Minimizar los errores en Oriente Medio

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Las 177 embajadas extranjeras radicadas en Washington están sin ninguna duda intentando leer las hojas de té y averiguar cómo será la política exterior del presidente electo, Donald Trump. Pero sus incoherencias y contradicciones lo hacen casi imposible.

Por lo tanto, en vez de especular, me centraré en cuál debería ser la política de EEUU en una región, Oriente Medio, empezando con algunas directrices generales y pasando después a lo específico.

Puesto que se trata de la zona perennemente más volátil del mundo, el objetivo es modesto: minimizar los problemas y evitar los desastres. Los dos anteriores presidentes no lograron ni siquiera eso. George W. Bush intentó hacer demasiado en Oriente Medio: recuerden sus objetivos de hacer nation building en Afganistán, llevar la libertad y la prosperidad a Irak, establecer la democracia en Egipto y resolver el conflicto árabe-israelí: todos quedaron reducidos a cenizas. Como reacción al “exceso imperial” de Bush, Barack Obama hizo lo contrario, retirándose prematuramente de los conflictos, trazando líneas rojas que después abandonó, declarando un “giro hacia Asia” ilusorio y prácticamente garantizando vía libre a las ambiciones del Kremlin.

La futura política de EEUU debería encontrar un término medio entre ambos excesos: proteger a los estadounidenses, promover los intereses de EEUU y permanecer junto a los aliados de EEUU. No aspiren a arreglar la región, pero tampoco se retiren hacia el aislacionismo. Hagan promesas con cautela y cúmplanlas con garantías. Piensen antes de dar el salto.

Aplicada a Oriente Medio, ¿cómo se traduce esta opción de sentido común a la hora de afrontar los grandes problemas que implican a Irán, Arabia Saudí, Turquía, Siria y Egipto, así como el conflicto árabe-israelí?

Irán es con creces la mayor preocupación. La nueva Administración debería derogar inmediatamente el bizarro no-tratado conocido como Plan de Acción Conjunto y Completo (PACC), el famoso acuerdo con Irán. El presidente puede dar ese paso unilateralmente; al que debería seguir un ultimátum: si los iraníes no abandonan totalmente su proyecto para dotarse de armas nucleares en un determinado plazo, el Gobierno de EEUU acometerá dicha tarea por sí mismo. Sólo de esta manera se puede impedir que la República Islámica adquiera armas nucleares, algo imperativo no sólo para Israel y otros países de Oriente Medio, también para los estadounidenses, ya que se debe asumir que Teherán está dotándose de capacidad de pulso electromagnético que le permita destruir la red eléctrica de EEUU y provocar la muerte del 90% de la población.

El reino de Arabia Saudí ha sido desde hace mucho tiempo un aliado hostil de Estados Unidos, al ser un crucial proveedor de energía y a la vez patrocinar una obscena modalidad del islam. Riad ha adoptado recientemente un nuevo papel como gran potencia regional que se enfrenta a Irán, lo que ha hecho que la seguridad de la monarquía sea más importante que nunca para Washington. Afortunadamente, la generación más joven de líderes saudíes parece dispuesta a moderar la tradicional agresividad islamista, si el Gobierno de EEUU presionara lo suficiente.

Aunque el romance de la Administración Obama con el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, se ha desvanecido, Washington pretende que Ankara siga siendo un aliado incondicional, ignorando públicamente que se ha convertido en una dictadura hostil que tiene cada vez más lazos con Rusia y China. La vía diplomática de guardar las apariencias no ha logrado frenar las ambiciones de Erdogan, y ha llegado la hora de mostrar claramente a los turcos cuánto perderán en términos de comercio, ayuda militar y apoyo diplomático si no cambian rápidamente de rumbo.

La indecisión de Obama en Siria es fruto de la hostilidad y el carácter repulsivo de tres de los cuatro principales actores presentes en ese país: el Estado Islámico en Irak y Siria (ISIS); los rebeldes suníes apoyados por los turcos, los cataríes y los saudíes, en su mayor parte islamistas; y el régimen de Asad, respaldado por los regímenes de Irán y Rusia. Sólo las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), compuestas compuestas por unas Unidades de Protección Popular (YPG) mayoritariamente kurdas, son decentes y amigables. En un Estado cuasi hobbesiano, donde todos luchan contra todos (salvo el ISIS y Asad, que se evitan mutuamente), la Administración Obama no es capaz de dar con una política y atenerse a ella. Encomiablemente, eso ayuda a las FDS, pero el excesivo énfasis en destruir al ISIS lleva a unas alianzas descabelladas con Ankara, Teherán y Moscú. En su lugar, Washington debería ayudar a su único aliado y procurar que los otros tres actores batallen entre sí y caigan en el olvido.

Al insistir en el principio de favorecer a los líderes democráticos, aunque su elección haya sido dudosa y sean hostiles, la Administración Obama ha tratado de castigar a Abdel Fatah el Sisi de Egipto, reteniendo armamentos y ayuda humanitaria, por haber llegado al poder mediante un golpe de Estado. Se tiene que modificar rápidamente este distanciamiento gratuito para que los estadounidenses puedan ayudar a un líder egipcio prácticamente incompetente a erradicar el hambre y derrotar a los islamistas, lo que se traduce en contribuir a que se mantenga en el poder y en mantener a los Hermanos Musulmanes fuera de él.

El conflicto árabe-israelí, antaño el punto de ignición más peligroso de Oriente Medio, ha remitido, al menos temporalmente. Aunque la violencia de bajo nivel sigue implacable, es menos posible que experimente una escalada en un tiempo de guerra fría y caliente en Oriente Medio. La nueva Administración debe dar muestras inmediatas de que considera a Israel el aliado más cercano y más importante en Oriente Medio; debería también poner fin a la incesante presión sobre Jerusalén para que haga más concesiones a la Autoridad Palestina. Mejor aún: debería descartar la pretensión de casi 25 años de que los palestinos son “el socio para la paz” de Israel y animar en su lugar a los israelíes a que inculquen a los palestinos la necesidad de que reconozcan inequívoca y definitivamente a Israel como el Estado judío.

Una simple política de proteger a los estadounidenses y a sus aliados ofrece grandes oportunidades para arreglar un legado de ruinosos errores bipartidistas.

Source: Revista el Medio