¿Viva la muerte?

hamás-celebra-victoriaIndigna la parálisis mundial frente a la glorificación de asesinatos. Con la excusa de luchar por una justa causa y tener el respaldo de algunos párrafos del Corán, no se ponen en marcha acciones que desmonten esta perversión. Detrás de cada presunto “mártir” palestino o musulmán existe una educación tenaz y alienante para que, especialmente los jóvenes, se arrojen a matar la mayor cantidad de personas, sean civiles, ancianos, mujeres o niños.

El Corán tiene muchas contradicciones, que se podrían interpretar como el resultado de haber sido dictado por el Profeta en diversas circunstancias de su vida. También tiene contradicciones la Biblia. Ambas obras pueden conducir al fanatismo o el diálogo, según su interpretación. La historia es rica en ejemplos muy elocuentes de esta bipolaridad. Hubo guerras de religión entre los cristianos, como las hubo entre los musulmanes. Hubo y existen firmes impulsos hacia la coexistencia y la paz en las diversas denominaciones cristianas y lo mismo podría darse en las zonas de predominio islámico.

En el Corán aparece de forma nítida la práctica del suicidio, pero también afirma que “nadie puede morir sino con el permiso de Dios y según el plazo fijado” (3:145). Refuerza esta afirmación otra frase en contra del martirio: “No os matéis a vosotros mismos” (4:29).

Sobre finales del siglo XI apareció la secta de los asesinos, palabra que proviene de la droga hashish (palabra árabe que dio origen a ashashín). Sus integrantes mataban personalidades y dignatarios políticos, tanto cristianos como musulmanes. El orientalista norteamericano B. Lewis equipara los métodos y argumentos de dicha secta con el actual fenómeno del terrorismo suicida que se estimula obscenamente, sobre todo entre los palestinos. Sus practicantes usaban el cuchillo como arma, en vez de otras como el arco, la ballesta o los venenos, que les hubiesen permitido evitar ser capturados. Porque querían perecer en la acción, convertirse en mártires. Igual que los palestinos ahora.

Debe enfatizarse, sin embargo, que, pese a la importancia histórica de la yihad (guerra santa, en la que el martirio se encuentra integrado), el concepto de terrorismo suicida e indiscriminado está ausente en los textos sagrados islámicos y también de las obras de derecho y jurisprudencia musulmanes.

Pareciera que el origen del terrorismo suicida se vincula en especial a las tendencias del chiismo desarrolladas en Persia, donde el masoquismo y el martirio tienen un papel destacado, pese a que en ese país se desarrollaron mucho el arte, la ficción y el hedonismo. En el tiempo moderno sus tendencias mortales se vinculan con el Irán posterior a 1979, tras la reaccionaria toma del poder por los ayatolás. Durante la guerra de Irak contra Irán, por ejemplo, Ruholá Jomeini distribuyó medio millón de pequeñas llaves a centenares de miles de niños para que avanzaran de frente contra las posiciones enemigas, con la promesa de que cada llave les abriría la puerta del paraíso. Eran un escudo humano, porque tras ellos avanzaban las tropas. Hay testimonios estremecedores de soldados iraquíes que huyeron del campo de batalla, atacados por el vómito, ante el espectáculo de la masacre que se empezó a cometer contra esos niños. Esta práctica comenzó a extenderse en el contexto de la guerra civil libanesa de 1975-90. Y luego en los sitios desde los cuales se lanzan misiles contra Israel, para que la respuesta produzca la muerte de esos niños-escudo, así de inmediato se denuncian como víctimas especialmente elegidas por la barbarie israelí.

