EL LENGUAJE DEL TERROR

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El terrorismo es un lenguaje. Un leguaje que capta su auditorio asesinando a personas inocentes con la mayor publicidad posible. El anarquista del Siglo XIX, Paul Brousse, lo llamó “propaganda por acción”. De ahí que el ataque al maratón de Boston, el primer acto terrorista llevado a cabo en los Estados Unidos desde los ataques del 11 de septiembre, tuvo como objetivo lograr un efecto máximo. En la meta se darían cita no solamente cámaras noticiosas sino centenares de videos personales que multiplicarían el mensaje.

 

¿Cuál mensaje? Porque nadie ha reclamado responsabilidad ni se ha producido propaganda alguna explicando el evento.

 

Y aunque ya sabemos quiénes fueron los autores, no tenemos todavía una explicación definitiva. Los hermanos Tsarnaev son chechenos. El mayor parece haberse radicalizado. Se dice que había compartido videos islámicos radicales urgiendo a una yihad (guerra religiosa musulmana). En uno, por ejemplo, se mostraban explosiones de bombas con leyendas que decían: “Entonces Alá reclutará un ejército de no árabes cuyas armas serán las de la fe”.

 

Sin embargo, a diferencia del terrorismo islámico, nadie reclamó haber puesto las bombas de Boston.

 

¿Qué quiere decir todo esto?

 

Que fueron unos exagerados aquellos que señalaron la ausencia de la palabra terrorismo en las primeras declaraciones del Presidente Obama. De hecho, a la mañana siguiente el presidente fue corriendo a la sala de prensa de la Casa Blanca para especificar que se trataba de un “acto terrorista”.

 

Sin embargo, no me parece que era necesario ser tan sensible con respecto a la omisión en las primeras declaraciones. El presidente dijo que “terrorismo es cualquier bomba encaminada a hacer daño a civiles”. No estoy de acuerdo. En mi opinión, “terrorismo es cualquier ataque con objetivos políticos perpetrado contra civiles”. Mientras usted no sepa el propósito, no puede saber si se trata o no de un ataque terrorista.

 

En algunas ocasiones se producen ataques sin objetivo alguno. El tirador de Tucson que casi dio muerte a la congresista Gabrielle Giffords era simplemente un loco, un certificado paranoico esquizofrénico. También pueden ser motivados por venganzas personales, sin objetivo político alguno.

 

En este caso, es extremadamente improbable. (Los esquizofrénicos, por ejemplo, son demasiado desorganizados para detonar bombas simultáneas). Todo parece indicar que los hermanos Tsarnaev mataron por motivos políticos.

 

Ahora bien, ¿por qué se mostró el presidente tan sensible en cuanto a no usar la palabra “terrorismo”? Una sola palabra: Benghazi. En aquel caso el gobierno fue criticado con toda razón por negarse durante mucho tiempo a calificarlo como un acto de terrorismo.

 

Sin embargo, la palabra “terrorismo” era apropiada y necesaria en el caso de Benghazi. El gobierno trató vender la farsa de una manifestación espontánea en lugar de un ataque terrorista. El objetivo fue echar la culpa a una turba incitada por un video producido por un loco cóptico norteamericano. Con esto, el gobierno trató de rehuir toda culpabilidad por el hecho.

 

En Boston, por otra parte, nunca hubo dudas con respecto a que se trataba de un acto deliberado. En este caso, el reto lingüístico para el presidente es bastante distinto. ¿Qué tal si este fue un ataque inspirado por la ideología islámica?

 

La mayor parte del terrorismo checheno ha sido nacionalista y dirigido contra Rusia que antes ha combatido y combate en este momento contra los separatistas chechenos. Algunos de los ataques más brutales de los últimos tiempos–el ataque contra un teatro en Moscú y de la escuela Besslan #1–fueron perpetrados por separatistas chechenos.

 

Pero también hay muchos combatientes chechenos por motivos religiosos. Estos forman parte de una yihad mundial que combate actualmente en Afganistán, Irak, los Balcanes y hasta en
Siria. Si los Tsarnaev eran nacionalistas anti rusos, ¿por qué motivo atacaron a civiles norteamericanos? Es altamente probable que sus motivos no hayan sido nacionalistas sino de fanatismo religioso islámico.

 

Y es aquí donde el presidente confronta un verdadero reto. ¿Será capaz Obama de decirle esta vez la verdad al pueblo norteamericano y utilizar la palabra “terrorismo”? Su gobierno ha hecho lo imposible para separar las palabras “islámico” y “terrorismo”. Insiste en llamar a los yihadistas “extremistas violentos” sin explicar que quiere decir con “extremistas”. Insiste en clasificar la masacre de Fort Hood, donde el asesino grito a toda voz “Alá es grande” mientras daba muerte a 13 personas, como “violencia en un centro de trabajo”.

 

En un discurso pronunciado el mes pasado en Jerusalén, el presidente se refirió a la creciente influencia de la Hermandad Musulmana en Egipto como el ascenso de “partidos no seculares”.

 

¿No seculares? ¿No es eso un eufemismo de “religioso” y, por ende, de islámico? Sin embargo, Obama no se atrevió a pronunciar la palabra. Esto no es una trivialidad lingüística. Si fuera insignificante Obama no estaría evitando a toda costa hacer referencia alguna al Islam.

 

Obama se ha conducido en forma admirable durante la crisis de Boston hablando con seguridad y con determinación. Pero continua caminando una cuerda floja lingüística. Aunque no es de gran importancia en este caso, su renuencia a pronunciar la palabra “terrorismo” en nada referente al Islam es verdaderamente reveladora de su personalidad. La pregunta de mayor importancia es: ¿Si se demuestra que los hermanos Tsarnaev actuaron en nombre de la yihad, tendrá al presidente la honestidad de admitirlo ante el público norteamericano?


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