Israel: el desgraciado y dañino legado de Obama.

A lo largo de estos ocho años, los demócratas han hecho creer que Barack Obama es un firme y entusiasta defensor del Estado judío. Los argumentos en contrario han sido no sólo desechados sino denunciados como producto nada menos que del sectarismo político. Los defensores de Obama han recurrido con frecuencia al tropo de que “Israel no debería ser una cuestión partidista”, como si los dichos y hechos del presidente estuvieran más allá del reproche. Un montón de líderes judíos han mostrado más lealtad a Obama que a la auténtica tradición no partidista en lo relacionado con Oriente Medio.

Todos eso se ha convertido en polvo tras la maniobra de Obama del pasado viernes, cuando permitió que en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas fuera aprobada una repugnante y lesiva resolución antiisraelí. Cuando sólo le quedan unas semanas en el cargo, no ha podido resistirse a la oportunidad de volver a abofetear a Israel y causarle auténtico daño. Ha dejado su legado israelí en ruinas, y aún peor a los demócratas.

Está bastante claro que no le importa. Obama ha ganado dos elecciones presidenciales, en la última de ellas por menos margen que en la primera (la única vez que un presidente de EEUU ha sido reelegido con menos votos que en su primera elección), pero ha devastado su partido. En la Cámara de Representantes, en el Senado, en las gobernadurías y las legislaturas estatales, los demócratas han sufrido derrota tras derrota. La acción antiisraelí del viernes dañará aún más al partido llevando a los judíos, si no a los republicanos, al menos a la neutralidad. La clara toma de postura de Donald Trump el jueves, en pro del veto, la ferviente demanda de Netanyahu en el mismo sentido y la maniobra egipcia para retrasar la votación dejaron en evidencia dónde se encuentra Obama: no con Israel, ni siquiera con Egipto, sino con los palestinos. Las demandas demócratas y republicanas en el Congreso en favor del veto fueron igualmente ignoradas por la Casa Blanca.

¿Importa esa resolución? Por supuesto. Su texto dice: “El establecimiento por parte de Israel de asentamientos en el territorio palestino ocupado desde 1967, Jerusalén Oriental incluida, no tiene validez legal y constituye una flagrante violación de la legalidad internacional”. Esto puede convertir a colonos –incluso los residentes en lugares como Maale Adumim, que todo el mundo sabe Israel conservará bajo cualquier acuerdo de paz– y funcionarios israelíes en criminales en algunos países, sujetos a persecución en ellos o en la Corte Penal Internacional. El texto exige que Israel cese “completa e inmediatamente todas las actividades de asentamiento en el territorio palestino ocupado, Jerusalén Oriental incluida”. Ahora añada esto a la línea anterior y significará que incluso la construcción en el Barrio Judío de la Ciudad Vieja es “una flagrante violación de la legalidad internacional”. La resolución también llama a “todos los Estados” a “distinguir, en sus negocios relevantes, entre el territorio del Estado de Israel y los territorios ocupados desde 1967”. Eso es una llamada al boicot de los productos del Golán, la Margen Occidental y de algunas zonas de Jerusalén, y un apoyo al movimiento de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS).

Barack Obama piensa que todo esto está bien y se negó a usar el veto la semana pasada.

Los asentamientos han sido una obsesión para Obama desde el 22 de enero de 2009, su segundo día en el cargo. Ese día nombró a George Mitchell su enviado especial para la paz, y adoptó la idea de que el conflicto israelo-palestino es la clave para la pacificación de toda la región y de que el congelamiento de la construcción en los asentamientos es la clave para la paz entre israelíes y palestinos. Pero incluso si crees todo eso –y, viendo cómo está Oriente Medio en estos momentos, nadie sensato lo cree–, permitir que esa resolución salga adelante va mucho más allá de la demanda de que se interrumpa la construcción en los asentamientos. Es un golpe contra Israel. La inclusión del lenguaje habitual que llama a “ambas partes” a mostrar “calma y contención” y a evitar la “incitación” y las “acciones provocativas” es basura para atraerse votos europeos, y quizá para atraer a Barack Obama. Pero, de hecho, no hay manera de que esta resolución haga avanzar la causa de la paz entre israelíes y palestinos.

Obama nos ha hecho un favor: ha puesto punto final a la larga discusión a propósito de su actitud hacia Israel. Ninguno de sus partidarios, ningún demócrata apologeta puede seguir ya diciendo lo mismo que venimos oyéndoles desde hace ocho años. Así, en 2012 Thomas Friedman escribió en el New York Times:

La única pregunta que me hago en lo relacionado con el presidente Obama e Israel es si es el presidente más proisraelí de la Historia o sólo uno de los más proisraelíes.

Lo siento, Tom, pero declaraciones así son ahora simplemente embarazosas. Durante ocho años, Obama ha hecho lo que ha podido para socavar al Gobierno democráticamente electo de Israel, impedido su actuación contra el programa de armas nucleares iraní y creado el mayor alejamiento posible entre EEUU e Israel. Cuando advino la crisis, el pasado jueves, Israel hubo de dirigirse a Egipto para posponer la votación en Naciones Unidas. Piense en ello: hoy hay más confianza entre Israel y Egipto que entre cualquiera de estos dos países y EEUU. He aquí el fruto de ocho años de política exterior de Obama. Los israelíes sólo podrían desear que los mandatos presidenciales norteamericanos fueran sólo unas semanas más cortos.

Obama, de hecho, ha ejercido su derecho de veto: ha vetado la clase de relaciones estrechas entre Israel y EEUU que Bill Clinton y George W. Bush cultivaron. La cuestión pendiente es si los líderes judíos y los políticos demócratas que se alinearon con Obama y lo defendieron durante ocho años dirán ahora la verdad.

Fuente: Revista El Medio