Por qué cientos de soldados venezolanos desertaron de la ‘narcodictadura’ de Maduro

Algunos desertores debaten sobre sus próximos pasos fuera del Hotel, en Cúcuta, Colombia, el 3 de mayo. (Luke Taylor/La Gran Época)

CÚCUTA, Colombia – De pie frente a un hotel barato, mientras cae la noche en el húmedo y congestionado centro de la ciudad de Cúcuta, Jefferson Del Río reflexiona sobre lo que lo llevó a vivir en una ciudad fronteriza colombiana, lejos de su familia, y a dejar la Guardia Nacional de Venezuela después de 13 años de leal servicio.

Arriesgando su propia seguridad y la de su esposa –“el amor de mi vida”, dijo–, así como la de su hija de 1 año y sus otros dos hijos, el hombre de 34 años admite que la decisión de desertar no fue fácil, pero que no le quedaban otras opciones.

“Tenía que hacer lo que tenía que hacer”, dijo el exsargento, lamentando la distancia entre él y sus hijos pequeños. “Era hora de ponerme en el lado correcto de la historia”.

Vestido de ropa civil casual con una camiseta y jeans, Del Río es uno de los cientos de jóvenes que dejaron todo atrás para responder al llamado de la oposición venezolana a abandonar la dictadura en un esfuerzo por derrocar al ilegítimo dictador Nicolás Maduro.

Jefferson Del Río, exintegrante de la Guardia Nacional de Venezuela, en Cúcuta, el 3 de mayo de 2019. (Luke Taylor/La Gran Época)

Disminuye el apoyo

En el pasado, ponerse el uniforme lo enorgullecía a él y a sus hijos, dijo Del Río, pero en los últimos años, su ropa de fajina verde comenzó a avergonzarlo. A medida que se intensificaba la rápida destrucción de Venezuela, ya no podía apoyar más al “narcodictador” Maduro, a quien considera responsable del colapso del país caribeño y quien continúa concentrando el poder de manera ilegítima.

En los últimos meses el asediado líder ha enfrentado una fuerte oposición pública y política con constantes protestas a gran escala, pero sigue aferrado al poder gracias al apoyo militar.

“Vi a familias que protestaban pacíficamente siendo atacadas y a veces asesinadas. (…) No puedo apoyar eso, es una vergüenza”, dijo Del Río, consternado por las duras tácticas que han llegado a caracterizar a las fuerzas de seguridad a la hora de actuar ante protestas pacíficas.

Como miembro de la Guardia Nacional, se esperaba que Del Río ejerciera la violencia para disolver las manifestaciones. Las protestas se han vuelto cada vez más comunes en Caracas desde que el líder de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, fue declarado presidente interino el 23 de enero. Guaidó –reconocido por más de 50 países como presidente legítimo– cuestiona la reelección de Maduro, que fue considerada fraudulenta.

Al igual que muchos de los más de 1500 ex soldados y oficiales de seguridad venezolanos que desertaron desde que Maduro bloqueó la entrada de ayuda humanitaria al país caribeño el 23 de febrero, Del Río dijo que recibir órdenes de generales “corruptos” que apoyan a un “régimen narco” financiado por el narcotráfico se volvió insufrible.

Si bien teme que su familia pueda ser blanco de violentos ataques por parte del régimen como represalia por su deserción, ya no podía seguir apoyando al régimen ni cumplir órdenes moralmente condenables, como la de atacar a los ciudadanos.

Corrupción y miedo

Del Río dijo que la corrupción penetró tan profundamente en las fuerzas armadas que, en una ocasión, los soldados no tenían dónde dormir, ya que sus camas fueron entregadas a los integrantes de los ‘colectivos’ –grupos paramilitares a favor del gobierno que según él tienen el apoyo del Ejército.

El exsargento Frank Rengifo, de 31 años, también dejó a su familia atrás, cuando cruzó la frontera el 9 de marzo. Él cree que los colectivos se convirtieron en las verdaderas fuerzas de seguridad en el país.

