Clientelismo Ud esta pagando por la economía política de Estados Unidos

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El legendario científico informático Alan Kay dijo una vez: “El mejor modo de crear el futuro es inventarlo”. Se trata de un espíritu que ha animado a todo gran emprendedor americano y que ha impulsado la economía de nuestra nación desde su fundación.

¿Sobrevivirá esa actitud a estos tiempos que vivimos?

En la actualidad, hay dos impulsos en conflicto que rivalizan por el alma de la economía de nuestra nación. El primero es ese gran impulso americano: el de ver un problema, abrir una empresa y solucionar el problema. El segundo es lo que aconseja el Congreso clientelista de nuestra nación: contratar a un cabildero para conseguir que los políticos, reguladores y burócratas promulguen normativas que lo protejan de la competencia.

En ningún lugar del mundo ha sido mayor el espíritu de emprendimiento que en Silicon Valley. Éste constituye un bastión de la libre empresa y una prueba de que el Sueño Americano sigue siendo una realidad.

Sin embargo, desde que en 2000 el senador Orrin Hatch (R-UT) le dijo Bill Gates su famosa frase de “Si uno quiere involucrarse en el mundo de la empresa, entonces hay que involucrarse en Washington”, la relación de Silicon Valley con Washington ha cambiado. De hecho, la evolución de las grandes empresas tecnológicas ha estado bien documentada. En su momento contraria a las maneras de Washington, esta industria ha adoptado la cultura del pago por influencias tan propia de la capital, como se puede ver en el sorprendente panorama que reflejan los titulares de esta semana:

The Hill: “El auge de McCarthy podría suponer un impulso para las tecnológicas”

Politico: “Las tecnológicas entusiasmadas con el presumible ascenso de McCarthy”

Artículo tras artículo, se retrata a Kevin McCarthy, tercer republicano en el escalafón de la Cámara de Representantes, como el “embajador oficioso de Silicon Valley ante los republicanos de la Cámara”. El vicepresidente de relaciones públicas para Estados Unidos de Facebook comentó a una publicación de Washington que McCarthy “comprende intuitivamente la cultura de innovación de esta industria y sabe lo que se necesita para protegerla”.

¿Protegerla?

Facebook no creció hasta ser una compañía con un valor de $168,000 millones gracias a que Washington tomara medidas para protegerla. Lo mismo se puede decir en el caso de los gigantes tecnológicos Amazon, Apple, eBay, Google, Intel y Microsoft. No obstante, las compañías y las industrias ven cada vez más su futuro vinculado a tener varios actores presentes en Washington. Ahí está el ejemplo de la impresionante victoria de Dave Brat la semana pasada, que causó un terremoto en la comunidad empresarial. De nuevo, los titulares lo dicen todo:

Politico: “Wall Street pierde a un aliado con la derrota de Eric Cantor”

KC Business Journal: “Por qué la derrota de Eric Cantor es mala para las empresas, es decir, las grandes empresas”

Las acciones de Boeing cayeron un 2.3% un día después de la victoria de Brat por el temor a que no se vuelva a autorizar el Banco Export-Import (EXIM). Está previsto que esta agencia de exportación, con respaldo del contribuyente, “avale” este año a Boeing con $10,000 millones para ventas incluso a pesar de que la compañía declaró hace menos de un año que podía encontrar financiación por su cuenta.

La semana pasada en Fox News Sunday, George Will explicó la importancia del Banco EXIM, del que dijo que desempeñó “un papel más influyente” que la amnistía en la victoria de Brat:

“Le diré algo que se puede hacer ya gracias a esto, y es desautorizar, rechazar la reautorización del EXIM, al que acertadamente se conoce en Washington como el Banco de Boeing y que se ha convertido para gente como David Brat en un símbolo del capitalismo clientelista, y no sin razón”.

Incluso si se dejan a un lado los méritos de alguna intervención pública en particular o de cierto programa en concreto, el grado en el que las empresas confían en el gobierno de Estados Unidos y la capacidad que tiene un solo miembro del Congreso para afectar a una industria son alarmantes.

La derrota de un político y el ascenso de otro no deberían tener impacto en una industria, pero lo tienen. El crecimiento del gobierno no ha tenido control, al igual que la influencia de éste, de los políticos y de los burócratas en los planes de las empresas del sector privado. Queramos admitirlo o no, la economía de Estados Unidos es una economía política.


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