Obama, lastre para los demócratas

¿Qué es lo peor que puede decir un candidato demócrata al Congreso de EEUU en las elecciones del próximo 4 de noviembre? Que votó a Obama. Alison Lundergan Grimes, que hasta hace poco se lo había puesto muy difícil al jefe de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, rehusó decir a quién había botado en 2012. Dos días después, su correligionaria Michelle Nunn hizo lo mismo.

Es cierto que Grines y Nunn son candidatas sorprendentemente competitivas en dos estados conservadores y republicanos -Kentucky y Georgia, respectivamente-, pero su actitud sólo refleja que Barack Obama se ha convertido en una especie de ‘ébola electoral’ para los demócratas, que saben que no van a ser capaces de recuperar el control de la Cámara de Representantes y se confirmarían con mantener por la mínima su mayoría en el Senado.

La popularidad del presidente se ha situado en el 41,5% de media en el tercer trimestre, según datos de la consultora Gallup. Sólo George W. Bush era más impopular a estas alturas de mandato. Y por la mínima, ya que su respaldo era del 39,1%. Puede decirse que el actual presidente ha logrado derrotar se a sí mismo.

De modo que los demócratas no quieren a semejante individuo cerca. La mejor prueba es que hasta el lunes Obama no tomó parte en ningún acto de apoyo a ningún candidato.

En lugar de eso, se ha limitado a usar su tremenda capacidad de recaudar fondos para financiar a sus compañeros. Pero sin salir en la foto. Es todo un contraste con su predecesor demócrata, Bill Clinton, y con su rival en 2008 -y probable aspirante a sucesora en 2016- Hillary Clinton. Ambos han acudido en apoyo de sus compañeros en estados como Arkansas e Iowa.

Y hay otro problema subyacente: desde que en 2008 fue elegido presidente, los resultados de los demócratas en las elecciones a gobernadores, senadores y congresistas han oscilado entre mediocres y pésimos. Y eso ha abierto una guerra civil entre los demócratas del Congreso y la Casa Blanca. Súmese a ello que entre las virtudes del presidente no está forjar coaliciones ni caer bien en las distancias cortas y se tiene un excelente cóctel para el deporte favorito de los demócratas: la ‘guerra fratricida’.

Los nervios están tan tensos que las primeras recriminaciones por el fracaso electoral han empezado nada menos que antes de las elecciones. El domingo, ‘The Bew York Times’, que es el diario con mejor relación con la Casa Blanca, citaba a fuentes anónimas del entorno de Obama que lamentaban el hecho de que los candidatos al Congreso hayan dejado de lado en las elecciones al electorado negro.

Sin embargo, fue Obama quien, bajo indicación de los congresistas, decidió dejar para después de los comicios el proyecto de reforma de la inmigración que había anunciado a bombo y platillo a principios del verano. Así, fueron ambos -el presidente y los congresistas- quienes decidieron combatir a los republicanos en el territorio que es más favorable a éstos: los blancos.