Biden-Harris: el golpe de Estado encubierto que todos veían venir y nadie quiso evitar

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Joe Biden en la Oficina Oval.

¿Quién realmente está dirigiendo el país, detrás de la administración actual?

La crisis de liderazgo que tiene lugar en Estados Unidos, después de la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, ha despertado la preocupación de no pocos expertos en temas políticos.

¿Quién realmente está dirigiendo el país, detrás de la administración actual? Todo parece indicar que se trata de una corporación de corte izquierdista liderada por Obama, los Clinton y sectores de la oligarquía financiera y mediática.

¿En qué me baso para asegurar que se trata de un consorcio de poder no elegido por la voluntad popular? ¿Por qué esta no es una teoría conspirativa más?

En primer lugar, por la manera en que el Partido Demócrata ha elegido a Biden para que se haga cargo de la Casa Blanca. Con 79 años de edad y serios problemas de salud, el presidente nominal se muestra visiblemente debilitado —moral, política e ideológicamente— frente a una fuerza política guiada y orientada por el activismo y la línea dura de la izquierda populista.

En segundo lugar, está el hecho de que, durante su campaña electoral, Biden inició un sorprendente giro hacia la ideología socialista que encendió las luces de alarma entre los elementos más conservadores de su propia formación, y preocupó a los americanos en general. Su viraje empezó con un acercamiento a los postulados de Black Lives Matter, a líderes radicales como Ocasio Cortez, Bernie Sander y especialmente hacia Kamala Harris, a quien eligió vicepresidente y mano derecha de su gabinete.

Lo que en un principio quiso presentarse como una simple medida de conveniencia para obtener más apoyo electoral de los sectores progresistas, muy pronto derivó en una peligrosa asociación ideológica y política que utiliza mecanismos perversos de manipulación y coacción para incrementar su poder.

Durante un significativo discurso emitido en marzo desde la Casa Blanca para celebrar los avances en el programa de vacunación contra la pandemia del COVID-19, Biden —sin que le temblara la voz— se refirió a su vicepresidente Kamala Harris como “presidenta Harris”.

Esa ceremonia sirvió para demostrar hasta qué punto Biden se había ya sometido a los designios de esta supuesta corporación política que mueve, desde las sombras, los tentáculos del poder en Estados Unidos.

A partir de entonces las apariciones públicas y los discursos de Biden se han convertido en todo un misterio.

Por si esto fuera poco, Biden retrasó su primera conferencia de prensa, después de llevar más de 60 días en el cargo, el período más largo que un presidente ha pasado sin reunirse con los medios en los últimos 100 años. Aprovechando la crisis del COVID-19, sus asesores utilizaron un sistema filtrado, permitiendo solamente la asistencia de 25 periodistas, previamente seleccionados, quienes solo pudieron hacer un número limitado de preguntas.

Por otra parte, durante estos tres meses después de llegar a la Casa Blanca, Biden tampoco se ha dirigido a los legisladores durante el acostumbrado discurso que hacen los mandatarios americanos en la sesión conjunta en el Capitolio.

La gran influencia de Obama

Otros indicios confirman que el todavía “comandante en jefe Obama” y el núcleo duro de poder del Partido Demócrata perciben a Biden como un títere al que manejan con total incondicionalidad. De hecho, hace sólo una semana, la secretaria de prensa, Jen Psaki, quien precisamente ya se había desempeñado como asistente principal en las dos campañas presidenciales de Obama, confesó que Biden mantiene una comunicación “regular” con el expresidente sobre múltiples asuntos.

Es evidente que Obama —mucho más activo en la política que cualquier otro expresidente de Estados Unidos en su historia— ejerce actualmente un total control emocional, político e ideológico sobre Biden, quien —conocedor de la merma de sus capacidades intelectuales— ha encontrado en el expresidente demócrata el consejero perfecto para diseñar sus estrategias de gobierno.

Para contar con más control de la autoridad, la administración de Biden está diseñada a imagen y semejanza de la de Obama.

Biden-Harris

De momento, el guion se está cumpliendo. Biden —con el respaldo de las dos cámaras— firma órdenes ejecutivas al dictado de Obama (EFE)

Como buen marxista disfrazado, el presidente saliente se ha apoderado de todo el aparato ministerial con escuderos como Ron Klain, jefe de gabinete; Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional; Janet Yellen, secretaria del Tesoro de Estados Unidos, y el secretario de Estado, Antony Blinken. Si bien desde las sombras, Obama ha encargado la tarea del control de los asuntos de inteligencia a políticos tan siniestros como Susan Rice.

