Por qué ocurrieron los Acuerdos de Abraham

(De izquierda a derecha) El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, el residente de Estados Unidos Donald Trump, el ministro de Relaciones Exteriores de Baréin Abdullatif al-Zayani y el ministro de Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos Abdullah bin Zayed Al-Nahyan posan desde el Balcón Truman de la Casa Blanca después de haber participado en la firma de los Acuerdos de Abraham, en los que los países de Baréin y los Emiratos Árabes Unidos reconocen a Israel, en Washington el 15 de septiembre de 2020. (Saul Loeb/AFP vía Getty Images)

Los Acuerdos de Abraham —los genuinos y cálidos tratados de paz de Israel con los Emiratos Árabes Unidos y Baréin que acaban de firmarse en el Jardín Sur de la Casa Blanca— no se suponía que ocurrieran. Cuando el secretario de Estado de la administración Obama John Kerry articuló por qué eran imposibles, habló en nombre de casi todos los expertos acreditados, demócratas y republicanos.

Por supuesto, cuando lo imposible sucede, los expertos que pasaron décadas asegurándonos de su imposibilidad se apresuran a explicar por qué han tenido razón, incluso cuando los acontecimientos demuestran que están equivocados. Es una parte importante de ser un experto en Estados Unidos hoy en día: Aquellos que no pueden mantener su arrogancia y certeza cuando se demuestra que están equivocados, rápidamente caen en el juego de los expertos.

Para escucharlos decir esto, los cambios fundamentales en el Medio Oriente, completamente imprevisibles en 2017, extendieron una nueva dinámica a través de la región. Lo mejor que se puede decir del presidente Donald Trump es que ni siquiera su torpe, beligerante e incoherente política exterior pudo descarrilar estas tendencias positivas.

Tonterías. Los Acuerdos de Abraham ocurrieron porque el equipo de Trump examinó los datos. Lo que demostró fue que el consenso de los expertos de la post-Guerra Fría sobre el Medio Oriente había producido un fracaso consistente, espectacular y variado:

Los expertos ayudaron a George H.W. Bush a aislar a Israel, a dejar a Saddam en el poder, a permitir masacres genocidas contra kurdos y chiítas, a mantener ocupado a medio millón de tropas estadounidenses sin una misión clara, y a establecer un interminable punto muerto.

Los expertos ayudaron a Bill Clinton a reformular el conflicto árabe-israelí como un conflicto israelí-palestino, a resucitar la moribunda Organización para Liberación de Palestina (OLP) para promulgar su “Plan por Etapas” para la destrucción de Israel y lanzar una guerra de terror, ignorando al mismo tiempo el surgimiento de Al Qaeda y el terrorismo islamista.

Los expertos ayudaron a George W. Bush a cambiar su enfoque de Afganistán a Irak prematuramente, y luego a derrocar a un dictador sin un plan para lidiar con las sangrientas y anárquicas secuelas.

Los expertos ayudaron a Barack Obama a dar la espalda a Israel, el Golfo Pérsico y Egipto, a acercarse a Irán, la Hermandad Musulmana y la OLP, a restar importancia al terrorismo islamista y a liderar la criminalización de la existencia judía por parte de la ONU en el histórico corazón judío.

Así que cuando Donald Trump decidió dejar de lado a los expertos, revitalizar los lazos de Estados Unidos con el Golfo Pérsico, reforzar la determinación de los líderes musulmanes que luchan contra el islamismo, trasladar la Embajada de Estados Unidos a Jerusalén, reconocer la anexión de los Altos del Golán por parte de Israel y centrarse en el reasentamiento de los refugiados y el desarrollo de la región, no tenía más remedio que subir. Lo peor que podría haber surgido era un quinto fracaso consecutivo del enfoque estadounidense en el Medio Oriente.

En cambio, el equipo de Trump se ha convertido, por mucho, en el enfoque estadounidense más exitoso para la región desde, por lo menos, la administración Truman. ¿Cómo? El “secreto” es simple: Al basar la política en hechos reales en lugar de consejos de expertos.

El asombroso éxito de este enfoque enseña numerosas lecciones críticas que trascienden los aspectos específicos de la política de Medio Oriente.

En primer lugar: Cuando la sabiduría convencional de larga data y generalizada sobre un tema de alto perfil solo genera fracaso, hay algo profundamente defectuoso en esa “sabiduría”. Invariablemente, esa falla está enterrada profundamente dentro de la suposición fundamental que todos los “expertos” interiorizaron al principio de su formación y nunca reconsideraron.

En este caso, ese defecto fue su insistente enfoque en un conflicto entre israelíes y palestinos entre dos grupos nacionales que reivindicaban el mismo territorio. De hecho —como lo dejan claro la carta de la OLP de 1964, la carta de Hamas de 1988, las cartas de Hussein/McMahon de 1915 y muchos otros textos árabes fundacionales— la identidad nacional “palestina” se creó con el único propósito de negar la autodeterminación de los judíos en la patria judía. El genuino conflicto árabe-israelí enfrentó una reclamación imperial árabe suní con una reclamación judía de autodeterminación.

Segundo: La mayoría de los conflictos se resuelven cuando una parte gana y la otra pierde. Aquí, una victoria árabe significaba la erradicación de Israel y el establecimiento de un imperio árabe suní. Una victoria israelí significaba el reconocimiento de distintos estados-nación en toda la región, el fin de los sueños imperiales árabes, y la aceptación del Estado judío como una parte totalmente legítima del mosaico regional.

Al centrarse en el muy real e históricamente fundamentado conflicto árabe-israelí, y al permitir que Israel ganara, la administración Trump abrió la puerta a la siguiente fase del desarrollo de Medio Oriente. Una vez hecho esto, quedó claro que el próximo gran desafío interno de la región implica el reasentamiento y el desarrollo de los refugiados; según algunos cálculos, una de cada cuatro personas que viven en el Levante mediterráneo califica como desplazada, refugiada o apátrida.

Tercero: No son ni los árabes ni los israelíes los que han hecho imposible la paz en Medio Oriente. Son los expertos occidentales. Kerry y sus colegas expertos tenían razón, en parte: Los avances positivos son imposibles siempre que se centren exclusivamente en el problema equivocado y en contra de la resolución.

Estas tres lecciones tienen amplias implicaciones para la resolución de problemas y la cultura. Cuando la experiencia genera excelencia, merece ser elogiada. Cuando la experiencia solo produce fracaso, merece ser ignorada. Estados Unidos haría mucho mejor en seguir el ejemplo del presidente Trump e ignorar a los expertos cuya única estrategia es apostar más a la mano perdedora.

Bruce Abramson – La Gran Época

Bruce Abramson, tiene un doctorado en derecho, es director de B2 Strategic, miembro senior y director de ACEK Fund y autor de “American Restoration: Winning America’s Second Civil War” (Restauración de Estados Unidos: Ganar la Segunda Guerra Civil Estadounidense).

Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época