Afros, antisemitas, racistas, demócratas e izquierdistas brutos: el coctel de fin de año

2019 termina con una serie de ataques antisemitas perpetrados por gente de las comunidades afro-americanas. Ha sido la situación perfecta para que se evidencia, nuevamente, la estulticia de la izquierda y de muchos miembros del Partido Demócrata.

La prensa progresista de los Estados Unidos, la izquierda en general, los líderes del Partido Demócrata, y los defensores del posmodernismo foucaultiano están en un interesante problema. Por supuesto, están reaccionando del modo incorrecto, perpetuando su incapacidad de enfrentar las cosas como son y, por lo tanto, agravando potencialmente la situación.

Desde que a inicios de diciembre se dio un mortal ataque a un súpermercado kosher en New Jersey, prácticamente no ha habido día en que no haya sucedido un ataque antisemita en New York. Lo aparentemente extraño es que, en esta ocasión, los atacantes han sido miembros de las comunidades afro-americanas.

Si los ataques vinieran de la rancia derecha estadounidense, promotora de los ideales de Supremacía Blanca, las condenas por parte de los sectores progresistas serían rápidas y cómodas. A fin de cuentas, la condena del antisemitismo ha sido una de las banderas de estos grupos pretendidamente solidarios con todas las minorías.

Por supuesto, eso sólo aplica cuando el antisemitismo viene de gente blanca. Tal parece que para estos colectivos posmodernos ese es el requisito obligatorio para que se pueda usar la palabra “antisemita”. Y ni qué decir del uso de la palabra “racismo”. Los fieles del Post-Colonialismo de Zaid, hijo directo del posmodernismo de Foucault, no aceptan la existencia de eso que llaman “racismo inverso”. Es decir, le niegan a los grupos que definen como “víctimas del colonialismo europeo” la posibilidad de ser racistas.

Esa es la razón por la que todos estos sectores siempre han tenido severos problemas para decir las cosas con todas sus letras, siempre que los ataques contra judíos han venido de sectores minoritarios o “exóticos” que gozan del privilegio de poder ser racistas sin que el mundo admita que son racistas.

Ya lo habíamos visto en la hipocresía grotesca de Barack Obama, que nunca se atrevió a llamar “terrorismo” al terrorismo islamista extremista. Lo hemos visto últimamente en las descaradas expresiones antisemitas de activistas afroamericanos como el Pastor Al Sharpton o Louis Farakhan, o incluso de representantes del Partido Demócrata como Ilhan Omar y Rashida Tlaib.

El problema se extiende a la prensa y a los sectores progresistas, que en estos casos no resisten la nefasta tentación de reacomodar todos sus valores éticos y sociales. Repentinamente, los antisemitas y racistas ya no son ni antisemitas ni racistas, sino afroamericanos molestos por la brutalidad policíaca contra ellos, y frustrados por los siglos de esclavitud; por razones “casuales”, optan por desahogar ese enojo histórico atacando judíos.

Por otra parte, los judíos dejamos de ser una minoría que debe ser defendida del antisemitismo y racismo blanco, para ser partícipes y, en gran medida, responsables de las frustraciones de los colectivos afroamericanos. ¿Por qué? Porque entre los portugueses de los siglos XVI al XVIII que traficaban africanos en los mercados esclavistas, hubo uno que otro que era de origen judeo-converso. Y porque dicen por ahí que los judíos controlamos a la policía en Estados Unidos, y se puede demostrar en que apenas arreciaron los ataques de afroamericanos contra judíos, la vigilancia policíaca se ha incrementado en los barrios de mayoría judía.

Como trasfondo de todo esto hay una larga y añeja tolerancia, propia de las izquierdas posmodernas e idiotas como nunca, según la cual todo aquello que pueda ser definido como “víctima” o como “resistencia” debe ser tolerado, sin importar que sus posturas sean abiertamente extremistas.

Se trata de una retorcida y perversa forma de entender el concepto de reivindicación de los pueblos, naciones o grupos que fueron víctimas de la brutal expansión colonialista europea de los siglos XVI al XIX.

Un componente de esa ideología retorcida sigue siendo el torpe concepto marxista de que todo gira en torno a una lucha de clases, motor de la Historia, que deberá ser resuelta con la revolución social que ponga al proletariado y a los oprimidos al frente de los medios de producción.

Por eso, en la óptica de esta gente bruta y siniestra (en más de un sentido de la palabra), ser afroamericano, racista y antisemita es imposible. Y quien lo sea, será defendido y definido en otros términos que maticen su conducta y su ideología.

