La estrategia progresista detrás de las manifestaciones

Los manifestantes se reúnen frente a una tienda de licores en llamas cerca del Tercer Recinto Policial en Minneapolis, Minnesota, el 28 de mayo de 2020. (Kerem Yucel/AFP a través de Getty Images)

Opinión

Las manifestaciones que han estallado en todo el país son parte de un plan estratégico para transformar a Estados Unidos en una utopía progresista. Los disturbios en los que rápidamente se convirtieron, no lo son. Es importante entender la diferencia entre ellos.

La estrategia en sí misma no es un secreto. Aparece, por ejemplo, en el “Manual de la desobediencia civil” de Paul Engler, publicada poco tiempo después de que Donald Trump se convirtiera en presidente.

Engler es la combinación rara y peligrosa de un teórico y un activista. En 2014, lanzó una “incubadora de movimientos” llamada Momentum. En cinco años, incubó grupos que promueven el cambio climático, presionan para abrir las fronteras, y difunden el activismo antiisraelí. Como teórico, Engler ha presentado el trabajo de dos predecesores importantes: Saul Alinsky y Gene Sharp.

Alinsky, el principal sindicalista de mediados del siglo XX, es más conocido por sus “reglas para radicales”. Engler ha aplicado las lecciones aprendidas del desarrollo de fuentes de información abiertas, las organizaciones interconectadas y las campañas en redes sociales para llevar las tácticas de Alinsky al siglo XXI.

Sharp, un estudioso de los levantamientos no-violentos, demostró ser aún más influyente. Sharp destiló y catalogó las lecciones de la historia. Él hizo una distinción entre la no-violencia ideológica y táctica y, demostró que la no-violencia que impulsaba a Gandhi y Martin Luther King Jr. era táctica. En la opinión de Sharp, si cualquiera de estos líderes hubiera poseído armas profesionales o hubiera comandado ejércitos superiores, habrían luchado de manera más convencional. Debido a que esos recursos pertenecían a sus oponentes, recurrieron a los recursos que sí habían: una gran cantidad de seguidores y persuasión moral.

Engler trajo las tácticas de alteración no-violentas de Sharp para desarrollarlas en el Estados Unidos de hoy, donde los recursos progresistas incluyen la academia, los medios de comunicación, Hollywood, Silicon Valley y el servicio civil. Eso les da una ventaja significativa en la configuración de lo que la gente escucha y cree.

La muerte de George Floyd proporcionó la excusa para desplegar una campaña de resistencia no-violenta planeada desde hace mucho tiempo. Los eventos del viernes fuera de la Casa Blanca proveen la más clara demostración de la estrategia en acción. Los manifestantes con las manos en alto avanzaron lentamente para romper las barreras del Servicio Secreto. Su objetivo era crear una opción insostenible. Si un gran número de civiles desarmados marchan sobre la Casa Blanca, el presidente podría dejarlos pasar y parecer débil, o emplear la fuerza y parecer brutal. Para el gran mérito de ellos, el Servicio Secreto fue capaz de calmar la situación, esta vez. A largo plazo, sin embargo, la táctica es devastadora.

En esta ronda de protestas, a diferencia de las realizadas durante los años de Obama, Black Lives Matter (BLM) no solo insiste en su propia no-violencia, sino que parece genuinamente angustiada por los enormes daños causados por Antifa en ciudadanos y empresas inocentes. La angustia es real, pero tiene poco que ver con los negocios de las minorías que se incendiaron. El BLM se propuso ganar y tener la simpatía de suficientes votantes indecisos para costarle la elección a Trump. Su esperanza era presentar una campaña de resistencia no-violenta ligada a la causa moral de prevenir más muertes como la de Floyd. Las superposiciones violentas de Antifa socavan todo su juego.

Los instintos del presidente para contrarrestar esta estrategia han sido excelentes pero insuficientes. Él ha hecho suya la causa de Floyd, prometiendo y ofreciendo una rápida participación de alto nivel. Él podría hacer más. Podría, por ejemplo, enfatizar que aunque la brutalidad policial no es generalizada ni común, sigue siendo un problema que un comité presidencial abordaría.

También se ha mantenido sabiamente con la adecuada condescendencia al federalismo que ha demostrado durante la pandemia COVID-19. Mantener el orden público, y proteger la vida y la propiedad de los ciudadanos, es una obligación social. El presidente Trump ha dejado claro que los recursos federales están disponibles, pero solo se les proporcionará a los alcaldes y gobernadores que lo soliciten.

Además, la violencia anárquica de Antifa crea ciertas aperturas al volcar el libro de jugadas de Sharp. Los organizadores del BLM violaron una regla cardinal. Se olvidaron de obtener la aprobación de todos sus aliados. Nadie se molestó en decirle a Antifa que no usara sus tácticas estándar. Ese es un error fatal. Las tácticas no-violentas efectivas son casi imposibles de derrotar sin cometer atrocidades contra los civiles. Sin embargo, son bastante difíciles de implementar bien. Los progresistas de Estados Unidos las han implementado pobremente.

El presidente necesita un mensaje agudo y enfático que acompañe a sus instintos. Necesita salir en voz alta a favor de las comunidades y las víctimas. Necesita hacer un pedido a los funcionarios locales para que aceleren sus esfuerzos para proteger a los civiles y a la propiedad privada. Necesita enfatizar la devastación que estos alborotadores están teniendo en las comunidades locales. Necesita anunciar que el Departamento de Justicia coordinará las demandas contra los agitadores identificables y las organizaciones responsables. Necesita destacar la medida en que las celebridades y algunos líderes progresistas seleccionados se están poniendo del lado de los alborotadores en lugar del de los ciudadanos.

Por último, él necesita recordar a todos que todavía tenemos pautas de distanciamiento social establecidas, y recomendar que cualquiera que sea arrestado en los disturbios será puesto en cuarentena por 14 días con rastreo de contacto completo. También necesita recordar a Estados Unidos que ahora hay un experimento en marcha; si estos disturbios no aumentan los casos de COVID-19, podemos relajar las pautas de distanciamiento social antes de lo esperado.

Dicho esto, dos grupos de progresistas se están devorando mutuamente. Eso le da a Estados Unidos la oportunidad de derrotar las estrategias y tácticas que han derribado regímenes en todo el mundo. Es una oportunidad que el presidente Trump debe aprovechar si quiere mantener a Estados Unidos grande.

Bruce Abramson – La Gran Época