LA CONFUSA DOCTRINA OBAMA

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“Esta guerra, como todas las guerras, debe terminar. Eso es lo que nos enseña la historia” Barack Obama, 23 de mayo de 2013.

 

Un bello pensamiento. Pero, por mucho que Obama quiera cerrar los ojos, saltar haciendo sonar los tacones de sus zapatos tres veces y proclamar al mundo que la guerra contra el terrorismo ha terminado, la guerra es una calle de dos vías.

 

Esto es lo que nos enseña la historia: Hacen falta dos para pelear y dos para poner fin a cualquier guerra. Por rendición, como en la Segunda Guerra Mundial, por armisticio como en Corea y en Vietnam o cuando el enemigo abandona el campo, como en el final de la Guerra Fría.

 

Obama dice que ya basta. No quiere que continuemos en un estado de guerra permanente. Ahora bien, la Guerra Fría se prolongó por 45 años. Hasta ahora, la guerra contra el terrorismo ha durado 12 años. Si hubiéramos aplicado a la Guerra Fría el cálculo de 12 años de Obama, le habríamos puesto fin en 1958 y habríamos abandonado a su suerte a nuestros aliados en Europa Occidental y en la cuenca del Pacífico. Y peor aún, el resto mundo habría tenido que enfrentarse a solas a la amenaza comunista y Europa Oriental estaría todavía sumida en una interminable oscuridad.

 

John Kennedy convocó a la nación a llevar sobre sus hombros la carga de una lucha tenebrosa y larga. Obama, lamentándose en público sobre la pesada carga del poder–un poder que buscó dos veces por la vía electoral–quiere abandonar la lucha. Tanto él como nosotros.

 

El presidente no solo quiere revisar y actualizar la Autorización para el Uso de Fuerzas Militares de septiembre de 2011, que cuenta con al apoyo irrestricto de muchos conservadores. Se propone derogarla.

 

Él admite que la AUFM establece las bases, tanto a nivel nacional como internacional, para llevar a cabo cruciales operaciones defensivas, tales como los bombardeos con aviones no tripulados (drones). ¿Por qué entonces abolir la ley que le permite tomar las medidas que necesita tomar en defensa de la nación? ¿Porqué eso pondría fin a la guerra? ¿Porqué persuadiría nuestros enemigos a retirarse a sus cuevas?

 

Es algo así como el célebre lema de John Lennon sobre política exterior: “Imaginemos un mundo en paz absoluta”. Obama pretende hacernos creer que la marea de la guerra está en retirada. Pero los hechos demuestran todo lo contrario. La guerra está haciendo metástasis en Mali, en los desiertos de Argelia, en los estados del Norte de África bajo el mando de la Hermandad Musulmana, en Yemen, en la cruenta guerra civil de Siria, que ya se extiende al Líbano y desestabiliza a Jordania. Hasta la península de Sinaí, en paz por 35 años, está descendiendo en el caos.

 

La que está en retirada no es la marea de la guerra sino la influencia de los Estados Unidos en el mundo bajo el mandato de Obama. La marea de esa guerra está subiendo en el vacío de poder creado por la incertidumbre de Obama. El presidente declara que Assad tiene que abandonar el poder. El mismo deseo caprichoso expresado con anterioridad por nuestro indeciso presidente. Dos años–y 70,000 muertos–después, Obama sigue repitiendo el mismo deseo aún cuando la marea de la batalla es alterada por la presencia de nuevos árbitros que tratan de influir sobre el futuro de Siria–Irán, Hezbollah y Rusia. ¿Adónde van para inclinarse de rodillas todos aquellos que participan en el conflicto sirio? A Moscú, al mismo tiempo en que Washington es cada día más irrelevante.

 

Pero la máxima expresión de la confusa Doctrina Obama es el campamento de detención de la Base Naval de Guantánamo. El presidente insiste en que tiene que ser clausurado.

 

Muy bien. Aceptemos la dudosa proposición de que los prisioneros yemenitas regresen a su país y decidan no atacarnos de nuevo. Y de que otros podrían ser condenados en tribunales ordinarios y ser recluidos en prisiones norteamericanas.

 

Pero queda otra amenaza. El mismo Obama admite que: “aún después de dados estos pasos queda el problema de cómo lidiar con aquellos detenidos en Guantánamo que sabemos han participado en actos terroristas y que no pueden ser enjuiciados”.

 

Efectivamente, ese ha sido siempre el problema con Guantánamo. No es una cuestión de geografía. Es una cuestión de detención indefinida, ya sea en Guantánamo, en una prisión de máxima seguridad en Colorado o en la emblemática Isla de Santa Elena, donde fue recluido Napoleón.

 

No pueden ser procesados y no pueden ser puestos en libertad. ¿Cuál es la respuesta de Obama a esta pregunta crucial? Nos dice: “Estoy seguro de que este problema puede ser solucionado”. ¡Eso es todo! Basta de engaños. Obama ha tenido más de cuatro años para pensar en este asunto y admite públicamente que no tiene solución para el mismo.

 

No la tiene porque no existe solución. De ahí la necesidad de mantener abierto el campamento de detención de Guantánamo. Otras guerras terminan y los prisioneros son repatriados a su lugar de origen. Pero, en esta guerra, el otro bando no tiene la más mínima intención de rendirse o de entrar en un armisticio. Están dispuestos a seguir peleando hasta establecer su califato o hasta que el yihadismo sea pulverizado como el fascismo y el comunismo. Esa es la razón–la única razón–para el acertijo de la detención indefinida. No existe alternativa para una detención indefinida cuando el otro bando está decidido a una guerra indefinida.

 

Las fantasías de Obama están entrelazadas. Su sueño de poner fin a las detenciones es tan irrealizable como su sueño de poner fin a la guerra.

 

Nosotros estábamos indefensos en septiembre de 2001 porque, a pesar de las declaraciones de guerra de bin Laden en 1996, pretendimos durante años que nadie nos atacaría. Obama–con su doctrina de catalogar el terrorismo islámico como un delito común, eliminar la ley que lo trata como un conflicto armado y pretender que la guerra ha terminado– podría debilitar nuestras defensas y ponernos a merced de terroristas empecinados en hacernos desaparecer de la faz de la Tierra. Es más que suficiente para ponernos a llorar.


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