La guerra de los encolerizados

Un edificio en llamas durante los disturbios en Minneapolilis, Mayo 29, 2020.

Lamentablemente, todo parecer indicar que ya pasó el tiempo del diálogo y de la negociación. Que hemos entrado de lleno en la estación del odio y de la confrontación que resultará en el predominio de una ideología sobre la otra, de un partido sobre el otro.

Con excepción de los cuatro años de guerra civil, el pueblo americano ha resuelto siempre sus diferencias por medio del diálogo y de la negociación. Veamos unos cuantos casos que ilustran mi afirmación. Cuando en 1964 el Presidente demócrata Lyndon Johnson presentó ante la Cámara de Representantes su Proyecto de Ley de Derechos Civiles no contaba con suficientes votos demócratas para aprobarlo. Fue necesario el voto de 138 representantes republicanos para convertirlo en ley.

Cuando en  la década de 1980 el Presidente republicano Ronald Reagan se vio obligado a gobernar con un congreso demócrata contó con el apoyo del Presidente de la Cámara “TipO’Neill. Cuando en la década de 1990, el presidente demócrata Bill Clinton gobernó con un congreso republicano trabajó con el Presidente de la Cámara, NewtGingrich para aprobar leyes que redundaron en un próspero panorama económico. ¿Pueden ustedes imaginar cooperación, entendimiento o siquiera un diálogo civilizado entre Nancy Pelosi y Donald Trump?

Esos son los vientos tormentosos que soplan sobre el pueblo americano de cara a las elecciones generales del próximo mes de noviembre. Una situación deplorable que comenzó desde la misma toma de posesión del Presidente Trump. Más de 60 congresistas demócratas, liderados por el ícono de los derechos civiles John Lewis, se negaron a participar en la toma de posesión del Presidente Trump. Estos fanáticos de la izquierda calificaron a Trump de “presidente ilegítimo” y dijeron que su Administración haría un daño irreparable a la democracia americana.

Casi al mismo tiempo, las minas explosivas plantadas por Barack Obama al abandonar la Casa Blanca comenzaron una verdadera guerra sucia contra su nuevo ocupante. Donald Trump fue sometido a la tortura de dos años de intrigas y maledicencias por parte de una comisión presidida por el zorro Robert Mueller e integrada en su totalidad por militantes demócratas. Después de dilapidar 32 millones de dólares y de destruir las vidas de media docena de asesores de la campaña de Trump tuvieron que admitir que ni el presidente ni ningún americano había colaborado con los rusos en la campaña presidencial de 2016.

Es así como llegamos a la antesala de las elecciones presidenciales de este fatídico año de 2020. Un año de pandemia del coronavirus, de “zonas libres de policías’ y de profanación de monumentos históricos. Un año en que los demócratas y su prensa cómplice continúan con su lucha obstinada contra el presidente. Una lucha que tiene como escenario tanto la calles como los salones del capitolio. Veamos.

Durante años, tanto el congreso como varios presidentes no habían logrado poner en vigor reformas críticas al sistema de justicia criminal. Gracias al liderazgo del Presidente Trump fue aprobada la Ley del Primer Paso, como un esfuerzo bipartidista encaminado a integrar a los ex presos a una vida en libertad. En estos momentos, el Presidente busca la cooperación de los demócratas para aumentar la seguridad pública por medio de leyes que regulen el entrenamiento y la conducta de los agentes policiales.

Desgraciadamente, los demócratas están más interesados en contar con un argumento electoral contra Trump que en reorganizar a la policía o favorecer a los ciudadanos negros. Proponen un proyecto de ley que ataría las manos a los agentes del orden. Ni siquiera el elaborado proyecto de ley del senador republicano negro, Tim Scott, ha logrado el respaldo de los demócratas. El proyecto de Scott contiene el 70 por ciento de lo que proponen los demócratas y admitiría hasta 20 enmiendas por parte de los opositores. Pero la bruja malévola Nancy Pelosi le dio un tiro de gracia al diálogo cuando acusó a Tim Scott y a otros senadores republicanos de aprovecharse del asesinato del negro George Floyd para lograr sus objetivos políticos.

Según andan las cosas, las elecciones del próximo mes de noviembre ya no están limitadas a Biden y Trump. Hasta hace unos meses, los candidatos eran el tema predominante en la campaña. La izquierda citaba los tweets de Trump y su política errática de despedir subalternos como ventanas a su espíritu tenebroso. La derecha contestó que un desorientado y balbuciente Joe Biden no era un  candidato creíble. Que, por el contrario, era una simple copia de candidato que tendría que ser cargado hasta el día de las elecciones en los hombros del Partido Demócrata, para desaparecerlo más tarde. Entonces, un vicepresidente radical pondría en vigor la agenda de extrema izquierda que habría sido rechazada por los votantes.

Los temas tampoco serán decisivos a la hora de las elecciones. Hace poco tiempo, la izquierda argumentaba que el milagro económico de Trump estaba en ruinas porque había sido aplastado por el virus, la cuarentena y los motines. Vociferaban que este era el resultado que podía esperarse del caos innato de Donald Trump. La derecha ripostó que la eliminación de excesivas regulaciones, el desarrollo de fuentes energéticas, la reforma impositiva y la reindustrialización que hicieron Grande a América volverían a hacerla grande de nuevo.

Por otra parte, en el último mes la nación se ha visto consumida por protestas masivas, motines crónicos, incendios y saqueos. Al mismo tiempo, se han derribado estatuas, nombres han sido cambiados abruptamente, carreras han sido canceladas, policías han sido difamados o decidido abandonar su trabajo. Generales retirados ya no son vistos como conservadores tradicionales sino como radicales que se atreven a enfrentarse al Presidente, que es su Comandante en Jefe.

Lamentablemente, todo parecer indicar que ya pasó el tiempo del diálogo y de la negociación. Que hemos entrado de lleno en la estación del odio y de la confrontación que resultará en el predominio de una ideología sobre la otra, de un partido sobre el otro. La realidad es que ningún partido o ideología es tan justo o perfecto que no necesite el reto de ideas contrarias. El resultado es que no habrá armonía sino ganadores y perdedores. La peor desgracia es que el gran perdedor será el pueblo americano.

Todo esto es el producto de unos manifestantes encolerizados, vociferantes y visibles frente a unos opositores encolerizados y silenciosos. Las elecciones no revelaran quienes son más numerosos sino quienes están más encolerizados. El resultado es que−para bien o para mal−las opciones en estas elecciones de este 2020 ya no son entre Biden y Trump, las políticas republicanas y demócratas o las agendas de izquierda o de derecha. De ninguna manera, la opción será entre la América que existió hasta el mes de mayo de 2020−siempre defectuosa pero constantemente mejorando, no perfecta pero mucho mejor que la alternativa −y la anarquía que se ha apoderado de las calles de Estados Unidos en el último mes. Si mi  abuela Angelita Mirabal estuviera viva me diría: “Alfredito, que Dios nos coja confesados”.

Alfredo M. Cepero – La Nueva Nación