Dialogar con los tiranos es legitimarlos

El dictador y tirano de Venezuela, Nicolás Maduro

“Clava, con furia de mano esclava, sobre su oprobio al tirano”, José Martí.

Nadie en su sano juicio puede celebrar la guerra, venerar la sangre o exaltar la muerte. Son recursos de gente primitiva o sociedades atrasadas a los que no se supone que recurramos personas civilizadas. Pero cuando la fuerza determina las reglas de la convivencia, la opresión asfixia a la libertad, y la violencia se utiliza como arma para obligar al acatamiento no queda otro recurso hacer la guerra. La “guerra necesaria” que predicó el temperamento sensible y el espíritu sublime de José Martí.

Esas fueron las condiciones por las cuales se vieron obligados a la guerra Bolívar, Martí, San Martin, Artigas, Washington y Juárez. Precisamente las mismas condiciones en que se encuentran en estos momentos los pueblos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Para estos pueblos, en que la alternativa es entre la guerra y la esclavitud, la guerra se ha convertido en la opción inevitable.

Por eso me han sorprendido las noticias sobre unas supuestas negociaciones secretas entre la tiranía madurista y la oposición venezolana en la lejana y gélida Noruega. Y mi sorpresa alcanza niveles de consternación cuando me llegan noticias de que dichas negociaciones cuentan con el aval de Juan Guaidó y de Leopoldo López.

Estos dos hombres son la personificación de la Venezuela heroica que en los últimos cinco años ha optado por la inmolación antes que la sumisión y rubricado con sangre su compromiso con la libertad. Ellos son la esperanza de una Venezuela libre de la actual tiranía y exenta de las viejas lacras que condujeron a esta pesadilla. Aunque no cuento con datos fidedignos se me antoja pensar que estas negociaciones han sido forzadas por la mano de algunos viejos políticos que forman parte de la actual Asamblea Nacional que preside Juan Guaidó.

Por otra parte, es en gran medida comprensible que muchos de los manifestantes que han puestos sus pechos para parar las balas se sientan frustrados ante el fracaso de las últimas iniciativas para derrocar a la tiranía. Pero la solución no es el diálogo sino la rebeldía popular. Tampoco lo son unos militares corruptos que se comprometieron con Washington para forzar una salida del tirano y después faltaron a su palabra.

En una entrevista con la Agencia Efe, el encargado especial de EE.UU. para la crisis de Venezuela, Elliot Abrams, dijo que altos cargos del chavismo que supuestamente estaban negociando con la oposición “apagaron sus teléfonos celulares”. Y el asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, John Bolton, llegó más lejos al afirmar que Maduro vive ahora “en una jaula de escorpiones“.

De lo que no puede haber dudas es que esos escorpiones son los esbirros cubanos que ostentan el verdadero poder en Venezuela. Por su parte, los militares venezolanos están inmovilizados por un miedo que proviene de dos frentes. Por un lado, tienen intervenidos los teléfonos, correos electrónicos y redes sociales, además de la vigilancia personal. Por el otro, temen que les cierren las cuentas en el país norteamericano y que sus familias no puedan salir del país. “Es un infierno“, confesó uno de ellos que pidió el anonimato.

Todo esto indica que el pueblo venezolano ya no puede poner sus esperanzas en una sublevación de sus fuerzas armadas. Mucho menos en la buena voluntad de unos déspotas que han hecho de Venezuela su finca privada. Después de veinte años de elecciones fraudulentas, recursos revocatorios inútiles y negociaciones falsas ha quedado demostrado que a los venezolanos no les queda otra alternativa que una intervención militar internacional.

Juan Guaidó, el presidente reconocido por 50 naciones del mundo y un hombre de expediente limpio tiene que ignorar las objeciones de los politiqueros en la Asamblea Nacional y pedir esa intervención aunque le cueste el cargo. Sus enemigos políticos lo van a atacar, pero el juicio de la historia lo habrá de exonerar.

Porque Venezuela es hoy una tierra calcinada por la ocupación extranjera, la rapacidad de sus gobernantes y la traición de muchos de sus hijos. Todos han contribuido al despojo de sus ciudadanos y a la devastación de sus riquezas. Según las Naciones Unidas, entre 2014 y 2018, tres millones de venezolanos se vieron forzados a abandonar a su patria. Un pueblo que nunca había emigrado se ha visto condenado a una condición de mendicidad. Juan Guaidó tiene en su poder restaurar su antigua grandeza. Y si grande es el obstáculo más grande será la recompensa.

Creo oportuno, por otra parte, dejar bien claro que cuando me refiero a la situación venezolana no estoy sentando cátedra sino compartiendo experiencias. Los cubanos hemos tenido nuestra buena dosis de fracasos en el proceso de liberar a nuestra patria de las pesadillas del comunismo y de la tiranía. Como los venezolanos ahora hemos tomado muchas veces el camino equivocado del diálogo. Y como ellos seguimos esclavizados.

Por mi parte, perdonando la falta de modestia, siempre he condenado todo dialogo con tiranos. En el mes de abril, en un artículo que titulé “Sin guerra se pierde Venezuela”, dije: “De ahí que, en estos momentos, la oposición venezolana confronte una disyuntiva ineludible entre la esclavitud y la libertad. La esclavitud de la intervención militar castrista y la libertad a través de una intervención armada internacional. En ambas están presentes las armas y las balas. El tiempo apremia porque las esperas benefician a los dictadores.” No hay que ser un genio sino conocer la historia y usar el sentido común para saber que en el dialogo entre las balas y las palabras ganan siempre las balas.

Por eso hace varios años, en un artículo titulado “El oprobio de negociar con tiranos”, les dije a mis compatriotas: “Los tiranos interpretan la tolerancia como debilidad y las concesiones como apaciguamiento. La claudicación de Chamberlain en el Munich de 1938 envalentonó a Hitler para invadir a Checoslovaquia y la fascinación de la izquierda norteamericana con el abuelito Stalin, con las consiguientes capitulaciones en Yalta y en Potsdam, le confirmaron al carnicero estepario que tendría luz verde para tragarse a media Europa. Y se la tragó en 1945″. Cualquier diálogo con los Castro, los Maduro y los Ortega es legitimar sus regímenes y exponeros a que esta historia se repita en América.

Alfredo M. Cepero – La Nuena Nación