El nuevo muro socialista es el muro mental de la idiotez

Muro de Berlín. (Foto: Flickr)

El muro de la vergüenza ya no está en Berlín, sino en las mentes de quienes aprendieron a sustituir la racionalidad adulta por la emocionalidad infantil.

Conmemoramos 30 años de la caída del muro de Berlín. Y olvidamos fácilmente que no cayó, fue derribado. Institucional y físicamente por los berlineses orientales que escucharon asombrados en TV –en rutinaria conferencia de prensa– al vocero oficial del gobierno anunciar –entre otras cosas– que las restricciones fronterizas cesarían  a pregunta ¿Cuándo se levantarán las restricciones? El asombroso “con efecto inmediato”. Era lo que decían sus notas oficiales, y así las leyó.

Tan enormes eran esas multitudes de alemanes (que poco antes protagonizaban enormes manifestaciones contra su gobierno), que sus angustiados tiranos, sabiendo que Moscú no enviaría sus tanques, debieron abstenerse de reprimirlas como deseaban. Temían que todo se les fuera de las manos –ya se les había ido de las manos– llegando al levantamiento, como los aplastados por el ejército soviético en Hungría y Checoeslovaquia –y a menor escala en Berlín oriental– décadas atrás. Estaban aterrados porque esta vez “Moscú no enviará los tanques”.

Los guardias de frontera nada sabían. Nadie les informó del “con efecto inmediato”. Contenían masas que exigían atravesar, mientras observan que incluso los berlineses occidentales se daban por enterados del “con efecto inmediato”. Sus oficiales sabían que “Moscú no enviará los tanques”. Ordenaron levantar las barreras. La RDA desapareció en paz. Agentes del aparato de represión y propaganda abandonaban sus puestos y millones de alemanes celebraban asombrados el fin de una pesadilla.

El fracaso del socialismo no lo evidenció la caída del muro, sino la necesidad de construirlo. No como barrera ante el exterior, sino como cárcel de sus súbditos. Al muro lo derribó la inviabilidad de la economía socialista, que colapsó al imperio soviético entero. Pero el principio del fin del poder soviético lo adelantan Reagan, Kohl, Thatcher y la autoridad moral de Juan Pablo II y quien decidió que “Moscú no enviará los tanques”. A Gorbachov le conocí en México en 2012. Un comunista decepcionado, que había entendido que aquello era insostenible y buscaba la manera de evitar que terminara en otro baño de sangre. Creyó inicialmente que reformas políticas y económicas serían suficientes. Aunque conocía bien las fuerzas internas –y externas– contra cualquier reforma, no podía imaginar que terminaría como terminó. Explicaba que fácilmente pudo ser mucho peor.

Decía que sus antiguos camaradas –y algunos nacionalistas rusos– le reclamaban que “había entregado todo”. Se preguntaba retóricamente «¿qué entregué? ¿Polonia a los polacos? ¿Alemania a los alemanes? ¿Hungría a los húngaros?». Y, no olvidemos, «Rusia a los rusos». Agregaba que, aunque no hay alternativa si de paz y prosperidad se trata, «la libertad es difícil, está llena de desafíos, responsabilidades y peligros». Entregó en paz –hasta donde pudo– el imperio a los pueblos que sojuzgaba. Ciertamente, la libertad es difícil. Lo que unos y otros lograron o no hacer con ella, fue del éxito fulgurante –Estonia– a la agridulce decepción –la propia Federación Rusa– y el sangriento renacimiento de antiguos odios, postergados pero no olvidados –Yugoeslavia–.

El muro fue derribado. Una intelligentsia occidental que va mayormente de intelectuales comprometidos a tontos útiles lloraba su caída, abierta o ocultamente, como lloraron el colapso del imperio soviético. Pero siguieron en lo suyo porque un efecto extraordinario –impredecible e involuntario, pero apreciado y bien aprovechado– del agitpro global soviético fue la hegemonía cultural de esa intelectualidad socialista –en sentido amplio– sobre Occidente. Como comentaba en la columna anterior, que la bestia pensara por sí misma, y no respondiera inmediatamente a órdenes de sus asombrados creadores, no impidió que fuera manipulable desde dentro por un núcleo de estricta obediencia soviética. Los intelectuales comprometidos.

Siguieron como siempre. Y como siempre pensaron «qué hacer», ansiosos de reconstruir el imperio perdido. Y de construir un nuevo e indestructible muro contra la idea misma de libertad. Y lo han construido. No tanto en aquellos países que, como el mío, lograron someter a su nuevo totalitarismo mediante los activos despojos del aparato internacional soviético. En Iberoamérica, dirigidos por un totalitarismo soberano que en su miseria, represión y adoctrinamiento, seguía en pie, y, finalmente, de su cuenta. Pero no me refiero tanto a ese muro más legal que físico, sino al que levantó en demasiadas mentes la hegemonía cultural socialista en sentido amplio, dentro del que sueñan con destruir al capitalismo, y otros con rehacer sobre miseria y cenizas el imperio perdido.

Es el muro de la idiotez levantado en las mentes de una o dos generaciones –de la mayoría, no de la totalidad– que aprendieron a sustituir la racionalidad adulta por la emocionalidad infantil –violenta por demás– anclarse en el resentimiento envidioso, tornarse histéricamente intolerantes a la mera existencia de la mínima diferencia ante sus absurdos dogmas. Y en resumen, a exigir materialmente todo a cambio de nada, como su supuesto “derecho humano” fundamental. Es un muro de ideas, no de concreto y acero. Ideas profundamente erróneas, que se pueden resumir la más absurda creencia: que el simple hecho de existir les otorga el derecho a exigir una plétora interminable de lujosos bienes y servicios que ni han producido, ni podrían producir. Ni desean trabajar para pagar. Y que todos su el confort y el consumo se los debe el mundo como un derecho. A cambio del que nada deberían entregar. Excepto su propia libertad. Y la de todos.

Es el muro en la mente del idiota Y no es accidente. Una cosa es que pidan lo imposible. Y en ese sentido su triunfo sería su fracaso. Otra que quienes los convencieron de que era posible, no pensaban que lo fuera, porque no son idiotas sino malvados –en el sentido de Cipolla–. Pensaban –con razón– que convencerlos de lo imposible los transformaba en arma ciega de destrucción que crearía condiciones para establecer uno tras otro, nuevos totalitarismos. Paso, a paso. Casi inadvertidamente. Rehaciendo al perdido imperio. Y tras su nuevo muro, en eso están.

Guillermo Rodríguez – PanamPost