AUSCHWITZ EL VUELO 301

Cazas israelíes sobrevuelan Auschwitz

Era mediodía en Polonia. Tres aviones caza israelíes despegaron desde la base militar de Radom y se dirigieron 200 kilómetros al suroeste para llevar a cabo una misión especial.

El cielo estaba encapotado. Los tres F-15 volaban a una altura de 10,000 pies. Bajo sus vientres se hallaba un paisaje sereno: pequeñas aldeas polacas repletas de árboles, frondosas zonas verdes y apacibles lagos. Cuando llegaron a Oswiecim, descendieron a 1,200 pies, emergiendo en formación desde las espesas nubes para sobrevolar, durante tres minutos, Auschwitz-Birkenau, donde más de un millón de personas –el 90% de ellas judías– fueron exterminadas. En un momento dado, desde los altavoces de uno de los aparatos se escuchó la voz del general Amir Eshel, que decía:

Somos pilotos de las Fuerzas Aéreas de Israel sobrevolando el campo de las atrocidades. Surgimos de las cenizas de millones de víctimas, cargamos con su grito silencioso, honramos su heroísmo y nos comprometemos a defender al pueblo judío y a su país, Israel.

Era el 4 de septiembre del año 2003. Ese día, los cazas israelíes hicieron el mejor homenaje posible a los que perecieron bajo el horror nazi, dejaron constancia de que los supervivientes y sus descendientes están dispuestos a hacer lo necesario para que algo así no ocurra jamás. Si es preciso, empuñar las armas y dar la vida.

El vuelo 301 fue resultado del ímpetu de Eshel, a quien le rondó la idea desde 1987, cuando llevó a cabo unos entrenamientos en Alemania. En su cabeza empezaron a retumbar inquietantes preguntas, que finalmente le sumieron en una obsesión. ¿Por qué los pilotos aliados que fotografiaron Auschwitz en la primavera de 1944 no bombardearon las vías del tren, las cámaras de gas o los hornos crematorios? De las más de 2.800 misiones que los aliados realizaron en Polonia entre marzo y noviembre de 1944, ¿por qué ninguna tuvo por objeto la maquinaria del exterminio?

Medio millón de individuos pudieron haber sido salvados, pero la decisión política jamás se tomó. Los aliados sabían que 10.000 personas al día estaban siendo asesinadas gracias al proceso industrial de muerte dirigido por el infame comandante del campo, Rudolf Höss. El exterminio en Auschwitz pudo detenerse, o al menos mitigarse. Pero nada se hizo.

Dieciséis años después de su visita a Alemania, Eshel tuvo la oportunidad que llevaba años esperando: la fuerza aérea polaca invitó a su homóloga israelí a participar en un vuelo de exhibición en Radom. Eshel, que tenía todo pensado tras consultar a las más altas instancias del Ejército, insistió en que los demás pilotos que le acompañasen fueran descendientes de víctimas del Holocausto. Avi Maor es hijo de supervivientes de los campos de concentración y Eliezer Shkedy perdió a su madre y a sus hermanas en los hornos de Auschwitz. Según las órdenes de Eshel, cada uno de los pilotos debía llevar en la cabina de su avión algo relacionado con el Holocausto. Eshel llevó consigo el testimonio escrito de 21 judíos franceses deportados a Auschwitz. Shkedy llevó fotos de su madre y sus hermanas. Avi Levkovich, cuyos padres fueron de los pocos judíos húngaros que quedaron con vida, sería el cuarto piloto, encargado de fotografiar la formación liderada por Eshel sobrevolando el campo de la muerte. El discurso que Eshel leyó desde su caza fue meticulosamente estudiado y confeccionado con el periodista Eitan Haber.

Cuando Eshel le dijo que a los polacos no les hacía mucha gracia eso de que unos aviones de combate extranjeros sobrevolasen su espacio aéreo, Shkedy replicó: “Joven [Eshel, su general, es quince años más joven que él], la última vez que los polacos nos dijeron qué hacer fue hace 60 años. Haz lo que creas conveniente”. Dan Halutz, entonces comandante de las Fuerzas Aéreas, y el embajador israelí en Polonia, Shevah Weiss, convencieron finalmente a los polacos.

Auschwitz-Birkenau es el símbolo del mayor crimen de la historia de la Humanidad. Y lo es no sólo por los números: seis millones de personas ajenas al conflicto armado; ni por los métodos: Mengele, el médico de Auschwitz, conocido como el Ángel de la Muerte, sobrepasó todos los límites conocidos por el hombre, y el recuerdo de sus prácticas aún hoy sigue desvelándonos por la noche (como muchos niños sobrevivían a las cámaras de gas –la mayoría acurrucados en el vientre de sus madres–, hizo quemar vivos al aire libre a 300 menores de cinco años). Es el mayor crimen cometido en la historia de los hombres también por su propósito, enraizado en los rincones más primarios y sombríos del mal absoluto: borrar de la faz de la tierra y del concepto de humanidad a todo un grupo humano. Hitler fue claro al categorizar al judío: “Es un ser ajeno al orden natural, un ser fuera de la naturaleza”.

La foto que tomó Levkovich corona hoy la oficina de Eshel. El año pasado, Ari Shavit entrevistó a éste a propósito de su histórica misión; cuando el periodista le preguntó por la instantánea, el general contestó: “Es una foto que mira al futuro”.

Ciertamente, un mundo nuevo emergió de las chimeneas de Auschwitz, un mundo en el que no plantar cara al mal no es una opción. El Vuelo 301 no sólo fue un tributo para los que sufrieron el terrible camino del exterminio, también una lección para nosotros y para los que vendrán.

Hoy, setenta años después de la liberación de Auschwitz, es cierto, siguen muriendo judíos por el hecho de serlo. Pero, como recordaron Eshel y sus pilotos aquel día nublado de 2003, hoy los asesinos no lo tienen tan fácil.

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