La OTAN de Trump.

La organización placebo

Si de algo pecó Trump cuando afirmó que la OTAN estaba obsoleta es de una cosa: de moderado. Lejos de quedarse simplemente anticuada y poco adaptada a las circunstancias actuales de la seguridad de sus aliados, la OTAN corre peligro de convertirse en una organización placebo: ejerciendo simplemente de tranquilizante psicológico, sin tensión, estado de forma ni verdadera capacidad de actuación.  La seguridad que proporciona saber que está ahí evita a los aliados tener que plantearse la inadecuación de sus estructuras de seguridad al mundo actual; y viceversa, no plantear un cambio en el concepto de seguridad occidental se justifica por la pervivencia de la OTAN.

Y eso que  la primera gran operación conjunta de los aliados, en Afganistán, se saldó con una derrota a la vietnamita: el cansancio de los occidentales con una guerra de largo recorrido les hizo retirarse, a medias y de mala manera, sin que nadie en la Alianza haya sido capaz de sacar las conclusiones del fracaso. Hoy los países miembros combaten a lo largo de medio mundo al mismo enemigo común, de manera fraccionada, sin coordinación y al margen de la Alianza.

El resultado es la contradicción oficial que emana del Cuartel General de Bruselas: la OTAN es el gran instrumento de defensa de los aliados, pero no considera apropiado enfrentarse a la gran amenaza de esos mismos aliados, el yihadismo. La OTAN pasó cincuenta años esperando a las divisiones blindadas soviéticas en la gran llanura centroeuropea. Tras la caída del Muro pasó otra década buscando otra amenaza existencial, elaborando “concepto estratégico” tras “concepto estratégico” según cambiaban las circunstancias internacionales. Hoy no sólo tiene esa amenaza, sino que es más existencial que el totalitarismo rojo, porque el enemigo no está al otro lado del Telón de Acero, sino en Westminster y los Campos Elíseos, y porque no busca cambiar los regímenes políticos de Europa, sino su cultura y civilización.

La amenaza islamista

Desde 2001, los atentados yihadistas se multiplican exponencialmente. Sólo en 2017, Europa ha visto un atentado o intento de atentado cada nueve días. El miedo se pasea por las calles, las sociedades no saben que espera a la vuelta de la esquina, los dirigentes pierden el sueño ante el próximo ataque, rezando porque le toque al país vecino y no al propio. El pánico al terrorismo de 2017 es el equivalente al pánico nuclear de los sesenta. Bruselas es hoy una zona de guerra, con blindados militares en cada esquina,  soldados patrullando las calles con el dedo en el gatillo y raids antiterroristas cada pocos días. Bruselas es también la sede del Cuartel General de la OTAN. Simbolismo puro.

Cualquier organización es reacia a la innovación, y la OTAN no es una excepción. Adaptarla no es fácil. El cambio de objetivo estratégico, el cambio de estructuras y de capacidades militares es de tal envergadura que la burocracia prefiere no iniciar el camino. No es de extrañar el alivio con que en su Cuartel General se reciben las provocaciones y desafíos de la Rusia de Putin en el Este: permiten regresar a un pasado conocido y confortable, con los cazas jugando al gato y al ratón con los rusos en el Báltico. En tiempos de crisis, centrarse en lo conocido resulta reconfortante. Pero no es lo más aconsejable.

Carece de sentido que la Alianza, creada para la defensa de las democracias occidentales, no sea la punta de lanza contra quienes asesinan en Londres, Manchester o París, y deje a los países miembros actuar por su cuenta. El sinsentido llega hasta el punto de que los aliados –especialmente los europeos- prefieren entrenar y preparar a otros para que sean ellos quienes se enfrenten, con menos garantías y posibilidades, a los grupos y milicias terroristas en Oriente Medio y África. Que los ejércitos más profesionales, mejor armados y organizados y tecnológicamente más avanzados de la historia prefieran entrenar brigadas de países subdesarrollados para luchar en su lugar muestra bien la desorientación estratégica que afecta a los países miembros.

La OTAN debiera enfrentarse por fin con esta contradicción, y luchar sus propias batallas en vez de dejarlas en manos de terceros. No se trata simplemente de poner medios de vez en cuando conforme un país necesita parcheos de seguridad. La utilización esporádica de AWACS para el control del tráfico aéreo es necesaria, satisfactoria pero insuficiente. Necesaria porque proporciona y refuerza la seguridad del estado que la necesita; satisfactoria porque ha mostrado de que es capaz la OTAN, con un nivel de coordinación alto; pero insuficiente porque la amenaza terrorista en el interior de las ciudades occidentales no procede hoy de aviones de pasajeros, sino de tipos armados con AK47s, cuchillos, mochilas bombas o todoterrenos. Hay que ir más allá.

