¡Hurra por Washington!

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La culminación anoche de la transmisión de los Oscars con una escena en vivo desde la Casa Blanca con la Sra. Obama (junto a sus amigos militares) marca el reconocimiento oficial de la Presidencia como un teatro que, al igualq ue con los viejos escenarios del oeste, no precisa de sustancia alguna.

Desde un principio, el presidente Obama fue elegido sobre la base de su fuerte profusión de palabras conmovedoras como “Esperanza y cambio”, sin ningún escrutinio serio de sus antecedentes o políticas. Tras haber sido galardonado con la presidencia, y así como a los Oscar le siguen los Golden Globe, al Sr. Obama se le otorgó luego el Nobel de la Paz, exclusivamente por sus bien guionadas promesas de paz.

Y así continúa la farsa: prometer la paz y entregar una guerra expandida, con nuevas fronteras quebradas por los asesinatos con aviones no tripulados de niños y otros inocentes, justificaciones legales pergeñadas para matar a estadounidenses y un poder ejecutivo prácticamente ilimitado sobre casi todos los aspectos de nuestras vidas.

Al recitar el guion progresista y a la vez ofrecer empobrecimiento y un acceso degradado y menos asequible a la atención medica, está claro que sólo importa lo que él dice, no lo que es. Su anhelado siguiente acto: nuevos objetivos en el control de armas que tornarán más vulnerables a las personas, un aumento del salario mínimo que exacerbará aún más la incapacidad de aquellos que carecen de experiencia laboral para obtener su primer empleo en el cual perfeccionar las habilidades que los coloque luego en la escalera económica, y medidas “verdes”, basadas, como en la película La vida de Pi, en una fantasía generada por computadora mucho más atractiva que los sosos datos del mundo real.

Pero está bien. Los Obama nos hacen sentir bien con nosotros mismos, y, después de todo, de eso se trata Hollywood y Washington.

Por supuesto, esto no se inició con esta administración. Al Sr. Bush todavía se lo llama “conservador”, a pesar de haber perpetrado una guerra preventiva basada en un escenario de misteriosas armas de destrucción masiva que solo se daba en Washington, desencadenando la avalancha de poder ejecutivo que actualmente sigue rodando, y de cuadruplicar el tamaño del gobierno federal.

Pero la tendencia ciertamente parece estar llegando a su culminación con las estrellas actualmente reinantes en la Casa Blanca—y ciertamente no es una que resulte saludable para el público que paga las entradas.

Traducido por Gabriel Gasave

Mary L. G. Theroux es Vicepresidente de The Independent Institute.

Publicado por el 26 febrero 2013 | Enlace permanente


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