Junto a esos nombres, —casi todos adocenados de oficio y que han estado siempre en el reducido grupo de personas de confianza que han acompañado a Barack Obama en la esfera ejecutiva en los últimos años—, está el destacamento de los alabarderos y sostenedores de esta izquierda derrochadora y deshonesta: George Soros, Noam Chomsky, Jack Dorsey, Jeff Bezos, Oliver Stone, Bill Gates, Anthony Fauci, Mark Zuckerberg, Robert de Niro, por solo citar algunos.

Sin embargo, en el fondo, las relaciones personales entre Biden y Obama no han sido tan buenas como creen muchos. Para Biden, Obama —carente de espesor intelectual como legislador— es un activista chabacano, iletrado y escalador, a quien el veterano político rechaza en el plano humano, aunque es consciente que es el único que podría liberarle de la cárcel por las acusaciones de corrupción que pesan sobre él.

Ante esta sospechosa sensación de vacío de poder, existen graves problemas de fondo para esclarecer mil interrogantes sobre quiénes podrían estar adoptando ya decisiones ejecutivas de enorme calado desde la Casa Blanca.

Los círculos de inteligencia que trabajan para Obama y los Clinton tienen la certeza que Biden es un político querido por la militancia demócrata, pero huele a pasado y está demasiado enfermo para asumir todo el tiempo que le exige la presidencia.

Ellos lo eligieron para llegar a la presidencia no por sus virtudes, sino precisamente por su indefensión. Por eso lo tratan con guante de seda y reservan los retos más gruesos para que sean asumidos por los pesos pesados del partido que cuenta con un núcleo duro de políticos jóvenes neomarxistas y sus brazos armados, dispuestos a imponer una inminente agenda de ingeniería social, regulaciones y autoritarismo progresista.

Hoja de ruta contra las libertades

De momento, el guion se está cumpliendo. Biden —con el respaldo de las dos cámaras— firma órdenes ejecutivas al dictado de Obama. En medio del desconcierto de liderazgo, el consorcio ha puesto en marcha una operación para controlar el sistema electoral en los diferentes Estados, incrementar el gasto público (al que llaman gasto social) para mantener la clientela política, potenciar el voto multicultural a través de la frontera sur con México, incrementar los impuestos, aprobar el Green New Deal, obstruir las investigaciones contra Biden y reformar la composición de la Corte Suprema.

De todas maneras, algún día no muy lejano, el veterano presidente deberá salir del juego para salvar los intereses de la Corporación. Ya todos saben que la persona elegida será Kamala Harris.

¿Por qué, después de unas extrañas elecciones, el poder demócrata ha elegido a Harris? Probablemente, su perfil multicultural (hija de madre india (de la India) y de padre jamaicano, casado con un abogado judío) es el que mejor se ajusta a las teorías inclusivas de la izquierda totalitaria.

De momento, la misión de Harris es encargarse de los desaguisados internacionales que va generando su propio gobierno, además de liderar un contrapunto interno al sector demócrata conservador, y a forzar pulsos continuos con los republicanos.

Pero con este gobierno frankestein no se sabe lo que puede pasar. La sociedad americana, durante unos comicios aún bajo sospecha, eligieron a un presidente controvertible y ahí tienen las consecuencias.

¿Cómo es posible que Biden —y sus consejeros— piensen a estas alturas que los problemas de Estados Unidos se solucionan con más estatismo y deslealtad constitucional, si estos han sido los principales inconvenientes que han socavado tradicionalmente a las sociedades democráticas?

Las primeras medidas tomadas por esta corporación social-comunista confirman que, desde la radicalización ideológica, existe una hoja de ruta prediseñada para la demolición del sistema de libertades, en nombre de una “sociedad inclusiva” que responde a las pretensiones de los sectores progresistas de izquierda, y a la exigencia de una minoría revolucionaria extorsionadora que odia el sistema de vida americano y aspira a acabar con ese “cuento burgués” de la separación de poderes.

Repito, muy pronto conoceremos si este presidente fantasma que “administra” ahora Estados Unidos, tiene fecha cercana de caducidad o si llegó a la Casa Blanca para servir de rehén de una oscura sociedad política de corte izquierdista que gobierna por primera vez, desde la sombra, el destino del país. No falta mucho para saberlo.

Juan Carlos Sanchez – El American


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