EE.UU.: Cataclismo electoral

Quizá convenga, para aprehender mejor el significado de lo sucedido en las elecciones de Estados Unidos esta semana, pensar en seis grandes asuntos.

1. La magnitud de la victoria republicana

Si se piensa sólo en que la oposición ha capturado el Senado y ampliado el dominio de la Cámara de Representantes, no se tiene una idea cabal de lo ocurrido. Más exacto es pensar en estos términos: la última vez que los republicanos gozaron de una mayoría tan amplia en la Cámara de Representantes fue en 1929, el año en que Billie Holiday fue arrestada por sospechas de prostitución en un hotel. Obama se queda con 185 escaños de un total de 435.

En el caso de las gobernaciones, no sólo han ganado con contundencia los republicanos: han triunfado en escenarios de fuerte raigambre demócrata, casi impensables para un aspirante del partido de Lincoln. Por ejemplo, en Maryland, la cuarta parte de cuya población es negra, donde Larry Hogan se impuso por ocho puntos. También hay candidatos republicanos que desalojaron a congresistas demócratas en escenarios que llevaban años siendo una fortaleza inexpugnable: por ejemplo, un desconocido, Johnny Tacherra, que dedica su vida a la ganadería sorprendió a Jim Costa en la décimosexta circunscripción, en California, bastión del partido de Jefferson.

2. La malherida coalición de Obama

La victoria de Obama en 2008 se dio a partir de una coalición social que expresaba la diversidad demográfica, las tendencias sociales del nuevo milenio y la renovación de los viejos cánones políticos. Tres protagonistas -los jóvenes, los negros, los hispanos- descollaban, pero había otros, por ejemplo un cierto tipo de votante femenina “anglo” y un votante de clase media con aspiraciones de ser como los liberales (en el sentido estadounidense) de las costas. Esa coalición, se pensaba, era una amenaza para los republicanos y la promesa de una mayoría demócrata permanente (no es una ironía menor el que Karl Rove, super asesor de George W. Bush, dijera con motivo de unas elecciones anteriores que había llegado la hora de la mayoría republicana “permanente”). Pero esa coalición ahora se ha partido. Ha demostrado -como las célebres coaliciones sociales de Wilson, Roosevelt y Johnson- que, como dice el analista Michael Barone, era frágil.

Obama confió en que los tres protagonistas de la coalición rescatarían a su partido en los momentos decisivos, por una lealtad a prueba de baches y pequeñas decepciones. No ha sido así: esos tres grupos han dado la espalda a Obama, no porque hayan votado mayoritariamente por la oposición sino porque han privado al oficialismo de votos suficientes para resistir la embestida. Casi dos tercios de los votantes se quedaron en casa el día de las elecciones.

Eso explica la amplitud agrimensora de la victoria republicana: el partido opositor ha triunfado en las llanuras del Medio Oeste, la frontera texana, incluso enclaves liberales del Nordeste. En Illinois, el estado de Obama, un republicano, Bruce Rauner, ganó la gobernación; lo mismo pasó en Massachusetts, donde el republicano Charlie Baker se impuso en ese bastión demócrata.”

La coalición de Obama siente desamor hacia el liderazgo del Presidente aun cuando no se identifica con la oposición.

3. Los hispanos

El voto hispano no fue determinante pero lo ocurrido con él ilustra muy bien lo anterior y es una señal de alarma para 2016, año de las presidenciales. Los hispanos representaron esta vez sólo el 8 por ciento del voto nacional cuando en 2010 habían representado 10 por ciento y son un grupo demográfico en expansión. Mucho más grave que esto para Obama y los demócratas es esto: la proporción de latinos que se inclinó por los republicanos aumentó diez puntos porcentuales con respecto a 2010. Todavía los demócratas dominan ese voto, pero en el pasado bastó a los republicanos tener un número de votos hispanos suficientes sin ser mayoritarios para superar al partido de Jefferson. Fue el caso de George W. Bush y de Ronald Reagan.

En Texas, el gobernador electo se llevó nada menos que 44 por ciento del voto hispano y en Georgia cuatro de cada diez votantes latinos respaldaron al republicano David Perdue, quien se alzó con el escaño en juego.

4. El envejecimiento demócrata

Basta ver las caras de los candidatos al Congreso y las gobernaciones para notar que hay una marcada diferencia de edad y de aspecto entre un partido y otro, pero es la contraria de la que uno creería. Como los dos líderes demócratas del Congreso (Harry Reid y Nancy Pelosi), que bordean los setenta y cinco años, las candidaturas demócratas lucieron demasiado mayores para atraer a los grupos demográficos que les interesan como parte de una coalición permanente.