Desde entonces, la técnica del suicidio se tornó cada vez más frecuente. El 15-12-1981, la embajada iraquí en Beirut fue objeto de un atentado suicida con coche bomba perpetrado por el partido islámico Dawa, de tendencia proiraní. Después, en 1983, tuvieron lugar otros dos atentados suicidas con camión-bomba contra objetivos político-militares extranjeros, asimismo protagonizados por grupos vinculados al Gobierno iraní. El 18 de abril un suicida se estrelló contra la embajada estadounidense en Beirut, causando 63 muertos y 120 heridos. Pocos meses después, el 23 de octubre, se produjo el doble atentado suicida en Beirut contra el cuartel general de los marines norteamericanos y contra el puesto de mando francés en Ramlat al Abida, provocando la muerte de 241 estadounidenses y 58 franceses. En Buenos Aires fueron voladas la embajada de Israel y la sede de la AMIA mediante atentados suicidas. Gran conmoción produjo el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York por aviones conducidos por mártires.

Como advertimos, los primeros atentados de esta locura tanática fueron dirigidos contra objetivos políticos y militares concretos. Pero luego degeneró en el actual terrorismo indiscriminado que busca el máximo número de víctimas, sin importar su condición, sexo, edad, ni las consecuencias. Este terrorismo indiscriminado es fogoneado por líderes palestinos y la consciente o inconsciente complicidad de las agencias noticiosas, que no lo denuncian con claridad. Más bien tienden a disculparlo como la lógica reacción de las “víctimas”. Pero no asumen que desfavorece a esas víctimas, porque el terrorismo bloquea los caminos de la paz y enardece a quienes buscan tierra arrasada.

La lista de atentados cometidos contra Israel y los judíos de todo el mundo ha tenido un crecimiento parecido al del antisemitismo bajo la propaganda nazi. Antes eran la “raza inferior”, ahora los “descendientes de cerdos y monos”. En ambos casos se empieza con descalificaciones suaves que suben rápido de intensidad. Y en la última etapa –que ya es predicada en muchas mezquitas y en los medios oficiales de los territorios palestinos– se grita que hay que “barrer el Estado de Israel” y “limpiar el mundo de judíos”.

Sólo hay que tomarse el trabajo de escuchar y leer discursos, artículos y sermones para no repetir la sordera que se tuvo cuando el nazismo avanzaba sin que se le pusiera límite alguno. El Holocausto no habría sido posible si se lo hubiera denunciado y combatido a tiempo, con firmeza. Hay un perverso silencio ante las campañas que impulsan a jóvenes alienados, desocupados y sin futuro a convertirse en presuntos héroes de una causa justa. En vez de invertir las enormes sumas que reciben de la ayuda internacional en obras productivas, el liderazgo palestino lo destina a la compra de armas, predicar la guerra y engordar sus propios bolsillos, como es fácil de demostrar.

Los presuntos “mártires” son objeto de diversos homenajes en los territorios palestinos (la “ocupación” no les impide esto, ni enseñar a matar judíos). Allí la educación tiene mucho en común con la que se imparte en las tierras dominadas por el ISIS. El resultado es fabricar asesinos. Con las Intifadas sólo se lograron demorar o paralizar las negociaciones de paz. Ahora están consiguiendo que hasta los israelíes que apoyaban a los palestinos empiecen a callar. El presidente Mahmud Abás es conciliador en inglés y guerrero feroz en árabe. Hasta pregonó venganza por la muerte de un niño palestino de 13 años que fue “ejecutado” por Israel y al día siguiente se supo que estaba siendo cuidado en un hospital. Por supuesto que jamás difundirán noticias sobre los heridos de Siria que se recuperan en los hospitales de Israel o de los refugiados que la marina israelí ha salvado en las aguas del Mediterráneo.

Algunos opinan que es diferente la mentalidad del mundo islámico y la de Occidente. Pero no es ético frenarse ante ese discutible obstáculo. Los esfuerzos por la vida, por el progreso, por la convivencia y por la tolerancia –aunque sean descalificados por los fanáticos de cualquier tiempo y lugar–, no deben conducir hacia el silencio, la ceguera o la indiferencia. La verdad es fácil de entender –decía Galileo–, pero es difícil descubrirla. Ayudemos a descubrirla.

Fuente: Revista El Medio