La tiranía de la minoría

Protestas en las ciudades de EEUU después de la muerte de George Floyd.

Puesto en pocas palabras y para que todos lo entendamos, un millón de delincuentes se propone nada menos que dictar la conducta de 330 millones de americanos respetuosos de la ley.

A través de toda la historia de la humanidad ha habido numerosos pueblos que han sido víctimas de tiranías represivas y minoritarias. Pero ninguno de esos pueblos tenía en su haber 244 años de libertad, seguridad y prosperidad bajo un sistema de república constitucional y democracia representativa. Esa distinción corresponde únicamente a estos Estados Unidos de América. Por eso resulta tan difícil alertar a este pueblo del peligro que representan los forajidos que por estos días han estado destruyendo propiedades, adueñándose de las calles y profanando monumentos.

Puesto en pocas palabras y para que todos lo entendamos, un millón de delincuentes se propone nada menos que dictar la conducta de 330 millones de americanos respetuosos de la ley. La escusa esgrimida por estos vándalos ha sido la muerte del hombre negro George Floyd a manos del policía blanco Derek Chauvin, pero su objetivo real es mucho más elaborado y tenebroso. Porque esta destrucción y profanación de monumentos es un plan encaminado a borrar la historia gloriosa de los Estados Unidos.

¿Por qué son tan importantes estos monumentos para el pueblo de los Estados Unidos?  Porque estos monumentos son maestros silentes en la sólida forma de piedra y metal. Ellos preservan la memoria de una gloriosa historia americana de más de dos siglos de libertad. Y más importante todavía, estimulan en los ciudadanos de este país la responsabilidad de escribir los futuros capítulos de una epopeya que es ejemplo para el resto del mundo. Construir un monumento es ratificar un proyecto nacional compartido. Destruirlo es profanar la herencia común que da cohesión, mística y sentido a esta nación excepcional.  

Todos hemos sido testigos de la intimidación, la anarquía y el terror con que esta jauría minoritaria y vociferante ha tratado de amedrentar a la mayoría disciplinada y silenciosa de la población americana. Durante casi tres meses, hemos vivido con los nervios crispados y albergando la esperanza de que los bárbaros se cansen de amargarnos la vida. Pero, lo que para nosotros ha sido tolerancia para ellos ha sido debilidad. Se han envalentonado y se preparan a continuar con esta orgía de odio hasta unas elecciones del mes de noviembre que saben tener perdidas. Lo que demuestra que el arma más poderosa de estos miserables es la inercia de las personas decentes. ¡Esa inercia tiene que terminar ya!

Porque, si no le ponemos fin, correremos la suerte de otros pueblos que cometieron el error de subestimar a una minoría militante y fanática como la que ha dominado las pantallas de nuestros televisores en los meses recientes. Veamos unos pocos ejemplos. En los primeros momentos de la revolución rusa que derrocó al Zar Nicolas Segundo, los bolcheviques eran una organización con escasas probabilidades de llegar al poder y cuyos líderes, incluyendo a Vladimir Lenin, se encontraban exiliados en Alemania y Suiza. El hombre del momento era Alexander Kerensky hasta que Lenin decidió darle un golpe de estado. Lo demás es historia que todos conocemos.

Durante la Guerra Civil China (1927-1949), el Partido Nacionalista Chino, encabezado por el General Chiang Kai-shek, disfrutó del apoyo económico y militar de los Estados Unidos. Mientras tanto, el Ejército Popular de Liberación del Partido Comunista Chino, encabezado por Mao Tse Tung, estaba integrado por campesinos famélicos y desarmados. Sin embargo, Mao se hizo con el poder y dio muerte a más personas que las matadas por Hitler y Stalin sumadas, 65 millones según el historiador Stephane Courtois.  

Pero todo indica que el meteoro de estos ejemplos de crecimiento vertiginoso fue el Partido Nacional Socialista fundado por Adolfo Hitler. Hasta las elecciones parlamentarias de 1924, los Nazis eran elementos marginales casi desconocidos que obtuvieron solamente el 3 por ciento de los votos. Ocho años después, en las parlamentarias de 1932, superaron a todos los demás partidos con el 33 por ciento de los votos. Un año después, en enero de 1933, Hitler fue nombrado Canciller y jefe del gobierno alemán. Así nació el régimen diabólico del monstruo que destruyó a Alemania, ensangrentó a Europa y desató el holocausto del pueblo judío.