“Nosotros somos las fuerzas armadas, pero ellos están a cargo”, dijo, tras haber visto a los grupos traficar drogas y robar alimentos a familias hambrientas en la frontera venezolano-colombiana con total impunidad. “Fui testigo de cómo los colectivos maltrataban a la gente y nuestros jefes nos decían que no los tocáramos”.

Varios ex soldados y funcionarios de seguridad dijeron a La Gran Época que en las filas de las fuerzas armadas en los últimos años ingresaron criminales e integrantes de los colectivos, que no tienen el entrenamiento ni la ética necesaria para cumplir con ese rol.

Rengifo dijo que lamentó cumplir órdenes que “no debería”, como robar bienes o detener a personas por delitos inventados. Ser visto con su uniforme en las calles se convirtió en algo humillante y “vergonzoso”.

Frank Rengifo, en Cúcuta, Colombia, el 5 de mayo de 2019. (Luke Taylor/La Gran Época)

El exsoldado alega que cientos de personas fueron encarceladas de manera injustificada solo en Casigua-El Cubo, un pequeño pueblo que patrullaba y que se encuentra en la porosa frontera de Venezuela con Colombia. Mientras tanto, los delincuentes quedaban en libertad debido a sus vínculos con el régimen.

“Fue allí que me di cuenta de que todo lo que hacíamos era hacer sufrir a la gente”, dijo Rengifo.

Varios exsoldados dijeron a La Gran Época que la mayoría de los soldados comunes están en contra de tales acciones, pero que los mantienen a raya por miedo a represalias violentas contra ellos o sus familias.

Creen que la mayoría de los soldados de bajo rango abandonaría rápidamente a Maduro y desertaría para pasarse a la oposición en caso de que se lanzara una invasión, pero por ahora el miedo hace que solo los más audaces se separen.

“Cualquiera que diga que no teme a las repercusiones no tiene corazón”, dijo Rengifo, quien cree que las casas de las familias de varios de sus camaradas fueron destruidas e incendiadas desde que rompieron filas y huyeron a la vecina Colombia.

Esperanza y lucha

Aquellos que sí lo hicieron, a pesar de esos temores, ahora luchan para llegar a fin de mes y juntar unos pocos dólares a la semana para enviar a casa y comprar lo básico para sus hijos, como los pañales.

Esperaban formar una fuerza de invasión dirigida por Guaidó para sacar a Maduro del poder, pero como esa llamada nunca llegó, ahora están decepcionados, desilusionados y ociosos, viviendo de los mínimos beneficios del gobierno colombiano, que pronto serán eliminados. Sin embargo, fueron las condiciones insostenibles en su lugar natal las que obligaron a algunos a dar un salto de fe.

Nikol Páez en Cúcuta, Columbia, el 3 de mayo de 2019. (Luke Taylor/La Gran Epoca)

“No quería dejar a mi familia, son mi vida, pero ya no podíamos sobrevivir en Venezuela”, dijo el exsargento Nikol Páez, de 23 años de edad.

Páez abandonó su unidad militar para cruzar la frontera el día en que Maduro bloqueó la entrada de ayuda al país mientras su familia se quedaba sin comida y medicinas. La grave escasez de alimentos básicos y medicamentos persiste en Venezuela, con 4 millones de personas que huyeron de la crisis, según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Maduro niega la existencia de una crisis humanitaria.

Si bien los sueños de los desertores de ser quienes recuperen su país se va extinguiendo con el paso de los meses, también tienen poca esperanza en las negociaciones políticas –la última ronda entre los bandos de Maduro y Guiadó en Oslo, Noruega, terminó sin un acuerdo.

Muchos lamentan que sea la única opción actual, ya que consideran a la violencia como la única salida para sí mismos, sus familias y sus compatriotas, que siguen sufriendo a manos de una dictadura militar.

“Guiadó lo intentó diplomáticamente, y lo felicito por ello, pero el régimen es sucio, no juega limpio. Lo único que funcionará es la confrontación cara a cara”, dijo Del Río. “El régimen tiene que ser detenido”.

Luke Taylor – Especial para La Gran Época