LA CAÍDA DE OBAMA

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La suerte es voluble, el poder es cíclico y nada es nuevo bajo el sol. Especialmente en Washington, donde después de cada elección el partido perdedor se ve obligado a confesar sus pecados, rasgarse las vestiduras y revisar sus principios si no quiere condenarse a la extinción. Y donde el victorioso es aclamado como el nuevo César con el camino abierto a la dominación total.

 

Y donde Barack Obama, acostumbrado por naturaleza a considerarse omnipotente, aceptó con euforia su coronación. Acto seguido, continuó su éxito electoral con una rotunda victoria sobre los republicanos en el tema del precipicio fiscal e impuso a John Boehner y compañía los aumentos de impuestos que detestaban.

 

Envalentonado, Obama convirtió sus discursos de toma de posesión y del Estado de la Unión en una verdadera fábrica de sueños para la izquierda. La lista fue desde su declaración de guerra al calentamiento global (en un planeta cuyas temperaturas han sido las mismas durante 16 años y cuyas emisiones de CO2 son las más bajas en 20 años) hasta la invención de nuevos beneficios garantizados (entitlements)–como programas preescolares para niños de 5 años–en un país que ya se está ahogando en deudas.

 

Con el objeto de lograr sus sueños, Obama se dio a la tarea de pulverizar y neutralizar a los republicanos como preludio a lograr el control de la Cámara de Representantes en las elecciones parciales de 2014. Esto le permitiría poner en vigor su agenda en los últimos dos años de su presidencia, que son generalmente los más débiles de cualquier presidente en un segundo período. Viva la estocada mortal de Obama. El sueño le duró exactamente seis meses. El encanto está difunto.

 

Todo empezó con el secuestro de fondos. Obama jamás pensó que los republicanos iban a confrontar su fanfarronada y permitió que dicho secuestro entrara en vigor. Los republicanos se pararon en firme y Obama se tambaleó.

 

Tomado por sorpresa, Obama vaticinó un desastre y predijo el final de todas las cosas que más nos importan si no se ponía fin al secuestro. El secuestro siguió adelante y el desastre no se produjo.

 

Abochornado y empecinado en producir acontecimientos negativos, Obama se negó a aceptar la oferta de los republicanos de darle flexibilidad para llevar a cabo las reducciones de gastos. Según fue revelado en un memorándum del Departamento de Agricultura donde se demandaban recortes que el público sintiera, se dio instrucciones a los burócratas de que infringiera el mayor dolor posible con el mínimo de recortes.

 

Las cosas comenzaron con la casi cómica cancelación de las visitas del público a la Casa Blanca y terminaron con los no tan cómicos retrasos en los viajes aéreos. Obama pensó que los pasajeros furiosos le echarían la culpa a los republicanos. Pero se le olvidó que el Poder Ejecutivo y no el Congreso es el que tiene el control de estos departamentos. Además, ¿quién podría pensar que un gobierno que gasta 3.6 MILLONES DE MILLONES al año no puede reducir el 2 por ciento de sus gastos sin declarar cesantes a los controladores aéreos?

 

Mostrando no solamente su incompetencia para administrar el presupuesto sino su cinismo en el daño deliberado al bienestar público, el gobierno dio marcha atrás. El Congreso aprobó inmediatamente un proyecto de ley dando a Obama autoridad para restaurar los fondos de los controladores aéreos. A pesar de haber amenazado con anterioridad con vetar el proyecto de ley, Obama levantó la bandera blanca y lo firmo.

 

No fue exactamente la repetición de la rendición de Robert E. Lee ante Ulyses S. Grant en Appomatox pero, teniendo en cuenta de que se produjo inmediatamente después de la derrota de Obama en el asunto de control de armas, demostró que el gobierno había perdido fuerza para imponer sus condiciones.

 

El control de armas fue un desastre político para Obama. Invirtió su capital político. Se fue en un recorrido por varias ciudades. Se retrato con familiares de las víctimas y no llegó a parte alguna. En cuanto a la prohibición de rifles de asalto–una medida que fue aprobada por el Congreso hace 20 años–fue derrotada por una votación de 60 a 40 en un Senado donde los demócratas tienen un control de 55 votos. Obama no fue capaz de lograr siquiera un chequeo de antecedentes penales.

 

Todo esto al tiempo en que aparecía, más que pasivo, desamparado en el escenario mundial. En cuanto a Siria, Obama estaba tratando de borrar la línea que él mismo había trazado en cuanto a las armas de destrucción masiva. En Benghazi, trataba de evadir acusaciones de que el Departamento de Estado bloqueaba declaraciones de funcionarios que querían declarar ante el Congreso.

 

Incluso está siendo atacado por sus declaraciones con respecto al atentado terrorista de Boston. Todos los días aparecen pruebas de señales que no fueron detectadas con tiempo. Y su promesa de perseguir a los culpables del atentado fue objeto de burlas cuando su Departamento de Justicia informó al terrorista sobreviviente, Dzhokhar Tsarnaev, de su derecho a mantenerse en silencio. Este es precisamente el individuo que puede proporcionar información sobre explosivos, entrenadores y planes de futuros taques terroristas.

 

Muy pronto el tornillo dará otra vuelta. Si la reforma migratoria es aprobada Obama será aclamado como el hombre que superó las derrotas previas.

 

Esto ignoraría el hecho de que la reforma migratoria tiene más que ver con el miedo de los republicanos a perder el favor de los hispanos que con las gestiones acertadas de Obama. De hecho, Obama se ha convertido en una figura tan conflictiva, que los negociadores en el Congreso le han pedido que se mantenga alejado.

 

Sin embargo, pase lo que pase, el tornillo dará otra vuelta, aun cuando sea a causa del aburrimiento en Washington. Pero esa es la constante en la política de la capital de los Estados Unidos: no hay gráficos que sigan una línea recta. Nosotros vivimos en altas y bajas todo el tiempo. Y acabamos de pasar por una. De rey del mundo a cadáver en el agua en el breve curso de seis meses. Tremendo viaje.


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