Es sorprendente que los republicanos, en cambio, a pesar de que están alejados de los jóvenes en muchos asuntos valóricos en los que su conservadurismo choca con los deseos de liberalización, parezcan ahora el partido del mañana. Quien ha entendido esto bien es el senador republicano de Kentucky, Rand Paul, conocido libertario, que anunció que pedirá a sus colegas no poner trabas a la decisión de los electores del Distrito Federal, es decir Washington, de legalizar la marihuana (fue una de las decenas de consultas populares realizadas el martes junto con las elecciones). A diferencia de los estados, Washington no puede hacer valer ninguna decisión tomada por consulta popular sin referirla al Congreso (a nivel federal). Varios senadores y representantes republicanos han dicho que impedirán que Washington legalice la marihuana a pesar del resultado de la consulta, pero Rand Paul ha dejado saber que decenas de colegas tomarán una actitud distinta.

¿A dónde voy con esto? A que en muchas partes de Estados Unidos el electorado joven sólo salió a votar en este tipo de consultas, reforzando lo que viene siendo una tendencia social desde hace pocos años. El Partido Republicano, que ha logrado parecer más joven que el demócrata, tiene ahora la ocasión de ser también joven en mentalidad y eso va a suponer una lucha interna entre la facción liberal y la conservadora.

El desafío para los demócratas, más bien, es rejuvenecer su discurso y su agenda. Todavía Obama creyó conveniente, en su primera reacción a la paliza electoral, hacer del salario mínimo (que existe legalmente desde 1938) uno de sus temas prioritarios para el periodo legislativo que viene. El discurso de los “derechos sociales” que ya existen o que no están en peligro refuerza la percepción de un desfase generacional entre el partido del gobierno y su propia coalición.

5. Lo que viene

El Presidente Obama tiene dos opciones, como la tienen sus adversarios, que en este caso son John Boehner, el “Speaker” de la Cámara de Representantes, y Mitch McConnell, el líder de la mayoría republicana a partir de la nueva legislatura. Una es la confrontación, otra es la negociación. Obama cree que la confrontación con el Congreso, como se vio cuando se cerró el gobierno por falta de acuerdo para aprobar la ampliación de su financiamiento, perjudica a los republicanos. Los republicanos creen, por su parte, que si no toman la iniciativa y tratan de revertir lo que es reversible de lo hecho por Obama y de avanzar en sus temas predilectos, los votantes les cerrarán otra vez las puertas de la Casa Blanca. Ambas partes, por tanto, creen que la confrontación los ayudaría (a pesar de que de boca para afuera envían señales de estar dispuestos a negociar, por cierto).

Hay muchos riesgos para ambos, por tanto no es seguro que decidan dedicar los próximos dos años a hacer la guerra por otros medios. En ese caso, sería indispensable consensuar algo. ¿Pero qué? Hay áreas como la infraestructura, los acuerdos comerciales y tal vez la eliminación del impuesto a los aparatos médicos en los que no es imposible que la Casa Blanca y el Congreso opositor se entiendan. Dicho eso, las áreas de enfrentamiento son múltiples y abarcan desde la reforma migratoria hasta la reducción de impuestos y una causa predilecta de los republicanos: la fase cuatro del oleoducto Keystone (conocida como Keystone XL) que uniría Alberta, en Canadá, con Nebraska y que tanto rechazo despierta por razones ambientales.

6. Las elecciones de 2016

Dentro de muy poco, el país entrará en campaña electoral para las presidenciales. No lo hará oficialmente, pero el tamaño de la empresa que implica llegar a la Casa Blanca es tal, que se necesitan dos años de trabajo intenso además del esfuerzo preparatorio anterior, por lo general disimulado. Aquí importan grandes preguntas. La primera: ¿se atreverá Hillary Clinton a arriesgarse a una derrota o renunciará a su sueño presidencial? La segunda: ¿quiénes despuntarán como potenciales candidatos entre los republicanos, donde hay una decena de aspirantes conocidos pero ningún líder nítido capaz de aglutinar a las facciones?

Hillary ha sufrido un revés serio porque se jugó en persona por varios candidatos y estaba segura de lograr dulcificar la derrota, lo que le habría facilitado marcar distancia con Obama, un peso muerto para su partido hoy en día, al punto que ningún candidato quiso que hiciera campaña abierta en su favor. Esto no basta para cancelar los planes de Hillary, pero le da una idea más cabal de lo hercúleo de la tarea que tiene por delante.

En el bando republicano, lo único claro es que la mayoría obtenida con este tsunami electoral es un arma de doble filo: puede ser el trampolín a la Casa Blanca si la manejan bien o su tumba si la manejan mal. Lo demás es una lucha fascinante de facciones que también es un arma de doble filo: puede surgir de allí un candidato aglutinante o pueden acabar, electoralmente hablando, matándose entre ellos.