Estados Unidos está entrando en lo más oscuro de una noche que será larga y peligrosa

Donald Trump.

Esta vez, serán los enemigos internos de los Estados Unidos los que perseguirán a patriotas americanos. Ya lo están haciendo.

Usted, amigo conservador, ve que aunque siga adelante la batalla legal y política contra lo que el presidente Trump y su equipo legal denunciaron como un presunto fraude electoral, la batalla por la opinión ha ido mal para Trump. El presidente ya autorizó procedimientos de transición a una futura administración demócrata, reflejo de derrotas iniciales –y de amenazas a funcionarios, denunciadas también por Trump– ante las que responsablemente no podían retrasarse las formalidades. Pero también ve cómo declaró Trump su voluntad política y legal de seguir la lucha contra lo que él y su equipo legal afirman que habría sido un fraude electoral. Siempre le he dicho que me parece una batalla justa, pero difícil. Podría ganarla o perderla.

Los rinocerontes y la doceava enmienda

Creo que también comprometió seriamente a la democracia estadounidense la campaña de agitación y propaganda, desinformación y censura, que demasiada prensa de Estados Unidos –apoyada en corporaciones dueñas de redes sociales– adelantó en escalada por cuatro años, para un asalto final en las elecciones de 2020. Adoctrinaron a sus partidarios para que creyeran que luchaban “contra Hitler” y cualquier cosa que hicieran –por inmoral o criminal que fuera– sería buena y necesaria. Y con esa matriz de opinión establecida, no es de extrañar que el equipo legal de Trump afirme que esas personas habrían adelantado un presunto fraude electoral muy complejo. Uno que según los abogados del presidente –y quienes demandan independientemente– habría incluido desde modificación potencialmente ilegal de reglas para facilitar la introducción y conteo de boletas de presunta legalidad dudosa, en pequeñas o grandes cantidades, por diferentes métodos, hasta algo novedoso –al menos para Estados Unidos–: la presunta manipulación muy sofisticada, casi indetectable, de resultados mediante programas informáticos, la que afirmó Sidney Powell que probará en las Cortes. La complejidad y variedad de métodos combinados y la sofisticación de algunos atentaría contra la urgencia de probarlo en poco tiempo. Ni hablemos de las inconsistencias estadísticas que ya discuten públicamente los expertos.

En esta batalla política y jurídica parecen emerger tres cosas:

  • En al menos cuatro estados hay importantes denuncias y demandas republicanas que tratan desde la modificación presuntamente ilegal de reglas electorales a procedimientos denunciados como presuntamente abusivos en conteos y recuentos, manipulación de boletas y otros también considerados irregulares por denunciantes republicanos. Las inconsistencias estadísticas, que ya discuten los expertos, señalarían la posible dimensión del asunto;
  • En un quinto estado, incluso descontando el potencial efecto de las presuntas irregularidades denunciadas por los republicanos, el resultado muy probablemente habría sido el mismo que ahora proyectan los medios, aunque por un margen mucho más estrecho;
  • La batalla política y jurídica –con sus implicaciones constitucionales– puede terminar de dos maneras: asumiendo una administración demócrata, con un proyecto socialista para Estados Unidos, o  lo que el Tribunal Supremo pudiera decidir sobre Pensilvania. Dudas sobre la certificación y legitimidad de colegios para al menos tres estados adicionales dejarían a ambos candidatos sin 270 votos de los colegios admisibles por el Congreso, lo que afirma el exfiscal y representante (R- Alaska) Mo Brooks, forzaría a aplicar la doceava enmienda.

Termine como termine, medio país se sentirá estafado. Y en cualquiera de los casos, los conservadores están ya ante una lucha en dos frentes. De una parte, se trata de una guerra por la conciencia y el corazón de Estados Unidos.De la otra, de una batalla por el control del arma sin la cual sería imposible la victoria conservadora a corto y mediano plazo: el Grand Old Party. El mejor escenario para los rinocerontes sería Biden en la Casa Blanca –son cercanos a las fuerzas que apostaron a eso– para apoyarse en el nuevo socialismo demócrata, en busca de retomar el control del Partido Republicano. Saben perfectamente que las bases conservadoras, hoy más diversas y activas que nunca, no los apoyan hoy y no los apoyaran mañana, y no les importa. Por lo demás, incluso en su peor escenario, un segundo período de Trump, pelearán contra los principios y valores conservadores desde dentro. Son una quinta columna que intentará neutralizar al movimiento conservador, y están en su derecho de intentarlo por medios que aunque inmorales, no lleguen a  ilegales.

¿Macartismo de izquierda o algo mucho peor?

Pero pase lo que pase, lo mejor o lo peor, la nueva era del “macartismo de izquierda” ha llegado para quedarse. La gran diferencia es que ahora no se trata de identificar a los agentes internos de una potencia abiertamente enemiga de Estados Unidos por duros y peligrosos medios (con propósitos que en su momento fueron necesarios, e incluso inevitables, pero cayeron rápidamente en los excesos y torpezas de una ola de puritanismo político que mediante cacerías de brujas torpemente hizo que enemigos malignos lucieran como víctimas inocentes). Esta vez, son los enemigos abiertos de todo lo que en Estados Unidos  representan como nación fundada en la libertad y orden republicano los que adelantarán la más amplia, feroz y masiva cacería de brujas contra los valores y tradiciones estadounidenses. Esta vez, serán los enemigos internos de los Estados Unidos los que perseguirán a patriotas americanos. Ya lo están haciendo.

Se prepararon por décadas para aplastar todo lo que pusiera en duda sus fanáticos dogmas. Empezaron por imponer en las universidades, la prensa y la cultura, lo que ahora llevan a la política. E intentan imponer a toda la sociedad. Cada conservador –y cada sospechoso de ser poco “progresista”– es para esos fanáticos, un enemigo a exterminar, o en sus propios términos: a cancelar. No es una guerra que podamos evitar. Este enemigo no se conformará con nada menor a una rendición total e incondicional con la renuncia integral a nuestros principios y valores más sagrados.

Guillermo Rodriguez – El American.