CODIFIQUEMOS LA GUERRA DE AVIONES NO TRIPULADOS

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Desde los puntos de vista tanto del tópico como de la tontería, el ya legendario discurso dilatorio de Rand Paul ante el Senado fue un golpe de genio político. El tópico era, obviamente, muy limitado: ¿Tiene el presidente el poder constitucional de disparar un misil lanzado por un avión no tripulado contra la cocina de un ciudadano norteamericano con el cual el primer mandatario no simpatiza mientras el último se cocina una carne asada?

El grupo de aquellos que no pueden dar una respuesta directa a esta pregunta es excesivamente pequeño. Por desgracia, en ese grupo se encuentra el Fiscal General Eric Holder. Ahí reside la tontería. Holder declaró ante una comisión del Senado que este tipo de ejecución “no sería apropiado”.

Teniendo en cuenta que, desde el punto de vista burocrático, “apropiado” no tiene significado alguno, la respuesta de Holder se convirtió en una pesadilla de relaciones públicas. La respuesta correcta no es otra que: “En ausencia de una guerra civil en suelo norteamericano–algo que no hemos visto en 150 años–o una invasión jihadista originada en Saskatchewan y encabezada por el mencionado cocinero la respuesta es NO”.

Teniendo en cuenta que lanzar una hipótesis sería inconcebible, la actuación de Paul fue, al mismo tiempo, teatralmente brillante y substancialmente irrelevante. Y, sobre el principio en cuestión, la opinión de Eric Holder carece de todo tipo de base. Holder no es un Fiscal General de estatura cuyas palabras serán recordadas por la historia. Ni tampoco las opiniones de un fiscal general serán de obligatorio complimiento por el próximo presidente, ni por el Congreso o por los tribunales.

La cuestión más urgente y de mayor importancia es la utilización de aviones no tripulados en el exterior. El discurso dilatorio evitó mostrar ese propósito. Que es un testimonio a la habilidad política de Paul. Pero, solo dos días más tarde, en un artículo para The Washington Post, Paul dijo:”Ningún norteamericano debe ser asesinado por un avión no tripulado sin haber sido acusado de un crimen con anterioridad”. Fíjense que no menciona en el artículo “en suelo norteamericano”.

Aquí Paul estaba hablando de una cuestión más amplia y más controversial: el asesinato del norteamericano miembro de al-Qaida Anwar al-Awlaki por un avión no tripulado en territorio de Yemen. Por mucho que insista Paul en el asunto, la constitución de los Estados Unidos no tiene fuerza legal fuera de territorio norteamericano. Sin embargo, el planteamiento de Paul se aplica también a objetivos de los aviones no tripulados que no sean ciudadanos norteamericanos. Aunque él es demasiado inteligente para decirlo a las claras, sus argumentos están dirigidos específicamente contra la guerra contra el terrorismo. A diferencia de su padre, quién llegó a insinuar que los ataques del 11 de septiembre fueron provocados por nuestros pecados, este Paul joven expresa su escepticismo no solo en cuanto a la eficacia sino en cuanto a la legalidad de la guerra en su totalidad.

A medida que la guerra entra en su décimo segundo año, ese escepticismo tiene muchos simpatizantes. Sobre todo, si tenemos en cuenta que nuestro inepto fiscal general trata de definir los términos en que el gobierno conduce una guerra de aviones no tripulados con un desafiante secreto. Y no podemos decir que esta sea una pequeña operación cuando las estadísticas muestran 4,700 bajas ocasionadas por los aviones no tripulados.

George W. Bush fue atacado sin piedad por someter únicamente a tres terroristas a interrogatorios de ahogamiento ficticio. Los mismos terroristas que disfrutan en estos momentos de un prolongado retiro en una soleada isla del Caribe (aun cuando no se les permita pasear fuera de las alambradas que rodean a Guantánamo). En contraste, el Presidente Obama, con un record de millares de muertos, es objeto de muy tímidas protestas por parte de los mismos que se ensañaron con Bush. Uno de ellos fue precisamente el entonces senador Obama.

Esta hipocresía es el homenaje que los demócratas rinden a los republicanos cuando los primeros asumen el cargo, confrontan la realidad de la seguridad nacional, sienten el peso de la obligación de proteger a la nación y terminan haciendo casi todo lo que criticaron a sus predecesores. Sin embargo, la belleza de tamaña hipocresía, es que la rotación de poderes crea un consenso natural bipartidista sobre la forma de conducir esta guerra.

Todo esto nos presenta una oportunidad única para codificar las reglas. La carta constitucional de la guerra, la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar de 2001, ha demostrado funcionar bien. Pero la autoridad del Comandante en Jefe es tan amplia–los límites de cuyo poder son tan vagos que ponen en manos de memorandos secretos y abogados de la Casa Blanca la delimitación de los mismos–que ha creado sospecha, miedo y ahora discursos dilatorios encaminados a limitarla.

Ha llegado la hora de plantear las cosas de nuevo. Esto no quiere decir anular la Autorización para el Uso de la Fuerza sino utilizar las lecciones que hemos aprendido en los últimos 12 años. Por ejemplo, aclarar las condiciones en que se pueden llevar a cabo acciones con aviones no tripulados, tales como dónde, cuándo y contra quién.

Con las necesidades que han conducido tanto a Bush como a Obama al uso de armas y tácticas casi idénticas se ha forjado un consenso nacional. Vamos a poner las cosas en términos claros. Todo lo que necesitamos es un presidente dispuestos a liderar la carga y un congreso dispuesto a aceptar responsabilidades por la conducción de la guerra. Porque, independientemente del deseo de Paul y de sus seguidores de que la guerra desaparezca, ella estará con nosotros por largo tiempo.

 


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