación en enero de 1799. Ninguna de esta gente se habría atrevido a lo que equivale a un golpe de estado contra un presidente legalmente electo sin la aprobación de su jefe. En ese momento, el jefe era Barack Hussein Obama.

Pero como no hay nada que permanezca eternamente oculto bajo el sol esta conspiración que puso en peligro a la democracia americana ha comenzado a salir a la luz gracias al nuevo Secretario de Justicia William Barr y del Fiscal de Distrito del estado de Connecticut, John Durham. Sin embargo, la verdadera heroína en esta batalla ha sido la abogada Sidney Powell, defensora del General Flynn.

Gracias a la tenacidad de esta mujer ahora sabemos que el General Flynn se declaró culpable cuando los fiscales lo amenazaron con perseguir a su hijo por delitos ficticios. Que los agentes del FBI que entrevistaron a Flynn en la Casa Blanca a principios enero de 2017 le tendieron una “trampa de perjurio“. La misma consiste en interrogar a un testigo con el principal objetivo de obtener declaraciones que les permita acusarlo más tarde de perjurio. Pero lo más revelador, despreciable y mortificante es el hecho de que los mismos agentes del FBI que lo interrogaron concluyeron que Flynn no había mentido. ¡Ahí está la trampa y, por ende, la mano siniestra de Barack Obama!

Alfredo M. Cepero – La Nueva Nación


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