Las lecciones no aprendidas del 11-S

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El hecho de que no haya habido ningún otro ataque terrorista a gran escala en suelo americano atribuido al radicalismo relacionado con el islam, no es un accidente. Ha sido el resultado de operaciones militares y de inteligencia agudas, y de haber librado la guerra contra los extremistas musulmanes en Oriente Medio y Asia Central.

Para muchos, el 11 de septiembre (11-S) marca un acontecimiento espantoso que cambió Estados Unidos y Occidente para siempre. En menos de 2 ½ horas, murieron 2,977 personas y más de 25,000 resultaron heridas, todas ellas en su mayoría civiles, en la ciudad de Nueva York, Washington D.C. y Shanksville, Pensilvania. Los atentados horribles y selectivos contra el World Trade Center, el Pentágono y el pretendido edificio del Capitolio de Estados Unidos, fueron elegidos por los asesinos fundamentalistas musulmanes por lo que representaban: el sistema capitalista, el estamento militar que defiende la libertad y una representación prototípica del gobierno republicano. La entrega reciente de Afganistán al mismo régimen que amparó a los autores materiales de este crimen atroz, sugiere que Estados Unidos y Occidente no han aprendido mucho del 11-S.

El primer y más profundo fallo fue creer (o expresar públicamente) que este acto de salvajismo llevado a cabo por diecinueve miembros saudíes de Al Qaeda, era un fenómeno singular ejecutado por un grupo específico. Cuando la administración Bush II etiquetó la respuesta beligerante a este ataque como “Guerra contra el Terror”, para no “ofender” a los seguidores del islam, Estados Unidos y Occidente estaban en el camino equivocado. El 11 de septiembre fue diferente, pero no de la forma en que los políticos y los medios de comunicación dominantes afirmaban.

El islam político y fundamentalista ha estado llevando a cabo una guerra sucia contra el mundo judeocristiano desde la década de 1960. Atacar a los civiles ha sido la forma preferida de ataque. La alianza entre los regímenes marxistas-leninistas y los movimientos islámicos se selló oficialmente en la Conferencia Tricontinental de Cuba comunista en 1966. Esta versión moderna de una “Internacional” comunista, reunió a más de 500 delegados de 82 países en La Habana entre el 3 y el 16 de enero. Uno de las proles de la conferencia fue la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), una plataforma de lanzamiento logística, financiada por la Unión Soviética, para el terrorismo revolucionario mundial.

Los grupos terroristas palestinos, como Al Fatah y el Frente Popular para la Liberación de Palestina, tras la victoria de Israel contra la agresión árabe en la Guerra de los Seis Días de 1967, comenzaron a utilizar estrategias bélicas abominables. Los bombardeos, los secuestros, los tiroteos y los secuestros fueron algunos de los modos de operación seleccionados. La muerte de once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, llevada a cabo por Septiembre Negro, otra organización militante terrorista palestina fundada en 1970, tipificó la metodología subversiva.

Los movimientos radicales musulmanes, aunque todos practican el terrorismo, difieren en su visión del mahometismo. Los grupos palestinos antes mencionados, por ejemplo, entran en la categoría general de lo que se conoce como “islam político”. En estos casos no se cumple estrictamente la aplicación del Corán y la Sharia. La otra categorización moderna para el terrorismo que proviene de la civilización musulmana, se conoce como “fundamentalistas”. Estos grupos pretenden imponer la “Ley Sharia” y las interpretaciones “más puras” y literales del Corán y otros textos musulmanes.

Los fundamentalistas pueden remontar su fundación moderna al wahabismo. Esta es una forma árabe de salafismo, esa conceptualización antigua y extremista del islam suní que rechaza la modernización y sólo acepta como válidos los estrictos códigos morales y legales de la Sharia. Los salafistas son intelectuales islámicos que históricamente han racionalizado la barbarie que grupos como Al Qaeda, ISIS y los talibanes se esfuerzan por imponer, abogando por un “renacimiento” de las tradiciones del siglo VIII. Sin embargo, ha sido Arabia Saudí la que con más éxito ha infligido esta máquina de guerra totalitaria a la civilización occidental.

11-S (EFE)

La Casa de Saud (monarquía saudí), para solidificar el tribalismo rampante y competitivo en Arabia Saudí, apeló a los eruditos islámicos wahabíes. Aunque estos practicantes árabes del salafismo han existido desde el siglo XVIII, fue en la década de 1950 cuando ganaron protagonismo con la corona saudí, para unificar el país. A los wahabíes se les concedió el dominio de la educación y el sistema legal. De ahí el desarrollo de las escuelas islámicas conocidas como “madrasas”. La riqueza saudí se ha invertido en gran medida en la construcción de estos centros de formación del extremismo musulmán en todo el mundo. Las madrasas financiadas por Arabia Saudí en Pakistán “educaron” a muchos de los talibanes en las enseñanzas radicales del wahabismo.

El derrocamiento de otro formidable aliado de Estados Unidos, el Sha Mohammad Reza de Irán, también impulsó el radicalismo al poder político en el mundo musulmán. En este caso, la insensibilidad y la traición de Estados Unidos, esta vez por parte de otro presidente demócrata, Jimmy Carter, allanaron el camino hacia un Estado islámico. El ayatolá Jomeini añadió otra alternativa al wahabismo saudí, con su versión chií del fundamentalismo musulmán. El grupo terrorista libanés Hezbolá, respaldado por Irán y apoyado por Siria, lleva a cabo operaciones yihadistas desde la década de 1980. El atentado de 1983 en el que murieron 241 marines americanos en Beirut, así como un facilitador logístico para otros grupos terroristas musulmanes radicales, contaron con la presencia de Hezbolá. El atentado de 1988 contra el vuelo 103 de Pan Am es otro ejemplo de su participación. La práctica de utilizar terroristas suicidas fue popularizada por Hezbolá.

El islam radical, ya sea el islam político o el fundamentalismo musulmán, ha estado activamente en guerra con el mundo occidental desde los años sesenta. La tragedia del 11-S alertó a Estados Unidos sobre la magnitud del problema. El hecho de que no haya habido ningún otro ataque terrorista a gran escala en suelo americano atribuido al radicalismo relacionado con el islam, no es un accidente. Ha sido el resultado de operaciones militares y de inteligencia agudas, y de haber librado la guerra contra los extremistas musulmanes en Oriente Medio y Asia Central. La entrega de un centro clave de disuasión como Afganistán, a los mismos elementos terroristas que encarnan la cosmovisión que atacó a Estados Unidos hace veinte años, es una forma vergonzosa de recordar a las víctimas y a los héroes de aquel día inolvidable. ¿Es esto lo que Biden-Harris tenía en mente para la conmemoración?

 Julio M. Shiling – El American  


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