TRUMP: UNA RETIRADA ESTRATÉGICA

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

“Algunas veces, perdiendo una batalla, encuentras la forma de ganar la guerra”, Donald J. Trump

La decisión de Trump de firmar una legislación restaurando las operaciones del gobierno federal sin que le adjudicaran un solo centavo para la construcción de un muro en la frontera con México desató un gigantesco tsunami político. Como era de esperar, la pareja obstruccionista de Chuck y Nancy cantó victoria a los cuatro vientos y ahora se preparan para seguir administrándole la misma medicina al odiado Donald por los próximos dos años. En el otro extremo del arcoíris político, periodistas conservadores como Ann Coulter acusaron al presidente de rendirse ante sus adversarios y de violar la promesa del muro que hizo a sus partidarios en la campaña electoral de 2016.

Según están las cosas, Donald Trump está siendo objeto de un fuego cruzado de la izquierda vitriólica y de la derecha recalcitrante. Pero eso no es nada nuevo para un pragmático acostumbrado a negociar sin lentes ideológicos que obstruyan el camino hacia el entendimiento entre los extremos. Yo digo que, cuando te atacan los dos extremos, debes de estar haciendo algo correcto para mantenerte en el centro que beneficie los intereses de las mayorías. La misma mayoría silenciosa que entendió su mensaje populista y nacionalista de “América First” y sorprendió a encuestadores y politólogos prejuiciados poniéndolo en la Casa Blanca.

Resumiendo el estado actual del proceso, el acuerdo del presidente con los demócratas estipula que una comisión conjunta del Senado y de la Cámara asigne fondos para el Departamento de Seguridad Interna y de seguridad en la frontera antes del próximo 15 de febrero. Trump, por su parte, ha advertido que está preparado a declarar un estado de emergencia nacional si no recibe fondos para construir una barrera de 230 millas a lo largo de la frontera sur. Este es el mismo mensaje emitido por el Jefe de Personal de la Casa Blanca, Mick Mulvaney, durante su comparecencia el domingo pasado en varios programas televisivos.

A pesar de sus esfuerzos por una solución negociada el presidente no se siente optimista en cuanto a la colaboración por parte de los demócratas. Esta no sería la primera vez que los defensores de fronteras abiertas logren amnistías sin cumplir su promesa de eliminación de la inmigración ilegal. Me viene a la mente el engaño que condujo a la amnistía de Ronald Reagan en 1986. En una entrevista reciente con The Wall Street Journal, Trump declaró: “Personalmente pienso que, aunque hay un grupo de gente buena trabajando, existen menos del 50 por ciento de probabilidades de que lleguemos a un entendimiento”.

Por eso ha dado instrucciones al equipo legal de la Casa Blanca que se prepare a demostrar que existe una verdadera emergencia nacional en la frontera con México. Asimismo ha instruido al Pentágono que identifique fondos dentro de su gigantesco presupuesto que puedan ser destinados a la construcción del muro. Fuentes dentro de ese departamento han dicho que Trump podría ordenar al Cuerpo de Ingenieros del Ejército que comience los trabajos en cualquier momento.

Pero, antes de tomar este camino drástico, Trump ha decidido preparar el terreno. Siguiendo sugerencias del republicano Lindsey Graham y de algunos demócratas moderados en el Senado, ha decidido abrir nuevamente las operaciones del gobierno y otorgar este plazo de tres semanas hasta el 15 de febrero para obtener una solución negociada. Con ello, ha separado dos temas contenciosos como las operaciones gubernamentales y la construcción del muro en la frontera. Una vez abiertas las operaciones del gobierno, los demócratas pierden su pretexto más sólido para seguir obstruyendo la construcción del muro. Trump sabe que nunca logrará el apoyo de Nancy Pelosi pero se propone mostrarla en toda su naturaleza partidista y recalcitrante ante la opinión pública norteamericana.

Preparado el terreno, Trump declarará una emergencia nacional para neutralizar el obstruccionismo demócrata y procederá con las labores para construir el muro. Una medida que lanzará a los demócratas al paroxismo y pondrá el conflicto en manos del Poder Judicial. Tomando el camino que les ha resultado más exitoso, sus adversarios presentarán una “injunction” (requerimiento) ante los jueces de la Novena Corte de Circuito en California, inundada de zurdos nombrados por Barack Obama. Aquí es casi seguro que Trump perderá esta instancia, pero le quedara el recurso de apelar al Tribunal Supremo. Un Tribunal Supremo con mayoría conservadora donde sus nombramientos de los magistrados Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh le otorgan altas probabilidades de resultar victorioso.

Supongamos, por otra parte, la escasa probabilidad de que el Tribunal Supremo declare en su contra. Trump habrá perdido la batalla pero no la guerra. Su retirada estratégica habrá despojado a sus adversarios de un argumento tangible como el cierre del gobierno y los revelará como los verdaderos obstruccionistas al imperio de la ley y a la seguridad nacional. Su renuencia a darse por vencido le habrá ratificado al apoyo de su base política y ganado la simpatía de muchos votantes independientes.

Luego, la alegría de los demócratas podría resultar de corta duración. Sobre todo si continúan su carrera vertiginosa hacia una izquierda donde predominan gente como Bernie Sanders,Kamala Harris y Elizabeth Warren, todos ellos representantes de una izquierda que se da la mano con el socialismo. Los extremos nunca funcionan en un país donde la mayoría vota por candidatos centristas. La historia los condenaría a la derrota. Por ejemplo, en 1972, la izquierda demócrata postuló a un George McGovern que fue pulverizando por Richard Nixon. Los republicanos aprendieron su lección cuando en 1964 postularon al extremista de derecha Barry Goldwater frente a un Lyndon Johnson que resultó reelecto.

Por otra parte, los demócratas apuntan a que el 42 por ciento de aprobación de Donald Trump es un síntoma de debilidad para las próximas presidenciales de 2020. A estos señores les digo que ese era el mismo nivel de aprobación que le atribuían las encuestas a Donald Trump cuando derrotó a Hillary Clinton en 2016. Además, los presidentes son electos por el pueblo, no por los encuestadores.

Otro factor a considerar es que las elecciones tienen lugar entre adversarios reales, no percepciones públicas. A pesar de todas las mentiras y parcializaciones de la prensa, los electores tienden a escoger entre el menor de dos males, no su ideal del candidato perfecto. Independientemente de su simpatía o antipatía hacia Donald Trump, millones de ciudadanos piensan que el presidente es el único muro que se interpone entre ellos y el socialismo, el caos social y la desintegración cultural que traería consigo un presidente de la izquierda demócrata.

Alfredo M Cepero – La Nueva Nación