¿Made in China 2025? Olvídalo, China está desesperada por llegar a un acuerdo comercial

El mandatario chino Xi Jinping saluda a la prensa mientras camina con el presidente de Estados Unidos Donald Trump en la finca Mar-a-Lago en West Palm Beach, Florida, el 7 de abril de 2017. (Jim Watson/AFP/Getty Images)

Análisis

Hace dos años, Beijing volaba alto y estaba en camino a dominar el mundo. O eso pensaba.

Claro, el nuevo presidente electo de Estados Unidos había hablado en términos duros sobre el comercio, pero también lo habían hecho otros presidentes en el pasado. Beijing estaba seguro de que este novato político –este capitalista– sería fácilmente puesto en su lugar.

Al igual que el presidente Barack Obama antes que él, los funcionarios chinos pensaron que el presidente Donald Trump cedería rápidamente bajo la presión de Wall Street, “K” Street y los medios de comunicación tan pronto como asumiera el cargo. Ellos se asegurarían de que su amenaza de aranceles nunca se concretara. Después de todo, habían aprendido durante el último cuarto de siglo lo fácil que era manipular el sistema político estadounidense a su favor.

Entre ellos, los altos líderes de China se refieren despectivamente a nuestra forma de gobierno como la “democracia de las bolsas de dinero”. Ellos, en cambio, prefieren las balas a las boletas electorales.

Si Hillary Clinton hubiera ganado, la estrategia de las bolsas de dinero podría haber funcionado. ¿Quién sabe qué concesiones podría haber hecho ella en el comercio una vez que los empresarios chinos vinculados con Beijing comenzaran a depositar grandes cantidades de dinero en su fundación favorita?

Para evitar los aranceles de Trump, China, al principio, pensó en adoptar una estrategia similar.

Una empresa china con estrechos vínculos con la élite gobernante ofreció “invertir” 400 millones de dólares en la firma inmobiliaria del yerno del entonces presidente electo. Beijing debe haberse sorprendido cuando la oferta fue rechazada de plano.

Beijing vislumbró otra posibilidad cuando el líder norcoreano “Hombrecito cohete” empezó a crear problemas en la península coreana. Se apresuraron con una oferta para mediar, obviamente con la esperanza de ganar el favor –o al menos ganar tiempo– con el nuevo presidente sobre asuntos de comercio. En cambio, Trump se reunió directamente con Kim Jong Un en Singapur y los misiles dejaron de volar.

Sin embargo, el régimen en Beijing apenas estaba empezando, y movilizó a miles de lobistas no remunerados para pararse en cada esquina de Washington entonando el mantra del “libre comercio”. Pero a medida que los productos baratos y subsidiados hechos en China continuaban inundando los Estados Unidos, Trump se mantuvo enfocado en la cuestión principal.

Los líderes de China también buscaron la ayuda de sus buenos amigos de Wall Street, que hicieron miles de millones de dólares al servicio de sus inversiones. Uno de ellos incluso se convirtió en el principal asesor económico del presidente, y aconsejó a su jefe con firmeza en contra de los aranceles. Trump no solo siguió adelante con la primera ronda de tarifas, sino que también prometió que vendrían más, a menos que China cambiara sus métodos.

A medida que se acercaban las elecciones de medio periodo de noviembre, las negociaciones comerciales se estancaron. Pero en lugar de echarse atrás, el emperador rojo Xi Jinping decidió redoblar la apuesta. Como el soborno y el tráfico de influencias no habían funcionado, era hora de administrar, de segunda mano, una buena y vieja paliza electoral a su adversario estadounidense. Le enseñaría a Trump una lección al debilitar su base política.

A los asesores de Xi se les ocurrió la idea de imponer aranceles dirigidos a los estados Trumpianos. Mientras que nuestra ronda inicial de aranceles sobre China fue punitiva –impuesta como castigo a empresas específicas culpables de estafar a la tecnología estadounidense–, la de China fue abiertamente política. Estuvieron dirigidos a productos de estados como Iowa, donde el apoyo a Trump era fuerte.

Los aranceles de Beijing eran, en otras palabras, un impuesto a los partidarios políticos de Trump con la intención deliberada de influenciar la forma en que votarían en las próximas elecciones. Como tal, fue un ataque directo y descarado a la democracia estadounidense por parte de una potencia extranjera.