En mi querida y añorada Cuba el asalto al poder por la minoría comunista que bajó de las montañas con rosarios en el cuello fue taimado y vertiginoso. El 20 de julio de 1958, los castristas del “Movimiento 26 de julio” firmaron lo que se dio en llamar “Pacto de Caracas” con otras diez organizaciones que luchaban contra la dictadura de Fulgencio Batista. Entre ellos se encontraban el Partido Auténtico, el Partido Ortodoxo, el Directorio Revolucionario y la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).

Todos se comprometieron− Castro incluido−a convocar elecciones en el plazo de 18 meses después del triunfo de la rebelión. Pero sólo unos meses después del triunfo el joven carismático y megalómano formuló la fatídica pregunta de “¿Elecciones para qué?” . Como una banda de monos domesticados la mayoría del pueblo cubano aplaudió aquel asesinato de la libertad y violación de la democracia.

Y embriagado de poder absoluto, el “máximo líder” complació a sus monos domesticados instaurando una tiranía comunista que se ha atrincherado en  su régimen espurio por más de seis décadas. Además, en apenas un año y medio, Fidel Castro  pasó de jurar públicamente que no era comunista a declarar oficialmente a su régimen como “marxista leninista”. Un solo líder de la vieja guardia política cubana desconfió de la promesa y se enfrentó a la bestia. Su nombre: Manuel Antonio de Varona y Loredo. ¡Que Dios lo tenga en su santa gloria!

Al mismo tiempo, el fenómeno de Hugo Chávez en Venezuela es casi una réplica del asalto al poder por Fidel Castro en Cuba. Por eso a muchos cubanos de mi generación nos resulta inaudito que nuestros amigos venezolanos no hayan escuchado nuestra voz de alerta. Que me dijeran que los venezolanos eran más “arrechos” que los cubanos y que sus partidos políticos eran muy poderosos y mas organizados que los de Cuba. Desgraciadamente, para ellos y para mí, el tiempo me ha dado la razón.

Regresando a estos convulsionados Estados Unidos de principios de este Siglo XXI, el silencio de Donald Trump frente a los actos vandálicos de la chusma financiada por la izquierda millonaria fue para mí motivo de preocupación. La expresé en un artículo que titulé “Trump tiene que volver a ser Trump”, publicado el 24 de junio pasado. Entonces dije: “Este es el momento de parar en seco a esta chusma y echar a un lado un apaciguamiento que les daría oxígeno para mas vandalismo”.

Afortunadamente, Donald Trump ha comprendido el peligro de esa minoría destructiva y respondido de la manera enérgica que sus partidarios esperábamos. Su decreto presidencial del pasado 26 de junio estipula que quienes profanen monumentos o destruyan propiedades federales serán condenados a 10 años de privación de libertad.

Y su decreto presidencial de 3 de julio pasado crea una comisión para la construcción y reconstrucción de monumentos bajo la presidencia del Secretario del Interior. La tarea más importante de esa comisión será la construcción de un Jardín Nacional de Héroes Americanos donde serán honrados hombres y mujeres de todas las razas, todas las ideologías, todos los credos y todas las religiones.

Todo esto fue rubricado por su discurso del 4 de julio en la base del Monte Rushmore , al que considero el más elocuente de su presidencia. Quizás inspirado por las imágenes de los cuatro gigantes de la historia americana que fueron Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln, el presidente expresó su política frente a los que quieren destruir a esta nación.

Con su claridad característica, Donald Trump dijo: “Nosotros no seremos aterrorizados, no seremos envilecidos y no seremos intimidados por esa gente mala y diabólica. Esa minoría de miserables no se saldrá con la suya”. Estas palabras demuestran que el presidente entiende perfectamente que sin ley no hay orden y sin orden no hay nación que pueda garantizar los derechos fundamentales de sus ciudadanos como la libertad, la seguridad y la prosperidad. Precisamente la misión que Trump se impuso aún antes de llegar a la Casa Blanca.

Alfredo M. Cepero – La Nueva Nación