Dorian es un racista desatado por Trump

Demostrar que uno no es racista es como si un acusado tuviera que probar que es inocente de cualquier delito del que se le acuse.

El huracán Dorian se ha convertido en un monstruo con una capacidad destructiva superior a la del fatídico huracán Andrew que sembró muerte y desolación en el sur de la Florida en el mes de agosto de 1992. Con máximos vientos de 174 millas por hora, Andrew causó la muerte a 65 personas y destruyó propiedades por valor de 27,000 millones de dólares. Con vientos sostenidos de 185 millas por hora y ráfagas de hasta 220 millas, Dorian ha alcanzado la categoría 5 en la escala de Saffir–Simpson. Este monstruo de fenómeno atmosférico se ha ensañado con las Islas Bahamas, destino turístico de personas de todas las razas pero habitadas mayoritariamente por personas de raza negra.

En otros tiempos, nadie habría acusado a Bill Clinton, George W. Bush o, mucho menos, a Barack Obama, de ser responsable de esta deplorable tragedia. Pero, en el caso de Donald Trump, todo se vale y sus enemigos están tan cegados por el odio que no conocen ni respetan los límites de la cordura, de la decencia o hasta del ridículo. Los delitos que se le imputan a Trump podrían llenar un diccionario de la maldad o un código de derecho penal.

En menos de tres años, Trump ha sido acusado de identificación con los llamados “supremacistas blancos“, dilapidación de fondos públicos, tráfico de influencias, enriquecimiento personal, traición a la patria, ocultación de información y violación de reglas éticas. Pero cada vez que el presidente ha sido exonerado, como en el caso de la exhaustiva investigación conducida por Robert Mueller, sus enemigos le inventan nuevos delitos. Ahora la prensa al servicio de la izquierda lo acusa de haber incurrido en conducta inapropiada contra 17 mujeres, incluyendo alegaciones de hostigamiento sexual. Lo curioso es que ninguna de ellas formuló estas alegaciones durante la campaña presidencial y ninguna dijo haber sido violada por el presidente. Un caso muy diferente a las probadas acusaciones de violación contra Bill Clinton. Trump compró los servicios de estas damas con dinero mientras Clinton satisfizo sus aberraciones sexuales por medio de la fuerza. Juzgue usted quién es el “Don Juan” y quién es el delincuente.

Pero la acusación más difícil de rebatir por el presidente es la de racista porque el racismo es un sentimiento que reside en la mente y en el corazón de una persona. Un intangible que los acusadores afirman que existe sin mostrarlo y que el acusado no puede probar que no existe. Algo así como probar un negativo. Demostrar que uno no es racista es como si un acusado tuviera que probar que es inocente de cualquier delito del que se le acuse. Por eso existe la presunción de inocencia ante cualquier tribunal y la obligación del fiscal de probar la culpabilidad del acusado.

Pero nada de esto es obstáculo para demagogos y maledicentes como la mayoría de los aspirantes a presidentes por el Partido Demócrata. Gentes como Elizabeth Warren y Beto O’Rourke se han enfrascado en ejercicios semánticos sobre el nivel de racismo de Donald Trump; mientras el viejo baboso de Joe Biden se anda por la tangente.

Ninguno tiene en cuenta que el diccionario Webster define el racismo como: “la convicción de la superioridad de una raza sobre la otra”. Ni ellos, ni ustedes ni yo podemos afirmar a cabalidad si Trump es o no racista pero si tenemos pruebas de que durante sus varias décadas como empresario y joven de vida alegre en Nueva York estuvo rodeado de líderes negros como Jesse Jackson, Al Sharpton y hasta Oprah Winfrey. Ninguno de ellos lo acusó entonces de racismo. Ahora lo acusan por motivos políticos.

Algunos de ustedes se preguntarán por qué motivo yo he relacionado los temas de racismo y pureza del medio ambiente. Respuesta. Cuando Trump decidió dar de baja a los Estados Unidos del inútil Acuerdo Climático de Paris la izquierda demócrata cayó en un estado de histeria. A continuación descargaron su rabia en el llamado Nuevo Trato Verde que vaticina una destrucción del globo terráqueo en un plazo de 12 años.

Una imberbe e ignorante en cuestiones climáticas como Alexandria Ocasio-Cortéz ha determinado la agenda de la totalidad de los candidatos demócratas a la presidencia. Para ellos, el huracán Trump que está azotando a Washington es mayor motivo de preocupación que el huracán Dorian que ha castigado sin piedad a las Bahamas y se acerca a las costa norteamericanas.

Por otra parte, la animosidad contra Donald Trump ha alcanzado niveles internacionales. Muchos líderes extranjeros, no le perdonan que ponga los intereses de los Estados Unidos por encima de un globalismo que ha drenado las arcas de los Estados Unidos.

Por ejemplo, la ex Primera Ministra de Canadá, Kim Campbell, formuló una demencial declaración afirmando que deseaba que Dorian pasara por Mar a Lago!” y se llevara a Donald Trump. La alcaldesa comunista de San Juan, Carmen Yulin Cruz, en concordancia con sus amigos comunistas cubanos, ha acusado al presidente Trump de genocida que odia a los puertorriqueños.

Sin embargo, este hombre acusado de racismo ha enviado 41,000 millones de dólares a Puerto Rico para labores de reconstrucción después del huracán María. También ha sido Donald Trump el presidente que ha hecho más por los negros norteamericanos que el falso Mesías de Barack Obama y todos sus antecesores en la Casa Blanca. Ha sido precisamente el “racista” Donald Trump quien ha logrado imprimir un sentido de compasión y esperanza a muchos negros norteamericanos que cumplen sentencias de cárcel. Se estiman que 53,000 presos entre los 180,000 reclusos negros podrán ver reducidas sus sentencias de privación de libertad.

La conclusión lamentable es que, independientemente de lo que haga Donald Trump en beneficio de los Estados Unidos, sus méritos jamás serán reconocidos por sus enemigos. En su obsesión por destruirlo son capaces de llegar al extremo inverosímil de acusarlo de causar fenómenos naturales como los huracanes, incluyendo desde luego a este monstruo de Dorian.

Alfredo M. Cepero – La Nueva Nación