LA GUERRA OBLIGADA DE OBAMA

Habiendo revelado al mundo, y por ende a Bashar al-Assad, el plan detallado de los inmediatos ataques aéreos contra Siria–(1) la fuente (ataques desde barcos frente al litoral y quizás un par de bombardeos), (2) las armas (misiles tipo Crucero), (3) la duración (dos o tres días), (4) el propósito (castigo sin derrocamiento del régimen)–quizás debimos haber publicado la hora exacta en que caerían las bombas, a los efectos de no perturbar la hora de la cena en Damasco.

Una eliminación total del factor sorpresa. En el curso de este tercer año de falsas amenazas, dos años después de declarar que Assad tenía que irse, un año después de trazar, y después borrar, una línea roja sobre el uso de armas químicas, Barack Obama no ha tenido otra alternativa que tomar alguna medida.

O mejor dicho, se ha visto obligado a actuar. Que es la peor de todas las razones. Un presidente no compromete soldados a una guerra por la que no siente el menor entusiasmo. Mucho menos se va a la guerra para hacer alarde de “guapo”.

Si Obama quería “mandar un mensaje” debió llamar a la Western Union. El objetivo de un misil Tomahawk es dar muerte al enemigo. Un serio instrumento de guerra demanda un serio propósito.

El propósito puede ser de castigo o estratégico: ya sea una reacción de conciencia que infringe daño a un adversario sin dejar rastro alguno, o una aplicación calculada del inmenso poderío norteamericano encaminado a alterar la ecuación estratégica. Una ventaja que está ahora a favor de uno de nuestros peores enemigos en el Medio Oriente.

Todo ataque conlleva riesgos. Represalias terroristas por parte de Siria y sus aliados. Amenazas de represalias por Irán o Hezbollah contra Israel que pudieran conducir a una conflagración regional. Y hasta un débil intento de castigo por la supuesta utilización de armas químicas del cual Assad saldría intacto y envalentonado, lo cual demostraría la debilidad y la ineficiencia de los Estados Unidos.

En 1998, después que al-Qaida voló dos embajadas norteamericanas en África, Bill Clinton lanzó unos cuantos misiles cruceros contra unas carpas vacías en Afganistán para hacer una demostración de fuerza. Pero lo que mostró fue una total falta de seriedad. Al-Qaida tomó nota del mensaje. Dos años más tarde, atacó el crucero USS Cole. Y año después, el 11 de septiembre del 2001, pulverizó las Torres Gemelas del Centro Mundial de Comercio en Nueva York.

Sin embargo, hasta Clinton se armó de valor para lanzar una sostenida campaña aérea contra Serbia. Esa campaña no se limitó a un mensaje. Fue una verdadera estrategia militar encaminada a detener a los serbios en su ofensiva para destruir a Kosovo. Fue un éxito rotundo.

Si lo que Obama se propone es mandar un mensaje con un ataque de tres días, precedido por filtraciones diciendo a los sirios que pongan a buen resguardo sus equipos militares, es mejor que no haga nada. ¿Cuál es el objetivo de asumir un riesgo considerable si no se logra un cambio importante?

La única acción justificada sería un ataque con propósitos estratégicos, una campaña sostenida con el objeto de cambiar el equilibrio de fuerzas destruyendo el arma estratégica que le proporciona ventaja al régimen de Assad–su poderío aéreo.

Según el general retirado, Jack Keane, solamente seis de las 20 bases aéreas de Assad son importantes para su lucha por aferrarse al poder. Pegarle en ese “talón de Aquiles” destruyendo sus pistas, sus aviones, sus helicópteros, sus depósitos de combustible y sus centros de mando. Reducirlos a cenizas y hacerlos inoperables.

No tenemos que destruir las defensas aéreas de Siria como tuvimos que hacer en Libia. Para incapacitar su poderío aéreo podemos utilizar sistemas operados por control remoto como misiles desde barcos frente a sus costas y aviones lanzados desde portaviones que disparan proyectiles a distancia sin tener que sobrevolar el territorio sirio.

Si privamos a Assad de su control total del aire y le creamos obstáculos a los suministros procedentes de Rusia e Irán estaríamos alterando el rumbo de la guerra. Ese si sería un propósito serio por parte nuestra.

¿Contaría este plan con el apoyo del pueblo norteamericano? Este pueblo está cansado de tantas guerras seguidas y se muestra renuente a empezar otra. ¿Por qué piensan así? En tres años, Obama no ha dado un paso para preparar a los ciudadanos para una confrontación como esta. No ha pronunciado un discurso ni ha explicado lo que está en juego.

Ha hecho todo lo contrario. El año pasado Obama dijo en múltiples ocasiones que la marea de la guerra se encontraba en retirada. Este año se llenó la boca para decir que la guerra contra el terrorismo “tenía que terminar”. Si él quiere lanzar Tomahawks, mejor que tenga razones sólidas, que se las explique al pueblo norteamericano y que obtenga la aprobación del Congreso, tal como hizo George W. Bush con las guerras de Irak y de Afganistán.

Resulta verdaderamente vergonzoso que mientras el primer ministro británico ha convocado a su parlamento para discutir los ataques aéreos, Obama no ha movido un dedo en esa dirección.

Señor Presidente, si usted va a dar este paso, respete la constitución. Hágalo con seriedad. Esto no tiene nada que ver con usted o con su conciencia. El objetivo tiene que ser aplicar el poderío norteamericano para hacer lo que usted precisamente ha negado que hará, obligar a Assad a que se vaya, exactamente como usted le dijo al mundo que el dictador debía hacer.

De lo contrario, mándele a Assad un mensaje de texto. Podría incurrir en cargos extras por razón de distancia pero sería mucho más barato que un ataque de tres días, anunciado con anterioridad y totalmente incapaz de cambiar el curso de la guerra.