Confinamientos no se relacionan con descenso en tasa de mortalidad por COVID-19

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Los cierres a causa del COVID-19 han provocado daños colaterales masivos: una recesión mundial, millones de empresas devastadas. (EFE)

Investigadores descubrieron que el criterio más asociado con una alta tasa de mortalidad era la esperanza de vida, aunque también observaron mayores tasas de mortalidad por COVID-19 en ciertas regiones geográficas.

Muchos estados de los EE.UU. y países de todo el mundo están imponiendo otra ronda de bloqueos económicos en un esfuerzo por combatir el coronavirus.

Las acciones seguramente vendrán con una serie de consecuencias devastadoras no deseadas —destrucción económica, aumento de la pobreza y deterioro de la salud mental por mencionar algunas— pero un nuevo estudio sugiere que los confinamientos podrían no hacer lo que están diseñados para hacer: salvar vidas.

Un nuevo estudio publicado por Frontiers in Public Health concluyó que ni los cierres ni el rigor de los mismos se correlacionaban con menores tasas de mortalidad.

Los investigadores analizaron datos de 160 países durante los primeros 8 meses de la pandemia, probando varios factores —incluyendo la demografía, la salud pública, la economía, la política y el medio ambiente— para determinar cómo se correlacionan con la mortalidad de COVID-19.

«El rigor de las medidas establecidas para luchar contra la pandemia, incluido el bloqueo, no parecía estar relacionado con la tasa de mortalidad«, dijeron los investigadores.

Los investigadores encontraron que el criterio más asociado con una alta tasa de mortalidad era la esperanza de vida, aunque también se observaron mayores tasas de mortalidad por COVID-19 en ciertas regiones geográficas.

«Factores inherentes han predeterminado la mortalidad por COVID: comprenderlos podría mejorar las estrategias de prevención al aumentar la resistencia de la población mediante una mejor aptitud física e inmunidad», dijeron los autores.

Por una parte, los resultados son sorprendentes. Después de todo, los cierres han provocado daños colaterales masivos: una recesión mundial, millones de empresas devastadas, decenas de millones de empleos perdidos, un deterioro generalizado de la salud mental, un resurgimiento de la pobreza mundial y un aumento de los suicidios.

Observar la destrucción que los cierres han provocado solo para saber que no han logrado frenar eficazmente la propagación del virus es enloquecedor y, francamente, nauseabundo.

Por otra parte, los hallazgos no deberían ser terriblemente sorprendentes. Meses atrás los investigadores habían recopilado suficientes pruebas empíricas para determinar la eficacia de los cierres para domar el COVID-19.

«…hay poca correlación entre la severidad de las restricciones de una nación y si logró frenar el exceso de muertes – una medida que mira el número total de muertes en comparación con las tendencias normales», señaló en mayo la columnista de datos de Bloomberg, Elaine He.

Desde entonces la evidencia solo se ha fortalecido. Suecia, por ejemplo, que optó por no cerrar en marzo, ha visto su tasa de mortalidad caer constantemente a lo largo de 2020.

En septiembre, al pasar los EE.UU., Suecia vio su tasa de mortalidad de COVID-19 caer a la 11ª más alta del mundo. Su tasa de 577 muertes por cada millón de personas fue mucho mejor que la de muchos de sus vecinos europeos que implementaron cierres estrictos, como el Reino Unido, España, Bélgica e Italia. Desde entonces, Suecia ha bajado aún más en la lista, situándose actualmente en el puesto 23 del mundo.

Si bien los críticos de la estrategia del «enfoque ligero» de Suecia señalan que su tasa de mortalidad es muy superior a la de sus homólogos nórdicos Noruega y Finlandia, muchos no se dan cuenta de que Noruega y Finlandia han tenido políticas gubernamentales menos restrictivas que Suecia durante la mayor parte de la pandemia.

La realidad es que los cierres vienen con un increíble daño colateral pero parecen hacer poco o nada para frenar realmente el coronavirus. Esto es precisamente por lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) revirtió el curso en octubre y comenzó a aconsejarle a las naciones que se abstuvieran de usarlos.

«Los cierres sólo tienen una consecuencia que nunca jamás debes menospreciar, y es hacer que la gente pobre sea mucho más pobre», observó el Dr. David Nabarro, el enviado especial de la OMS para COVID-19.

El Dr. Michael Ryan, Director del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS, ofreció un sentimiento similar.

«Lo que queremos tratar de evitar… son estos cierres masivos que tanto castigan a las comunidades, a la sociedad y a todo lo demás», dijo Ryan en una sesión informativa en Ginebra en octubre, y añadió que a veces son «inevitables».

A pesar de la creciente evidencia de que los cierres no funcionan y son increíblemente dañinos, los funcionarios gubernamentales de todo el mundo siguen presionándolos. ¿Por qué? Porque los cierres están diseñados para salvar vidas y los expertos no están dispuestos a admitir que son incapaces de controlar el virus.

Al hacerlo, están siendo víctimas de un peligroso engaño: la falacia de las buenas intenciones.

«Uno de los grandes errores es juzgar las políticas y programas por sus intenciones en vez de por sus resultados», advirtió una vez el famoso economista Milton Friedman.

Es hora de que la clase intelectual admita una realidad básica sobre los cierres.

No sólo son terriblemente destructivos y representan una afrenta a la libertad. En realidad están fallando en salvar vidas.

Jon Miltimore – PanamPost.

*Jon Miltimore es el gerente editorial en FEE


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