La Iglesia de Francisco, fuera de control: Un cura italiano convierte su parroquia en un centro de acogida con la oposición de los fieles

La iglesia de Pistoia ha perdido el decoro de un lugar de culto: colchones por el suelo, literas, mochilas… – ABC

Ha convertido su parroquia en una especie de campamento para inmigrantes. Don Massimo Biancalani ha transformado su iglesia en Pistoia, municipio de 90.000 habitantes en Toscana, al norte de Italia, en un gran centro de acogida para 250 inmigrantes. Desde luego, quien espere ver el decoro de un lugar de culto, no lo encontrará al entrar en esta parroquia de Santa María Mayor en Vicofaro. Todos los espacios están cubiertos: Colchones por el suelo en una extensión ininterrumpida, literas, y por doquier un revoltijo de ropa, mochilas y zapatos de los extranjeros. Don Biancalani ha permitido a los inmigrantes ocupar toda la iglesia, la nueva y una vieja adyacente, el salón parroquial, los pasillos e incluso el piso en el que hasta ahora vivía el párroco solo. Ahora, según cuenta Repubblica, el sacerdote comparte todo el espacio con quien llame a su puerta, convirtiéndose en uno de los curas más conocidos de Italia.

El barrio protesta

Don Massimo afirma que «mucha gente ha comprendido que no se debe tener miedo de los inmigrantes; nunca hemos tenido problemas de seguridad». No lo deben pensar así muchos parroquianos, que hace una semana recogieron firmas y enviaron un escrito al ayuntamiento, la comisaría y el obispado, explicando que se hace imposible vivir en el barrio, a causa de una serie de graves problemas surgidos con los inmigrantes.

Don Massimo Biancalani admite que su comunidad parroquial se ha reducido drásticamente: «Estamos aislados en nuestro territorio. Esta es la parroquia más grande de la ciudad, con 7.000 fieles, pero muchos nos han abandonado. En este año, en la catequesis hemos pasado de 120 niños a 20. Pero hemos ganado laicos que vienen a practicar el Evangelio: Tuve hambre y me disteis de comer… era extranjero y me habéis acogido».

Vida cotidiana

Entre los inmigrantes que pernoctan en la iglesia está Diba, 19 años, de Senegal, que cuenta así su dramática historia: «Era un niño de que vivía en la calle, abandonado por la familia, crecido con amigos y con ellos partí: Niger, Libia y después Italia. Llegué a los 14 años. Al principio fui acogido en una comunidad para menores. Después, viví en la calle. Algunos amigos me dijeron que viniera aquí y don Massimo me ha acogido. Me levanto cada mañana a las 4.30, cojo un tren y voy a Prato para trabajar en la limpieza durante dos horas en una multisala, después vuelvo aquí. Por la tarde cojo otro tren y voy a Florencia para trabajar como repartidor en Glovo. Al final de mes gano unos 300-400 euros». En la parroquia vive también Colmar, que pasó un año y 4 meses en prisión acusado de ser traficante de seres humanos, pero después fue absuelto y ahora ya no puede hacer petición de asilo.

Llamamiento del Papa

La iglesia transformada en centro de acogida funciona como un modelo de autogestión. «No se come en mesa comunitaria. Hay frigoríficos en diversas partes, dos cocinas que funcionan las 24 horas del día, y ocho baños químicos portátiles. Se sale adelante con donaciones, ofertas, recogida de alimentos, la generosidad de algunas asociaciones y una muy pequeña contribución de los inmigrantes que trabajan. A menudo surgen problemas. «Nos han cortado el gas porque no hemos pagado un recibo de 4.000 euros. Lo pagaré con mis ahorros de profesor de religión», afirma don Massimo Biancalani. «Yo solo he respondido al llamamiento que el Papa lanzó en el 2016 cuando invitó a los sacerdotes a abrir las iglesias a esta gente. Por desgracia, su llamamiento cayó en el vacío», asegura don Massimo.

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