Los americanos deben fortalecer su patriotismo ante los ataques progresistas contra sus símbolos e historia

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Si América fuera realmente tan injusta, cruel y opresora como los progresistas quieren hacer ver, millones de personas no escaparían de sus hogares y pondrían en riesgo sus vidas para llegar allí.

El antipatriotismo crece en Estados Unidos. Durante los últimos años el debate público en el país ha cambiado, ya poco se habla en las cámaras del Congreso y en los grandes medios de comunicación sobre la grandeza de la nación, su beneficencia en terceros países, o incluso poco se abordan problemáticas tangibles y reales para la población, como lo puede ser en la actualidad la desbocada inflación, la creciente inseguridad o las constantes muestras de desconexión con la realidad por parte del presidente Joe Biden.

Ahora el debate público gira entorno a la noción de que el país es injusto, racista, cruel, y eso ha sido explotado por la izquierda americana para transformar dicha narrativa en un caballo de batallas con el que atentan no solo contra el sistema capitalista, sino también contra el patriotismo de la nación. Una reciente encuesta de Issues & Insights and Tippinsights revela que el 64 % de los americanos entre 18 y 24 años no se sienten orgullosos de su país.

Según medios progresistas y algunos activistas de izquierda, la bandera americana ya no los representa, de hecho, recientemente The New York Times publicó un artículo fuertemente criticado en el que daban a entender que el símbolo patrio podría no representar a toda la nación, lo cual de cierta forma guarda algo de certeza: los liberales, los demócratas, la izquierda en general, ha dejado de guardar respeto por los símbolos y la historia de Estados Unidos.

La última muestra pública de desprecio contra el país y sus símbolos, más allá de los constantes debates políticos en los que se intenta destruir el legado de Estados Unidos, fue el realizado por la atleta olímpica Gwen Berry, cuando despreció The Star-Spangled Banner y la bandera americana tras quedar en tercer lugar en las competencias previas a las olimpiadas.

Berry, en lugar de recibir con honor el puesto para representar a Estados Unidos en la más importante competencia deportiva del mundo, sacó una franela con la frase “deportista activista” y dijo que los símbolos patrios no la representaban.

Sin embargo, más allá de las palabras de Berry, lo más preocupante fue que desde la oficina del presidente de Estados Unidos dijeran “respetar” la manifestación de la activista progresista, legitimando el desprecio hacia la bandera y el himno nacional.

La raza y políticas identitarias como estrategia para destruir la identidad nacional

La teoría critica de la raza ha sido uno de los eficaces manuales de ideologización y segregación impulsados por la izquierda americana para impulsar el odio hacia Estados Unidos, hoy en día en las escuelas lejos de hablarse de los héroes patrios y los obstáculos que debió atravesar el país para convertirse en la nación más exitosa, no solo de Occidente, sino también del mundo entero, en las escuelas se está discutiendo es la idea de que la nación es sistemáticamente racista e injusta, y así han ido criando una nueva generación que desconoce la grandeza de su propio país, y en cambio van creciendo con la idea de que viven en una nación opresora, antiliberal y profundamente injusta.

Los que promueven esta visión antiamericana, son los mismos que se han ido beneficiando de la segregación política: segmentan votantes y promueven la clasificación de grupos minoritarios para proclamar narrativas de victimización.

Americanos celebran el 4 de julio en Washington (EFE)

De esa forma han logrado separar al país en grupos: afroamericanos, asiáticos americanos, cubanoamericanos, etcétera; y lo mismo han hecho ahora con las tendencias sexuales con las cuales han creado una veintena de etiquetas de identificación: pansexual, homosexual, bisexual, heterosexual, transexual, demisexual, entre otras; y por supuesto, todo grupo “minoritario” tiene a su vez su némesis explotador, en el apartado racial se trata del hombre blanco, o como lo ha clasificado la izquierda americana “los supremacistas blancos”, y en el caso de la sexualidad el opresor es el hombre heterosexual.