¿Por qué el recrudecimiento de estas conductas y de estas actitudes?

Son fenómenos complejos que deben analizarse a fondo y por separado, pero podemos anticipar algunas ideas.

Lo que se destaca como evidente, por el momento, es que la complicidad judeo-afroamericana de otros tiempos ha sido olvidada (recuérdese al Rebbe Abraham Yehoshúa Heschel tomado del brazo y caminando con Martin Luther King en las manifestaciones a favor de los derechos de las comunidades que, en aquellos lejanos 60’s, todavía podían ser llamadas “negras” sin que los fiscales de la corrección política hicieran un melodrama). Lo que está pesando de un modo nefasto y peligroso es el antisemitismo afroamericano cultivado en el entorno de las iglesias del llamado Black Israel o Black Hebrew Israel, una tendencia que se originó hacia finales del siglo XIX e inicios del siglo XX en Iglesias Pentecostales afroamericanas, donde apareció la irracional creencia de que los verdaderos descendientes del Israel bíblico eran los afroamericanos y, en menor medida, los hispanos de Latinoamérica. Los blancos fueron definidos como el peor engendro satánico, y los judíos pasamos a convertirnos en impostores edomitas. Después de la II Guerra Mundial y las hipótesis pseudo-científicas del Nazismo, también nos convertimos en impostores jázaros.

La evolución de los grupos del Black Israel ha sido disímil, por supuesto. Hace tiempo que algunas comunidades renunciaron al extremismo, e incluso su relación con las comunidades judías es muy buena.

Pero los núcleos radicales allí siguen presentes. A finales del siglo XX, había quienes anunciaban que con el año 2000 regresaría Jesucristo (que es negro, por supuesto) y destruiría a todos los blancos y a todos los judíos. Por supuesto, nadie se preocupó por denunciar y ponerle un alto a este discurso de odio, básicamente por esa tontería posmoderna de que no puede existir un racismo inverso. Es decir: El blanco que odia al afro por ser afro es racista, pero el afroamericano que odia al blanco por ser blanco no lo es. Es el privilegio que tiene por ser descendiente de víctimas de los blancos.

Todo parece indicar que lo que en esos tiempos era pura retórica, ha pasado al peligroso nivel de la acción. Nueva York, una ciudad emblemáticamente judía desde hace tres siglos y medios, se ha convertido en un lugar peligroso para los judíos.

Y lo más terrible es que un gran bloque de políticos y periodistas norteamericanos no lo quieren admitir. No quieren señalar las cosas como son, porque es políticamente muy incorrecto acusar a un afroamericano de racismo antisemita.

El exceso nos lo regaló la representante (demócrata, por supuesto) Rashida Tlaib, que respecto al ataque de un afroamericano, militante del Black Israel, en el restaurante Kosher en New Jersey hace casi un mes, de inmediato señaló que ese ataque era culpa del supremacismo blanco. Por supuesto, luego tuvo que borrar el tuit. Lamentablemente para ella, su estulticia —y su propio racismo y antisemitismo— quedaron en evidencia una vez más. Afortunadamente para ella, el Partido Demócrata ha perdido las agallas para meter en cintura a sus representantes que caen en este tipo de estupideces.

Es cierto que estos problemas los está ocasionando un sector minoritario y extremista de las comunidades afroamericanas, cuyas amplias mayoría son gente normal que no tiene interés alguno en meterse en problemas con nadie.

Pero también es cierto que la indolencia y, sobre todo, la cobardía de los sectores progresistas, han sido un caldo de cultivo para el sentimiento de impunidad con el que estos atacantes se lanzan a su “sagrado” objetivo de matar a los “falsos” judíos que han usurpado lo que le correspondía a ellos.

Hay que llamar las cosas por su nombre. Son afroamericanos, pero son antisemitas y son racistas. Defienden una ideología retorcida y perversa, y las autoridades deberían someterlos al imperio de la ley con el mismo rigor con el que se ataca y se controla al supremacismo blanco.

Por experiencia, los judíos sabemos que cuando estas cosas no se hacen a tiempo, o se disimulan en nombre de la corrección política, todo se pone peor en cuestión de unos poco años.

La política antijudía y anti-israelí de Barack Obama fue más retórica que acción en el territorio estadounidense, pero sus consecuencias las estamos empezando a ver.

Esto apenas empieza, y hay que ponerle solución.

Irving Gatell – Enlace Judío México

Reproducción autorizada con la mención siguiente: ©EnlaceJudío