Japón financiará la salida de sus empresas de China y abre el camino para Trump

El presidente Donald Trump y el premier japonés Shinzo Abe.

Japón decidió invertir más de 2 mil millones de dólares para que las empresas japonesas puedan mover sus fábricas radicadas en China devuelta a Japón o a otro país del mundo, luego de un choque diplomático por el coronavirus.

El gobierno japonés anunció la semana pasada que utilizará un presupuesto de emergencia de 2 mil millones de dólares para ayudar a las empresas japonesas que tengan fábricas en China a volver a su país.

El premier japonés, Shinzo Abe, decidió finalmente hacerle frente al Partido Comunista Chino, tomando represalias por su manejo del coronavirus y aludiendo a razones de seguridad nacional. De hecho, el Presidente chino Xi Jinping iba a viajar a principios de abril a Japón en lo que iba a ser la primera visita de un mandatario chino a la isla japonesa en más de 10 años, pero la pandemia pospuso los planes y ahora el Primer Minisitro Abe, enfurecido con Xi, parece que va a cancelar la visita en su totalidad.

Este fondo de 220 mil millones de yenes será destinado a otorgarle dinero a todas las empresas que quieran mover sus fábricas de China a Japón durante los próximos 2 años y, a su vez, habrá otro fondo de 24 mil millones de yenes para las empresas japonesas que muevan sus fábricas de China hacia otros países del mundo.

Ahora surge una oportunidad histórica de derrocar el comunismo en China. India está hace años esperando un giro en la economía mundial que enfoque la inversión en su país, que desde 2014 está bajando impuestos, fortaleciendo los derechos de propiedad privada y fomentando el consumo, con el objetivo de convertirse en la sucesora de China, sin las groseras violaciones de los derechos humanos.

De izquierda a derecha: el Presidente de los EE.UU., Donald Trump, el Primer Ministro de Japón, Shinzo Abe, y el Primer Ministro de India, Narendra Modi

De esta manera, el tridente Trump, Abe y Modi puede ser el que lidere al mundo en un nuevo rumbo, que tumbe el orden mundial creado por Henry Kissinger en la década del 70 cuando convirtió a China en la fábrica del mundo y, finalmente, el mundo entero entienda que el libre comercio es el mejor sistema posible; en este caso, solo cuando no se está comerciando con un país que esclaviza a su población e inyecta millones de dólares en sus empresas para sacarle ventaja a las compañías privadas del resto del mundo.

Cuando la crisis mundial por el COVID-19 termine, y si Trump es reelegido, deberá ser él quien tome el timón y navegue el barco hacia un nuevo esquema económico mundial que obligue al gobierno chino a cambiar radicalmente su trato para con su población o, de lo contrario, fracasar con su industria nacional débil y sin inversión extranjera. Esto último ya fue intentado por Mao en la década del ’50 y del ’60, y por Stalin en la Unión Soviética: el fracaso fue rotundo.

Finalmente, la guerra tarifaria que enarboló Trump podrá llegar a su conclusión, y no será un acuerdo de libre comercio, que es lo que se había firmado antes de la pandemia, sino que será una destrucción total del sistema económico dependiente de China y la aislación de este país del resto del mundo si así lo decide. ¿Estará dispuesto Xi Jinping, un líder que se ha mostrado moderno y abierto al diálogo, a retroceder 50 años en la política internacional?

Derecha Diario