Trump a los ayatolás: no me pongáis a prueba

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Israel (y el Mosad) vs. Trump

En este interesante artículo, Yonah Jeremy Bob, analista de inteligencia del Jerusalem Post, compara la manera en que Israel gestiona sus operaciones antiterroristas más delicadas y el asesinato selectivo del capo terrorista Qasem Soleimani, ordenado la semana pasada por Donald Trump. Frente a la discreción de los israelíes, el presidente norteamericano ha ejecutado al jerarca iraní a la vista de todo el mundo para mandar un mensaje tan claro como contundente a los ayatolás que detentan el poder en la República Islámica.

Israel prefiere actuar bajo el radar, a menudo recurriendo al Mosad para eliminar sin dejar rastro a líderes terroristas o científicos [implicados en el desarrollo de programas de] armamento.

Ese no era el objetivo de la Administración Trump cuando mató a Soleimani en un lugar tan público como fuera posible, entre llamas espectaculares y con gran número de bajas [soleimanistas].

Mientras que los funcionarios israelíes ni siquiera comentan las operaciones del Mosad, Trump hasta se despidió de Soleimani en Twitter, para asegurarse de que todo el mundo le atribuyera el ataque.

La Administración Trump quiere recordar a Teherán de la más pública y contundente de las maneras que EEUU sigue siendo la primera potencia mundial, y que Irán, con todos sus peones y todas sus marrullerías, es en comparación un peso ligero.

El rotundo mensaje lanzado por Trump a Irán este fin de semana ha sonado alto y claro: no me pongáis a prueba.

Trump vio el farol de los Ayatolás

En The Washington Free Beacon, Matthew Continetti, del American Enterprise Institute, sostiene que, con la liquidación de Soleimani, Trump se ha apuntado una resonante victoria antiterrorista y que el juego ha cambiado; “pero no ha terminado”, advierte.

Ahora ha sido Trump, no el ayatolá Jamenei, el que ha avanzado un trecho por la ladera de la escalada [de tensiones] al matar al arquitecto militar del imperio chiita iraní. Irán ha fijado las reglas durante años; ha escogido el momento y el lugar de la confrontación. Ya no.

En 2018, Tump retiró a EEUU del [acuerdo nuclear con Irán] negociado por su predecesor. Empezó a incrementar las sanciones. Esta campaña de ‘máxima presión’ o guerra económica privó de ingresos a la maquinaria de guerra iraní y abrió una brecha entre el pueblo y el Gobierno de Irán. Trump ofreció la oportunidad de negociar un nuevo acuerdo. Irán rehusó.

“El juego ha cambiado”, dijo el secretario de Defensa [norteamericano] Esper horas antes del asesinato de Soleimani en el aeropuerto de Bagdad.

El juego ha cambiado. Pero no ha terminado.

La eliminación de Soleimani manda un mensaje poderoso a los disidentes iraníes

En The Federalist, David Marcus abunda en una cuestión sobre la que apenas se repara pero que resulta crucial: acciones como la eliminación del capo terrorista Salem Soleimani son importantes no sólo por sus efectos inmediatos en un ámbito tan delicado como el de la lucha antiterrorista, sino por la inseguridad que genera en regímenes tiránicos como el de la República Islámica, que ven gravemente comprometida su imagen de invulnerabilidad.

Los regímenes autoritarios hacen descansar su poder en una sensación de inevitabilidad. Deben crear el espejismo de que son imparables e intocables, de que ni las protestas ni las presiones podrán jamás arrebatarles el poder. Si había en Irán una figura que pareciera intocable, esa era la de Soleimani. Su muerte lanza el poderoso mensaje de que el régimen iraní ni es inevitable ni es intocable.

Las cosas no cambiarán de la noche a la mañana para los valerosos iraníes que se juegan la vida luchando por la libertad en su propio país. Pero la [otra] noche [la de la eliminación de Soleimani] vieron que ni siquiera los más altos mandos del brutal [régimen islamista] están a salvo, de que no están blindados y de que quizá, sólo quizá, puedan ser derrocados.

Revista de Prensa