Curiosamente los “defensores” de las minorías no han pensado jamás en promover políticas unitarias para acabar con la polarización y el odio, en lugar de pedir que se eliminen los apellidos de minorías, es decir, que dejemos de referirnos a los negros como afroamericanos, y llamarles sencillamente AMERICANOS, siguen repartiendo etiquetas e implementando políticas que en lugar de unir erigen mayores barreras entre los distintos grupos demográficos.

Esto sucede también con la nueva lucha política basada en la sexualidad, donde en lugar de pedir e impulsar un debate público para normalizar cualquier tendencia sexual, lanzan más etiquetas y campañas para segregar a la población.

Todo esto por supuesto se realiza con propósitos muy claros: crear víctimas, dividir el país entre opresores y oprimidos, impulsar la noción de que solo un Estado grande y robusto puede solucionar “las desigualdades”, y además desviar la atención de los debates públicos realmente importantes, esos donde la actual administración demócrata se encuentra fallando enormemente —economía, seguridad, inmigración— y priorizar temas con los que puedan seguir manipulando a la población para dominar las esferas del poder.

El antipatriotismo en las escuelas

En una entrevista realizada en los años 80, el exagente de la KGB soviética, Yuri Bezmenov, declaró que Estados Unidos vivía una guerra psicológica con la que se buscaba destrozar los cimientos del sistema americano. Según él lo que se busca con esto es “cambiar la percepción de la realidad de cada americano hasta el punto que por mucha que sea la información, nadie sea capaz de llegar a conclusiones sensatas para defenderse a sí mismo, su familia, su comunidad o su país”.

Sobre la guerra psicológica se extendió Bezmenov luego de escapar del paraíso comunista soviético:

“Es un gran proceso de lavado de cerebro que progresa lentamente y se divide en cuatro etapas: primera etapa —desmoralización— tarda entre 15 y 20 años desmoralizar una nación, ¿por qué esos años? Porque es el número de años mínimo que toma para educar a una generación de estudiantes en el país enemigo, expuestos a la ideología del enemigo. En otras palabras, el marxismo—leninismo  ha sido bombardeado en las cabezas de al menos tres generaciones de estudiantes americanos sin ser desafiados o contrapesados por los valores básicos del americanismo, el patriotismo americano”.

En la actualidad no hay dudas que los mensajes, comentarios y narrativas antiamericanas se esparcen con mayor fuerza dentro de Estados Unidos, que incluso fuera de sus tierras. El espectro ideológico que nace en el centro y se expande hacia la izquierda pareciera odiar al país que le ha dado acogida a millones de inmigrantes que todos los años abandonan sus países, esos realmente fallidos y totalitarios, para venir a América y lograr tener una vida digna, con oportunidades y libertades.

Un niño con unas gafas con los colores de la bandera americana espera para ver el lanzamiento de fuegos artificiales con motivo de la celebración del Día de la Independencia, este 4 de Julio en Washington (EFE)

Estados Unidos evidentemente no es un país perfecto, el racismo sistémico existió, la esclavitud también, pero fue precisamente una mayoría de hombres y mujeres de bien los que lucharon para derrotar a los racistas del pasado y crear un sistema que propicia libertades a todos y cada uno de los americanos. Si América fuera realmente tan injusta, cruel y opresora como los progresistas quieren hacer ver, millones de personas no escaparían de sus hogares y pondrían en riesgo sus vidas para llegar allí.

Ante las descalificaciones y mentiras de los progresistas, los conservadores deben plantarse para transmitir en las escuelas del país valores patriotas, resaltar el legado de Franklin, Jefferson, Washington, Lincoln, y explicar cómo y por qué es tan importante la bandera de las barras y las estrellas, esa que hoy una parte del país lejos de exhibir con orgullo, pareciera querer enterrar.

Emmanuel Alejandro Rondón – El American


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