Tomemos el arancel de la soja, por ejemplo. Beijing esperaba influenciar contra Trump a los agricultores de inclinación republicana, para hacerlo perder escaños de su partido en el Congreso y debilitar su determinación. Pero resulta que los campesinos americanos son más duros que eso. La táctica de la soja no funcionó. En los 15 principales distritos electorales productores de soja de Estados Unidos, los republicanos no perdieron ni un solo escaño.

En todo caso, la flagrante interferencia de China en nuestras elecciones fortaleció la determinación del presidente, especialmente cuando quedó claro que sus acciones iban mucho más allá de los aranceles políticos.

Por ejemplo, a medida que se acercaban las elecciones, se difundió propaganda anti-aranceles y anti-Trump desde las estaciones de radio y televisión de propiedad china en los EE.UU. La administración Trump tomó represalias diciéndoles que se registraran como agentes extranjeros.

Incluso aparecieron insertos publicitarios pagados en periódicos estadounidenses, como el Des Moines Register, que atacaron la política comercial del presidente. Uno de los regímenes más dictatoriales del mundo estaba socavando nuestra democracia al abusar de una de nuestras libertades más preciadas: la libertad de prensa.

En conjunto, el intento de China de interferir en nuestras elecciones resultó ser un gran error. Beijing vació su bolsa de trucos sucios y solo logró llamar la atención sobre sí mismo.

Políticamente, Trump salió de las elecciones de medio periodo en una posición política más fuerte que nunca, al menos en el asunto de China. Incluso el senador Chuck Schumer (demócrata de Nueva York) y la representante Nancy Pelosi (demócrata de California) apoyan ahora la postura dura contra China.

En cuanto a la determinación del presidente, nunca estuvo en duda. ¿Alguien duda de que, a menos que China ponga fin a sus prácticas comerciales depredadoras y compre más productos estadounidenses, habrá más aranceles en enero?

Mientras que la economía estadounidense sobrellevó fácilmente la “guerra arancelaria”, no se puede decir lo mismo de China.

La confianza del consumidor chino bajó, la moneda se está debilitando, las quiebras se están extendiendo por todo el país asiático. El mercado de valores está cayendo y las empresas están saliendo de China. Como informó La Gran Época, los proveedores de Apple Inc. ya están trasladando la producción a zonas más amigables y libres de aranceles como la India, Vietnam, México y Filipinas.

Una vez que esas empresas se trasladan a países con menos corrupción y generalmente salarios más bajos, ya no regresan. A medida que la economía china continúa desacelerándose, el país se enfrenta a un peligro real de caer en recesión.

No hace mucho tiempo que Xi Jinping se jactaba de que su país iba a “dominar el mundo de la alta tecnología para 2025”. Ahora, como reveló Trump durante la conferencia de prensa de la semana pasada, Beijing se ofreció a congelar el tan alardeado plan “China 2025”.

En cambio, altos funcionarios chinos, en un esfuerzo desesperado por reforzar la confianza empresarial, insisten a cualquiera que los escuche que “China no es Turquía”.

De ‘China como Nº 1’, a ‘China no es Turquía’ en menos de dos años es un trabajo rápido, incluso para Trump.

Por fin, por primera vez, China puso sobre la mesa una oferta por escrito.

En la cumbre del G-20 en Buenos Aires el 30 de noviembre, Trump y Xi se reunirán de nuevo para hablar de comercio. Con inminentes gravámenes del 25 por ciento en enero, el mandatario de China se enfrenta a una dura elección: comerciar de manera justa con Estados Unidos o sufrir aranceles agobiantes.

Steven W. Mosher es presidente del Instituto de Investigación de la Población y una autoridad internacionalmente reconocida sobre China. Es autor del “Matón de Asia: Por qué el sueño de China es la nueva amenaza para el orden mundial”. También es autor de numerosos libros sobre China, entre ellos “Tierra quebrada: Los chinos rurales”, “El calvario de una madre: La lucha de la mujer contra la política de un solo hijo en China”, y “Hegemonía: El plan de China para dominar Asia y el mundo”, así como varios volúmenes editados y cientos de artículos académicos, editoriales y de opinión.