Trump, grande otra vez.

Trump lo ha vuelto a hacer: ha sorprendido a amigos y extraños con un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, suave en las formas, pero tremendamente duro en el contenido.

Yo no suelo ver en directo las alocuciones en la ONU esencialmente por dos razones: la primera, porque el mármol verde del estrado de la sala de la Asamblea es idéntico al gres de mi cuarto de baño, hecho que me da que pensar y resulta una enorme distracción; la segunda, porque los discursos de los mandatarios (más que dignatarios) suelen estar producidos por sus diplomáticos y además de aburridos, ya se sabe, un diplomático nunca dice lo que piensa y casi nunca hace lo que dice. De ahí que sea más que de agradecer que el discurso de Trump fuera “poco diplomático”.

La mayoría de los comentaristas anti-Trump quieren decir con ello que su tono fue agresivo y anormal para una sala acostumbrada a las zalamerías y a las palabras huecas; yo lo digo por su audacia de llamar al pan, pan y al vino, vino, reconocer los problemas esenciales del mundo, de la ONU y cómo solucionarlos.

Además, con su discurso Trump vino a zanjar, al menos de momento, la polémica sobre la influencia del ido Steve Bannon y su filosofía nacionalista y sus opuestos, internacionalistas de diverso pelaje, en la Casa Blanca. Las palabras de Trump fueron una extraordinaria mezcla de lo mejor de cada uno.

Así, para regocijo de los nacionalistas americanos, nativistas o no, su presidente vino a recordarnos a todos que no hay mejor unidad política en el mundo que el estado nación. Y que la característica esencial de la nación, es la soberanía y su libertad de acción. “El éxito de las Naciones Unidas –dijo- depende de las fortaleza independiente de sus miembros”. Se pueden llegar a acuerdos de todo tipo, pero no se debe ceder soberanía. Aunque choca con la filosofía imperante en la UE, donde todo se basa en la pérdida de la soberanía de sus estados miembros, Trump enlazaba muy bien con el propósito original de la ONU: ser una organización de estados soberanos y libres. Libres e independientes, de tal forma que nadie pueda imponer su forma de vida a los demás, pero no tan libres como para no respetar los derechos de sus ciudadanos. Trump no dejó de repetir que su primera obligación era para con sus ciudadanos estadounidenses, abochornando a todos quienes creen que un gobierno mundial o el transnacionalismo está por encima de sus responsabilidades nacionales.

El acuerdo con Irán

Como era lógico, Trump se refirió con nombres y apellidos a Todos aquellos países dictatoriales que son una amenaza para su gente y para la estabilidad mundial. Comenzó con Corea del Norte y su ya famoso apodo del líder norcoreano, “rocket man”, a quien advirtió que no dudaría en vitrificarlo si ejecutaba alguna de sus amenazas contra América y sus aliados. “Twitter man” se impuso con gracia y clara superioridad.

En segundo lugar, y para alegría de la delegación israelí, encabezada por el primer ministro Benjamin Netanyahu, Trump se refirió a Irán y al acuerdo nuclear que firmó Obama hace ahora dos años. Trump habló sobre el comportamiento internacional subversivo del Irán de los ayatolas, separando con sumo cuidado al régimen teocrático del pueblo iraní, la primera víctima de los dirigentes iraníes, y anunció que todavía no hemos escuchado la última palabra sobre el futuro del JCPOA, el acuerdo sobre el programa nuclear iraní, dejando entrever que aunque certifique a mediados de octubre que Teherán cumple parcialmente con el acuerdo, está dispuesto a revisarlo en profundidad.

En sus propias palabras: “El acuerdo con Irán ha sido uno de las peores transacciones de los Estados Unidos. El acuerdo, francamente, es una vergüenza para los Estados Unidos”. Para los defensores de mantener dicho acuerdo, entre otros el asesor de seguridad nacional, el Gral. McMaster, estas palabras acercan de nuevo Trump a Bannon, quien desde bien temprano alimentó la idea de rechazar el acuerdo unilateralmente. Como horas más tarde pediría Netanyahu en su discurso, “arréglelo o abandónelo”. Está por ver quién gana ahora: si los que están dispuestos a reformar el acuerdo o quienes creen que el acuerdo es irreformable y que sólo puede ser rechazado por completo. Esa será la nueva batalla política en Washington.

Cuba y Venezuela

Trump también tuvo palabras para Cuba y Venezuela. “Allí donde el socialismo o comunismo ha sido adoptado, sólo ha producido angustia, devastación y fracaso”. Quienes se aferran a una ideologías desacreditadas, dijo, “sólo contribuyen al sufrimiento de la gente que vive bajo una regímenes crueles”. Y como América está con quienes sufren esa clase de despotismo bárbaro, confirmó que no levantará las sanciones a Cuba. Me gustaría ver cómo le explica Mariano Rajoy, en su encuentro bilateral del próximo día 26, que él y su gobierno están planeando enviar a los reyes en visita oficial a La Habana para lavarle la cara al régimen, o que se ha opuesto en la UE a sancionar a cuba por sus desmanes antidemocráticos.

Terrorismo islamista

El presidente se refirió al terrorismo islamista, yihadista, algo esperado, pero también mencionó el problema de la emigración descontrolada, asunto que le preocupa por las derivadas a la seguridad. No podemos obviar el hecho de que muchos de los ataques sufridos en suelo europeo lo han sido a manos de emigrantes que han llegado a Europa bajo el manto de refugiados”, como el último en el metro de Londres de la semana pasada.

Y Trump no podía concluir su primera intervención ante la ONU sin llamar la atención sobre la propia organización. En un tono claramente conciliados dijo que veía un gran potencial para la ONU, para acto seguido añadir que si avanzaba en una profunda reforma. Inadmisible, por ejemplo, que el Consejo de Derechos Humanos esté dirigido y poblado por países que para nada respetan los derechos humanos y cuyos objetivos son la crítica y el ataque hacia los valores occidentales.

Y no mejor acicate para que la ONU haga lo que tiene que hacer desde hace muchos años, que referirse a la contribución desproporcionada que hacen los Estados Unidos a las arcas de la organización, el 22% de los gastos corrientes y hasta el 40% si se suman partidas como las misiones de paz. Todos sabían en esa enrome sala de Manhattan que Trump tiene firmada una orden ejecutiva para reducir a la mitad la contribución norteamericana, pero que aún no está puesta en ejecución.

En fin, para quienes adoran el globalismo o el transnacionalismo, el discurso les habrá sonado a nacionalismo puro y duro; a los aislacionistas, les habrá sonado a intervencionismo medido; a los liberales, a proteccionismo… pero a quien de verdad no les puede haber gustado nada de nada, es a los dictadores y a quienes recurren al terrorismo para alcanzar sus fines. Empezando por Corea del Norte e Irán. Cierto, lo ha con seguido sin mencionar la agenda de la libertad que tanto defendieron los hombres y mujeres de George W. Bush. Ahora queda que ponga en práctica todo lo que ha dicho. Si lo hace, Trump volverá a ser grande otra vez

Fuente: La Gaceta