Una cultura política totalitaria emerge en los Estados Unidos de América

Es la que divide y enfrenta al país consigo mismo, porque es radicalmente contraria a la tradicional cultura política que unió a los americanos desde antes de la independencia.

La nueva cultura política de la izquierda americana, no solo de la ultraizquierda en la que se estableció primero, sino del partido demócrata que llega al poder en 2020 —y del socialismo en sentido amplio, que los Estados Unidos incluye, de la mayor parte de la prensa, intelectualidad, academia, industria del espectáculo, grandes corporaciones tecnológicas, a buena parte del gran capital del país— la cultura de la cancelación.

Término insuficiente, es mucho más y mucho peor, pero adecuado, porque sin eso sería nada. Es toda una cultura política, una forma de entender el orden social, lo que está bien y lo que no en las relaciones humanas, una cultura política con sus propias nociones —y tradiciones— morales  y una torcida ética de la acción política. Y personal. Una que comparte, en mayor o menor grado, medio país. Es la que divide y enfrenta al país consigo mismo, porque es radicalmente contraria a la tradicional cultura política que unió a los americanos desde antes de la independencia.

Ya ha encerrado a su matriz de ideología totalitaria, desinformación, propaganda y censura a cerca de la mitad de la población. Y sí, es antiamericano porque donde la tradición americana reclama debate, la cultura de la cancelación exige censura. Donde la voz de los Padres Fundadores proclama individualismo, propiedad privada, libre empresa para todos, pluralismo y el derecho a la búsqueda de la felicidad, esa cultura política totalitaria exige colectivismos infinitos, opresivos y divisivos, socialismo coludido con el mercantilismo de grandes capitales incompetentes, obediencia e imposición de una falsa noción de “felicidad”, una sola para todos en un mundo de corderos adoctrinados.

Y donde la tradición republicana reclama unidad en la diversidad proclamando que individuos, diferentes y libres, tengan una patria común haciendo de la causa de los muchos una “e pluribus unum” la cultura política totalitaria del socialismo —que se dice orwellianamente democrático— quiere sumisión del individuo a infinitos colectivos infantilizados enfrentando a todos contra todos, para imponer sobre todos obediencia a un poder sin conciencia.

A la tradición americana de libertad la nueva cultura política totalitaria responde, en la voz de uno de sus principales teóricos, Herbert Marcuse, que:

Cultura, El American

“Pero la libertad real —no la “liberación” de Marcuse— late en los corazones de, cuando menos, la mitad de los americanos”. (Imagen)

“Libertad es liberación, un específico proceso histórico en la teoría y en la práctica […] la tolerancia no puede ser indiscriminada e idéntica con respecto a los contenidos de expresión, ni de palabra ni de hecho; no puede proteger falsas palabras y acciones erróneas que de manera evidente contradicen y frustran las posibilidades de liberación […] la distinción entre verdadera y falsa tolerancia, entre progreso y regresión puede hacerse racionalmente sobre fundamentos empíricos […] es posible definir la dirección en que la generalidad de las instituciones, orientaciones políticas y opiniones tendrían que cambiar […] es posible identificar políticas, opiniones, movimientos que crearían esta posibilidad, y aquellas que harían lo contrario. La supresión de lo regresivo es un requisito previo para el fortalecimiento de lo progresivo […] la tolerancia liberadora significaría intolerancia hacia los movimientos de la derecha, y tolerancia de movimientos de la izquierda. En cuanto al objetivo de esta tolerancia e intolerancia combinadas […] se extendería a la fase de acción lo mismo que de discusión y propaganda, de acción como de palabra…”.

Es en neomarxismo masificando e imponiendo, por nuevos medios, la doble moral del viejo marxismo.

La idea no es nueva. Nuevo es que han encontrado en la colusión con el mercantilismo de grandes capitales comprometidos con su cultura política una oportunidad que no se había visto en la democracia de una nación occidental avanzada, desde la Europa de entreguerras del siglo pasado. Es persecución, asesinato moral, silenciamiento de la disidencia, privilegios para las elites y conformidad para las masas mediante desinformación y propaganda.

Son las tácticas mediante las que esa ultraizquierda controló primero la academia y de ahí se extendió como un cáncer por la sociedad americana, llegando ahora  a la Casa Blanca, junto a las teorías que las justificaban con maligna doble moral. Como he dicho antes aquí, son teorías de Marcuse y tácticas de Alisnky extendidas a todo el socialismo en sentido amplio de los Estados Unidos. Por eso la ultraizquierda no solo es el ala más influyente, sino la que marca la agenda de mediano y largo plazo al partido demócrata. No es el viejo burro de siempre. Ni una versión más radical de sí mismo. Es una bestia completamente diferente cuyo objetivo no es otro que el totalitarismo.

Y lo único que tiene enfrente, oponiéndose a sus pretensiones, es a un diverso, masivo y poderoso movimiento patriótico de las bases conservadoras por la libertad, la propiedad y la búsqueda de la felicidad.

En defensa de esa otra cultura política que forjo e hizo grandes a los Estados Unidos, por encima de sus fallas y contradicciones de cada momento. Y porque los hombres estamos hechos del barro que estamos hechos y no de otro, están lejos de ser perfectos, pero tienen la razón. Y porque los hombres estamos hechos del barro que estamos hechos y no de otro, los grandes capitales tecnológicos surgidos de la innovación disruptiva en mercados razonablemente libres, adoptan la ideología del socialismo totalitario y apuestan por la colusión con el poder político socialista, para eternizar sus posiciones a cambio de imponer un tecno totalitarismo a la manera de Beijing.

Y porque los hombres estamos hechos del barro que estamos y no de otro, lideres y bases conservadoras también fallan, se equivocan y tienen enfrentamientos internos. Porque aunque el viejo burro sea otro. El viejo elefante insiste en ser la bestia pesada y acobardada de las primeras caricaturas que como elefante le caracterizaron.

Pero la libertad real —no la “liberación” de Marcuse— late en los corazones de, cuando menos, la mitad de los americanos. Y en las circunstancias geopolíticas e ideológicas del estos tiempos tan diferentes al pasado cercano, eso los hace la última esperanza de la libertad en el mundo. Nos guste o no.

Guillermo Rodriguez – El American.