El islam nos ataca con la complicidad de los dirigentes europeos (Europa, entre el deshonor y la guerra)

contra-yihadBD.- Los atentados islámicos que tienen lugar en Europa día sí y al otro también han hundido en el estupor y el miedo al sistema mundialista y antirracista que reina en Europa. Nos hemos despertado bruscamente a la violenta realidad de un mundo que “no hace favores” ni tiene compasión con la bobalicona blandenguería de los europeos de hoy, más preocupados de problemas de digestión que del futuro de su civilización.

Más allá de las declaraciones de circunstancia acerca del “horror de los atentados”, los bienpensantes sólo tienen una cosa en mente en estos casos: desencadenar la gran maquinaria mediática para explicar a los europeos que los atentados del terrorismo islámico son obra de algunas docenas de perturbados que no han leído bien el Corán, y que las células integristas que se desmantelan casi a diario en cualquier ciudad europea no son representativas de esos buenos musulmanes que nos honran con su presencia y enriquecen con sus valores a nuestra decadente sociedad.

Sin embargo, la realidad es muy distinta. Haciéndole la guerra santa a Europa (y a Occidente en general, e incluso a otras comarcas del planeta), los terroristas islámicos aplican al pie de la letra una lectura del Corán que fue la de las tribus seguidoras de Mahoma, y después la de las hordas que se arrojaron en tropel en la baja Edad Media sobre España, Francia e Italia, y más tarde la de los ejércitos del Gran Turco que asaltaron Bizancio, sojuzgaron los Balcanes y Grecia, y sitiaron a Viena.

Esta guerra le es hecha a todos los europeos en nombre del islam. Y eso desde el interior mismo de nuestra casa insensatamente acogedora para sus enemigos declarados. Es llamativo que cuando se detiene a unos musulmanes en operaciones contra el terror, casi nunca se trata de locos con turbante, la barba llena de piojos, que viven en sótanos, pero en cambio se trata muchas veces de inmigrantes bien vestidos, “integrados”, a menudo con estudios superiores y con un estándar de vida que muchos europeos ni siquiera se atreveren a soñar para ellos mismos, y en no pocas ocasiones en posesión de la nacionalidad de algún país europeo que ha cometido la insensatez de darles una cartulina plastificada.

El problema no consiste en que se hayan instalado en Europa unos pacíficos devotos de Mahoma, sino que en nuestro continente acampan millones de musulmanes que odian a los europeos y a su civilización. ¿Podemos pretender acaso que esas multitudes de musulmanes hostiles no existen? ¿Alguien puede hacernos creer que se trata de falsos musulmanes? ¿Constituye tal vez su presencia entre nosotros una fuente inagotable de beneficios y bendiciones para Europa? ¿Pensamos por casualidad que los integristas que sueñan con pasar a cuchillo a los europeos que no se conviertan a la verdadera fe del Profeta son únicamente un puñado de ovejas negras repudiadas por la inmensa mayoría de la población musulmana deseosa de integrase en Occidente y de adoptar sus valores?

El islam es fuerte en Europa porque los gobiernos europeos, algunos desde hace más tiempo que otros, han hecho y siguen haciendo todo lo posible para debilitar en el espíritu de los europeos el sentimiento de pertenencia a una comunidad europea blanca, que hunde sus raíces religiosas y morales en la historia cristiana, y que se apoya sobre la base cultural de miles de años de civilización europea, básicamente grecorromana.

El islam es fuerte porque los dirigentes europeos han puesto en marcha una propaganda única en la historia de la humanidad para crear en los europeos un sentimiento permanente de culpabilidad, un odio de su propia identidad que algunos llaman etnomasoquismo, una verdadera enfermedad mental colectiva que nos está llevando a un suicidio masivo.

La amenaza que pesa hoy sobre Europa es grave. La presencia del islam en Europa es reveladora de nuestra decadencia. Las décadas futuras serán duras. Los pueblos europeos, pueblos hoy arrodillados, rebaños dóciles prometidos al matadero, prefieren la sumisión a sus verdugos antes que el esfuerzo de la lucha. Entre el deshonor y la guerra, eligen el deshonor, y tendrán la guerra. Y de propina, el deshonor.