NO HAY TIEMPO COMO EL PRESENTE

Escribo en el momento del año en que hago una pausa casi obligatoria en mi tarea cotidiana de observar y analizar los acontecimientos del mundo. Como ustedes y yo sabemos esos acontecimientos no se detienen y con el advenimiento de los medios sociales se desplazan a velocidades siderales. Hombres, organizaciones y naciones continúan luchando por predominar a toda costa los unos sobre los otros.

Pero eso no debe de ser motivo para que nosotros nos dejemos arrastrar en su torbellino. Quienes queremos mejorar al mundo tenemos que andar con pie firme y ser dueños de los actos que determinan nuestro destino. Yo me encuentro entre quienes tienen ese propósito.

En esta segunda semana del mes de julio jóvenes venezolanos siguen poniendo el pecho para parar las balas, los cubanos sufren el aumento de una represión que parecería milenaria, los pueblos europeos son víctimas del terrorismo de una nueva invasión islámica, los sirios son gaseados y muertos en una orgía de terror desde múltiples frentes, el Medio Oriente es un polvorín que podría dar origen a una tercera guerra mundial, el Zar Vladimir continua en su obsesión de restaurar el quebrado Imperio Soviético y un “chinito” obeso con facciones porcinas amenaza con desatar un holocausto nuclear.

Todos esos temas son objeto de muchos de mis artículos durante todo el año. Pero esta semana me resisto a la tentación de comentarlos para dar un necesario descanso a mi mente y administrar una urgente dosis de paz a mi espíritu.

Para ello, comienzo por hacer un recorrido por mi mundo interior. La introspección honesta y muchas veces molesta que todos necesitamos para ser hombres y mujeres más útiles a quienes nos rodean. Para dejar tras de nosotros un mundo mejor del que encontramos cuando nacimos.

Empecemos por el principio. Ese principio es la conciencia de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones. En otras palabras, conocernos a nosotros mismos como requisito para influir en el mundo circundante. Una labor digna de titanes y verdaderamente difícil porque demanda de nuestra habilidad para despojarnos de espejismos y falsas presunciones que nos han acompañado durante toda nuestra vida.

Con frecuencia hemos escuchado decir que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Una falacia divorciada de la realidad y producto de la capacidad de la mente humana para eliminar de la memoria situaciones y acontecimientos negativos y traumáticos. Nuestra mente recuerda únicamente los que nos dio alegría o satisfacción en el pasado. De no ser así viviríamos recriminándonos por nuestros errores y en una constante angustia. De hecho, de nada vale vivir cautivos de un pasado que ya no podemos cambiar.

A propósito de ese pasado, recuerdo una entrevista que le hiciera un periodista hace mucho tiempo al exitoso productor cinematográfico italiano Carlo Ponti, afortunado más que nada por haber sido el marido de la descomunal Sofia Loren. Cuando el periodista le preguntó a Ponti si alguna vez se deleitaba mirando sus éxitos fílmicos anteriores el entrevistado le respondió con un rotundo NO y lo explicó de esta manera. “Detenerme a admirar mi pasado me resta estímulo para señalarme nuevas metas y crear nuevos éxitos“. Sabia respuesta de un hombre que triunfó en su carrera.

Otras veces escuchamos decir a quienes se quejan de sus condiciones presentes sin dar pasos para mejorarlas que “el futuro será mejor que éste presente“. Algo así como esperar un milagro sin contribuir con nuestro esfuerzo personal. Viven cautivados por el sueño de un futuro siempre incierto y desconocido. Conocido únicamente por nuestro Creador que demandó acción por nuestra parte cuando dijo: Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo“, Corintios 5:10. De donde concluyo que la regla de oro de nuestra conducta debe de ser una actitud de total responsabilidad con nuestro presente.

Porque nuestra forma de reaccionar ante los acontecimientos presentes determinará la calidad y el éxito de nuestro futuro. Ello implica aceptar nuestros errores para aprender de ellos; así como mantener una actitud de serenidad y modestia con respecto a nuestros aciertos. Tener conciencia de que todo es efímero nos evitará muchas decepciones y angustias en el camino hacia nuestro futuro.

Esta valiosa enseñanza se remonta a los tiempos de la Roma Imperial. Durante millares de años, los conquistadores romanos eran recibidos con desfiles tumultuosos, trompetas y agasajos a su regreso a la capital del Imperio. Muchas veces sus hijos lo acompañaban en el carruaje militar o cabalgaban junto al mismo. Detrás del conquistador viajaba un esclavo sosteniendo una corona de oro y susurrándole al oído la advertencia “toda gloria es pasajera“.

Y cuando todo nos falle, la conducta más sabia es ponernos en manos de Dios y confiar en su Providencia Divina. Él será siempre nuestro mejor refugio en esos momentos sombríos que a todos nos asaltan. De todas formas, espero sinceramente haberles sido de utilidad con este acto de confesión pública. Yo, por mi parte, me siento renovado para volver a la lucha de todos los días. Amén.

Fuente: La Nueva Nación