Estados Unidos debe intervenir militarmente en Cuba

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Hay que decirlo claramente: el régimen de los Castro representa una amenaza para la seguridad hemisférica.

La historia de Estados Unidos y la de Cuba van de la mano desde hace más de un siglo.

Fueron los americanos quienes ayudaron a los cubanos a ser libres del control español y quienes disfrutaron, por varias décadas, de la prosperidad tangible y voluptuosa de la isla. Fueron los americanos quienes acompañaron el desarrollo dictatorial de Batista y quienes sufrieron directamente el triunfo de la Revolución Cubana, con la llegada de las expropiaciones y los asesinatos. Fueron los americanos quienes alentaron una invasión de exiliados con el propósito de rescatar la libertad de Cuba y quienes luego abandonaron a los valientes. La crisis de los misiles, el éxodo de Mariel, el período especial, el deshielo; y así, hasta el día de hoy.

Que el alzamiento de los cubanos en la isla ocupe hoy tanto espacio en la prensa americana no es azar. Sin exagerar, lo que sucede en Cuba es también política doméstica. Podrán patalear algunos pocos comentaristas conservadores, pero al Estados Unidos preocuparse por Cuba, no se angustia por un país ajeno, sino por una extremidad. No es Afganistán, Iraq o Corea del Norte.

A pocos cientos de kilómetros de Miami, miles marchan, en un gesto de inmenso coraje, izando la bandera americana. Porque los cubanos saben a dónde fueron sus padres y abuelos, dónde viven sus primos y de dónde vienen las remesas. Saben, al final, qué quieren ser. Por ello no gritan democracia o igualdad. Gritan, a todo pulmón, libertad.

Los cubanos exigen libertad porque llevan más de sesenta y dos años siendo prisioneros de una de las tiranías más sangrientas y crueles de la historia moderna. Los Castro, en cara de Fidel, impusieron en la isla un implacable régimen totalitario, que ha hambreado, matado y esclavizado a millones por más de seis décadas. La oportunidad de salir de un régimen de estas características, que además logró la estabilidad casi total, al puro estilo de la dinastía Kim, es extraordinaria. Y hoy, los cubanos, al perder el miedo, han construido nuevamente esa oportunidad. Por primera vez en casi treinta años.

El Gobierno de Estados Unidos no puede desaprovechar la ola de protestas de Cuba y la atención internacional. Es el momento perfecto, cuando millones empiezan a reconocer de nuevo la urgencia de libertad de los cubanos y la naturaleza criminal del castrismo, para ponerle fin a una dictadura de tantos años y que tanto daño le ha hecho, no solo a Estados Unidos, sino a toda la región. Porque hay que decirlo claramente: el régimen de los Castro representa una amenaza para la seguridad hemisférica. Lo representó durante el siglo pasado, al ser un satélite de la Unión Soviética. Y lo representa hoy, al ser el embrión del desarrollo comunista por Latinoamérica. Cada vez que un país americano es infectado por el virus castrista, llega la miseria, el asesinato y el crimen transnacional.

Los cubanos no van a poder solos contra la tiranía. A Cuba la gobierna un régimen que no teme en perseguir, encarcelar y matar inocentes. Y resulta que tampoco le teme a la comunidad internacional que, cobarde, no pasa de los insoportables e inservibles comunicados de rechazo y condena. Llegó el momento de hablar propiamente de lo que necesitan los cubanos: que Estados Unidos intervenga militarmente.

La Casa Blanca ha puesto la bota militar en países mucho más remotos y donde hay menos intereses comprometidos. Ha habido aventuras militares injustificadas, excesivas y hasta condenables. La de Cuba sería una de las pocas realmente legítimas. Nuevamente: la historia de Cuba y la de Estados Unidos van de la mano desde hace más de un siglo. Los americanos deben ver la causa cubana como propia.

Es el momento de retomar el episodio dramático de Bahía de Cochinos y, esta vez, cumplirle a los cubanos. Emular la revolución de Martí e independizar a Cuba del Comunismo. Los propósitos deben ser dos: la caída de la tiranía y el regreso de la libertad a la isla. Nada de ablandamiento, concesiones o promesas. No hay espacio para titubeos. La oportunidad es única y debe ser aprovechada. A la Casa Blanca: strike while the iron is hot!

Orlando Avendano – El American


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