Actuar globalmente: aquí y allí

La OTAN debiera entrar en operaciones militares contra el yihadismo, allí donde éste encuentra sus bases de operaciones: el paso parece grande, pero hay que tener en cuenta que sus países miembros ya operan allí, de manera separada y con una coordinación mejorable. LA OTAN misma opera o ha operado en distintos escenarios, en distintas operaciones, en el Mediterráneo, el Índico o África sin continuidad ni verdadero sentido. Sería ya hora de adaptar sus objetivos, su estructura y capacidades militares a luchar contra ese enemigo allí donde se esconda, sea la selva nigeriana, el desierto libio o las montañas afganas.

Por desgracia, ese allí es también aquí: en el conocido informe presentado en la Casa Blanca por Rafael Bardají, el GEES ha propuesto la participación activa de los ministros de Interior en la nueva OTAN. En una lucha que empieza en Siria o Nigeria y continúa en Manchester o Niza los frentes no están definidos; tampoco los enemigos, que integran milicias en Irak o Malí y luego atacan en las capitales europeas. El trabajo de fuerzas de seguridad, fuerzas armadas y servicios de inteligencia debe fundirse, no sólo a nivel nacional, sino también de manera permanente e institucionalizada en la nueva Alianza Atlántica. La OTAN es una organización militar, pero si quiere seguir siéndolo no debe seguir siendo sólo militar.

Que los frentes contra el yihadismo no estén definidos implica también la utilización de fuerzas armadas en el interior de nuestras sociedades. Los regímenes democráticos han sido hostiles tradicionalmente a dejar a los militares operar en el interior. Y con razón. Pero éste es un privilegio que algunas sociedades alcanzan cuando su estabilidad y seguridad está garantizadas. Hasta ahora no había hecho falta, porque los europeos no se habían enfrentado a una amenaza existencial en sus propias calles. Hoy, la tipología del terrorista en nuestras ciudades, el modo de actuar y el alcance de la amenaza ha traído la guerra aquí. El ISIS lo recuerda a diario: el campo de batalla es Mosul, pero también Berlín. Con la guerra en nuestras calles nada más lógico que librarla con nuestros soldados. También aquí el paso parece grande, pero no lo es: franceses, italianos y ahora británicos despliegan ya a su ejército en las calles.

Poco a poco, conforme las fuerzas de seguridad occidentales se vean copadas por las amenazas yihadistas, les seguirán otros. En este proceso la OTAN tiene un papel importante que realizar, en términos de capacidades militares y de inteligencia, de estandarización de procedimientos y de coordinación diplomática y legal entre los países miembros. Actualmente, la Alianza ni contempla ni puede imaginar este tipo de operaciones: favorecerlas es el mejor servicio que puede prestar a las sociedades occidentales.

El problema no es el 2%

El problema de la OTAN no es el gasto en defensa, sino su adaptación a la amenaza. El yihadismo ha venido para quedarse, o al menos para intentarlo. El famoso 2% no sirve para nada si el dinero no se pone allí donde es necesario. Los europeos estamos demasiado acostumbrados a la ingeniería financiera en términos de defensa, y la tentación de engañar a Trump con el baile de cifras reales, previstas y previsibles es grande. Pero no se trata de alcanzar el 2% del gasto en defensa, sino de un aumento significativo en capacidades militares, y no en cualquiera, sino en las utilizables realmente en el exterior y el interior.

La falta de liderazgo en los países europeos, el desconcierto de la sociedad ante unos ataques cada vez más frecuentes, y la inercia burocrática de las estructuras de la OTAN impiden que la organización militar más fuerte de la historia sirva al propósito para el que fue creado: la defensa de la civilización occidental.  La llegada de Trump, su carácter provocador y su estilo ejecutivo pueden acabar con la deriva autocomplaciente de la Alianza, y corregir el rumbo, o el sin rumbo, actual. En la cumbre de este jueves, casi todos, organización, gobiernos, militares, civiles, prensa trataran de disuadir al Presidente de obligar a sus aliados a poner en marcha las reformas necesarias.

Fuente: Grupo de Estudios Estratégicos

Publicado en La Gaceta, 25 de mayo 2017