El maligno que manda en la Casa Blanca

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Barack Obama y Joe Biden

Y ahora Obama está de regreso con sus dedos introducidos en el trasero de un Biden que mueve sus  labios sin saber lo que dice. ¡Los Estados Unidos tienen un serio problema!

El error más grande cometido por los ciudadanos de este país en 2008 fue elegir a Barack Hussein Obama presidente de los Estados Unidos. El resultado ha sido que, en este momento, éste país tiene dos presidentes. El Biden, que mueve los labios y el Obama que de verdad manda. Dentro de muchos años, los historiadores podrían considerar las elecciones de 2008, en que Obama fue electo, como un fenómeno perturbador muy parecido a las locuras de la Edad Media. Se preguntarán ¿cómo un hombre carente de éxitos profesionales deslumbró a tantas personas para que pensaran que él podría administrar la mayor economía del mundo, dirigir el poderío militar más poderoso y desempeñar el cargo más difícil del globo terráqueo?

El secreto a voces es que, desde muy niño, Barack  escuchó las conversaciones de su abuelo materno Stanley Armour Dunham con su amigo Frank Marshall Davis, líder de la vieja guardia comunista americana. En sus años de juventud Obama asistió durante 20 años a los servicios religiosos del pastor Jeremiah Wright, un hombre que odiaba a los Estados Unidos al extremo de que ,en sus sermones, sustituyó el tradicional “Dios Salve a America” por la frase venenosa de “Dios maldiga a America“. Y un hombre llamado Obama lanzó su primera campaña política a la legislatura del estado de Illinois en la residencia de los terroristas del Weather Underground, Bill Ayers y Bernardine Dohrn. Con estos antecedentes, Barack Obama  jamás debió haber sido electo ni barredor de calles.

En sus memorias, Obama escribe más tarde que respetaba la lucha del comunista Davisreconociéndola como mi propia lucha“. Una confesión reveladora de un hombre mestizo, mitad blanco y mitad negro, que reniega de la raza de los abuelos que lo criaron y abraza la cultura y la lucha de la raza del padre que lo abandonó.

Durante su campaña por la presidencia en el año 2008 Barack Obama, en concordancia con su ideología de izquierda materialista y atea, no ocultó en momento alguno su condición de vehemente promotor del aborto como objetivo de política pública. A tal extremo que, durante uno de sus  discursos de campaña en el estado de Pensilvania, llegó a decir, y cito textualmente, “yo tengo dos hijas y, si alguna de ellas comete un error, yo no quiero castigarlas con un hijo”. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que el 54 por ciento de los norteamericanos que se identificaron a sí mismos como católicos votaran en noviembre de 2008 por este auto proclamado Mesías que siempre ha utilizado  como estrategia para perpetuarse en el poder la división y la envidia.

Más importante todavía es el hecho de que Obama nunca ha pensado ni actuado como un americano que siente el orgullo de ser heredero de una pléyade de patriotas que echaron los cimientos y formularon los principios sobre los que se basa la gran democracia americana. Para Barack Obama, un joven que no tuvo contacto con lo “americano” hasta ya entrado en años, los padres fundadores que se reunieron en Filadelfia en 1776 eran una banda de blancos ricachones que habían hecho fortuna explotando a sus esclavos negros. Unos privilegiados que tampoco tuvieron el coraje de poner fin en aquel momento a la odiosa institución de la esclavitud.

Imaginemos por un momento a un historiador futuro examinando la vida de Barack Obama previa a su elección a la presidencia. Se le abrieron las puertas de universidades prestigiosas a pesar de unas notas y pruebas totalmente mediocres, desempeñó un cómodo trabajo como “organizador comunitario”, tuvo una vida breve de legislador estatal desprovisto de cualquier éxito legislativo y finalmente un único período de senador federal que dedicó en su totalidad a sus ambiciones a la presidencia.

Este hombre no dejó legado académico durante sus años como profesor, no patrocinó ninguna legislación como legislador y, cuando no quería comprometerse, se limitaba a votar “presente” según lo permitían las leyes del estado de Illinois. Y, como si fuera poco, están sus problemáticas amistades: el pastor que odiaba a la América blanca y que fue su “mentor espiritual” durante muchos años y el terrorista confeso que fue su promotor político. Es fácil imaginarnos a un historiador futuro preguntándose: ¿Cómo es posible que un hombre como éste haya sido electo presidente?

No cabe duda alguna, que un candidato blanco que hubiese sostenido una relación estrecha con un declarado enemigo de América como Jeremiah Wright y un terrorista sin arrepentimiento como Bill Ayers, no habría sobrevivido ni un solo día. Pero el hecho de que Obama era negro y, por lo tanto, a los ojos de la izquierda con derecho a tener quejas contra la sociedad americana, hizo que se le perdonaran sus deslices. Repitamos, Obama fue perdonado—juzgado a un nivel más bajo–debido al color de su piel. Durante toda su vida, en cada paso que dio, se le dijo que él estaba capacitado para dar el próximo, a pesar de la abundante evidencia en su contra.

Por otra parte, quienes promovieron su candidatura con el objetivo de lograr mayor armonía entre las razas se cogieron el dedo con la puerta. Porque durante la presidencia de Obama las relaciones entre las razas sufrieron un deterioro gigantesco. A pesar de tener al primer presidente negro en la Casa Blanca, el 48 por ciento de los negros americanos contestaron que sus relaciones con los americanos blancos eran muy malas o relativamente malas. Las peores relaciones raciales en 15 años. Una encuesta de Gallup de 2015 arrojó estos resultados nefastos.

Para que lo entendamos todos, Obama no residirá en la Casa Blanca pero es él quién manda en la Casa Blanca. Él mismo se ha hecho el chistoso diciendo que este primer período de Biden es su tercer período como presidente. La realidad es que los padres de los 13 militares americanos masacrados la semana pasada en el aeropuerto de Afganistán, no se están riendo con este chiste de mal gusto de éste diletante carente de toda compasión.

Otro escándalo de proporciones siderales fue el asesinato en 2012 de cuatro norteamericanos en Benghazi, por bandas terroristas libias. El embajador Chris Stevens y sus compañeros Sean Smith, Glen Doherty y Tyrone Woods. El presidente no sólo se acostó a dormir mientras los diplomáticos estaban siendo asesinados sino que a la mañana siguiente del asesinato Obama tomo un avión con destino a las Vegas para participar en una recaudación de su campaña de reelección. Terminó la jornada participando en una fiesta amenizada por los artistas Jay-Z y Beyonce. Estoy convencido de que este hombre no es capaz de amar a sus semejantes porque está consumido por un desbordado amor a sí mismo.

Obama piensa y habla en los más desacreditados clichés y eso es cuando tiene enfrente su teleprompter; cuando no lo tiene malamente puede articular palabras. Ni una sola idea original ha salido jamás de su boca—todo lo que dice está condimentado con un marxismo del que ha fallado una y otra vez por 100 años en todos los rincones del mundo.

Y otro aspecto de su personalidad convulsa es su carácter. Obama se pasa el tiempo echándole la culpa a todo y a todos por sus propios problemas. Bush lo hizo; fue la  mala suerte; yo heredé este desastre. Resulta penoso ver a un presidente tan dispuesto a publicar su propia incompetencia. Pero, en realidad, ¿qué podíamos esperar? El hombre no ha sido jamás responsable de nada. Por lo tanto, ¿cómo podíamos esperar que actuara responsablemente?

En conclusión, nuestro ex presidente es un hombre pequeño con una mente todavía más pequeña, que carece del temperamento o el intelecto para desempeñar ese cargo. Cuando usted entiende eso, y solamente cuando lo entiende, la actual erosión de la libertad y de la prosperidad de los Estados Unidos adquieren sentido. No podía haber sido de otra manera con un hombre como él en la Oficina Oval. Y ahora Obama está de regreso con sus dedos introducidos en el trasero de un Biden que mueve los labios sin saber lo que dice. ¡Los Estados Unidos tienen un serio problema!

Alfredo M. Cepero – La Nueva Nación

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