BENGHAZI: LA VERDAD SE ABRE PASO

Como tantas otras naciones, los Estados Unidos tienen numerosos capítulos negros en el curso de su historia. El más reciente es el abandono a manos de terroristas islámicos de cuatro servidores públicos norteamericanos en el convulso frente diplomático del Medio Oriente. Pero el hecho, de por sí un acto de cobardía, adquiere proporciones de repugnancia cuando consideramos la trama elaborada para encubrir la complicidad y la negligencia del gobierno de Obama que condujeron al asesinato de esos cuatro norteamericanos.

 

Veamos las tres piezas vitales del macabro rompecabezas. Primero, el Departamento de Estado, como demuestra un correo electrónico firmado por la Secretaria Hillary Clinton y mantenido en secreto hasta hace pocos días, se negó a aumentar las medidas de seguridad solicitadas por los diplomáticos destacados en Libia. Segundo, el gobierno de Obama se negó a proporcionar ayuda militar a los diplomáticos bajo ataque, a pesar de contar con información en tiempo real de la masacre que estaban teniendo lugar en Benghazi. Tercero, funcionarios de alto nivel de la Casa Blanca y del Departamento de Estado, con la complicidad de la prensa comprometida con la reelección de Obama, difundieron la falsa versión de que los ataques contra el consulado norteamericano en Benghazi habían sido motivados por un video insultante a la religión musulmana.

 

Pero, antes de continuar, quiero reclamar el crédito que no me reconocerán los defensores a ultranza del Presidente Obama. Durante el candente proceso electoral de 2012, cuando la noticia era ignorada por la gran prensa norteamericana, en un artículo que titulé “BENGHAZI: UN WATERGATE SANGRIENTO”, escribí: “Pero, como se demostró en el escándalo de Watergate, no importa lo mucho que mintamos, la verdad tarde o temprano predomina sobre la mentira. Porque ninguna cantidad de torpes encubrimientos podrá ocultar el hecho de que, aunque Bin Laden esté muerto, al Qaida sigue matando americanos y que estos últimos fueron víctimas de la megalomanía y la insensibilidad de un hombre obseso por ser reelecto”.

 

Los acontecimiento de la última semana me han dado la razón. Ya no son solamente Fox News y comentaristas catalogados de derecha como Sean Hannity quienes están confrontando las mentiras y las contradicciones en que ha incurrido el gobierno para ocultar lo acontecido en Benghazi. Algunos en la prensa de izquierda parecen tener una cierta reserva de pudor que les impide seguir siendo parte del encubrimiento. Y esto podría resultar fatal para Obama.

 

La indignación ha llegado a tal punto, que el Secretario de Prensa de la Casa Blanca, Jay Carney, fue sometido la semana pasada a una andanada de incisivas preguntas por un cuerpo de corresponsales que hasta la víspera habían ignorado todo acontecimiento negativo para la reputación del Presidente. El corresponsal de la cadena televisiva ABC lo cuestionó sobre quienes habían sido los autores de las 12 versiones diferentes de las falsas declaraciones formuladas por la Embajadora Susan Rice. En el curso de cinco comparecencias televisadas el domingo 16 de septiembre de 2012, cinco días después de la masacre del 11 de septiembre en Benghazi, la Embajadora Rice atribuyó los ataques en Benghazi a un video insultante a la religión musulmana producido en los Estados Unidos.

 

Los hechos posteriores han demostrado que, al día siguiente del ataque, todo el mundo que era alguien en el gobierno de Obama sabía que había sido un ataque terrorista desatado por militantes del grupo terrorista Ansar al-Sharia, afiliado a la Al Qaida que, durante la campaña política por la presidencia, Obama había hecho alarde de haber aniquilado. Ahora bien, la única mentirosa no fue Susan Rice. Catorce días después del ataque, el Presidente Obama repitió SEIS VECES la misma patraña del video ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.

 

Los pragmáticos podrían decir que las mentiras de Obama fueron características de la conducta de cualquier político que aspire a conservar su cargo en el curso de una apretada contienda electoral. Para esos señores quiero citar un incidente revelador del cinismo y la insensibilidad del hombre que hoy habita la Casa Blanca, según fue relatado por la madre de Sean Smith, una de las cuatro víctimas, al conductor de Fox News, Bill O’Reilly.

 

De acuerdo con la señora Smith, durante el acto de repatriación de los cadáveres el 14 de septiembre de 2012 en la Base Aérea de Andrews, cerca de Washington, el Presidente Obama le expresó sus condolencias por la pérdida de su hijo. Pero agárrense, Obama le prometió, mirándole a los ojos, que el gobierno llevaría ante la justicia a los responsable de estos asesinatos, sobre todo al autor del video difamatorio contra el Islam. No hay licencia que pueda justificar ni exonerar semejante bajeza y menos en boca del presidente de todos los norteamericanos a una madre atormentada por la muerte de su hijo.

 

Pero, a la mentira, tenemos que añadir la complicidad del Presidente y de la Secretaria de Estado en las muertes de estos hombres. Hillary, se negó a aumentar la seguridad en las sedes diplomáticas y Obama se negó a dar la orden de ayuda militar que, como comandante en Jefe, tenía el poder y el deber de dar. Veamos los hechos según han ido saliendo a la luz.

 

Gregory N. Hicks, el segundo del asesinado Embajador Stevens, declaró hace una semana ante el congreso que se ordenó a los miembros de los servicios especiales que no viajaran de Trípoli a Benghazi a las seis de la mañana del día de los hechos para proteger al consulado. El 26 de abril, un testigo presencial del ataque declaró a Fox News: “Yo sé con certeza que C110 estaban realizando servicios de entrenamiento en la región de Europa y del Norte de África desde donde tenían la capacidad de asistir a los sitiados”. En esos momentos, Obama se había ido a la cama sin dar las urgentes órdenes de ayuda y en preparación para su viaje al día siguiente a Las Vegas con el objeto de recaudar fondos para su campaña de reelección. Una campaña que no pondría en peligro enfrentando a terroristas supuestamente diezmados y, por ende, forzado a admitir sus fanfarronadas sobre la aniquilación de al-Qaida. En la disyuntiva entre conservar el poder y salvar las vidas de cuatro seres humanos perdieron los seres humanos.

 

Sin embargo, todo parece indicar que el sueño de reelección y grandeza de Obama aquella noche de septiembre de 2012 podría transformarse en pesadilla durante el resto de su presidencia. Irónicamente, la misma pesadilla de un Richard Nixon que ganó las elecciones después de Watergate para caer más tarde en desgracia víctima de su arrogancia y su indiferencia. Los dos extremos podría muy bien tocarse en un futuro cercano.

 

El testimonio de tres funcionarios de carrera como Gregory Hicks, Mark Thompson y Eric Nordstrom no puede ser catalogado de vendetta política de la derecha republicana ni ignorado por la prensa, por mucho que esta quiera proteger a su mesías. Porque si esa prensa continuara apoyando a Obama en su encubrimiento de esta infamia perdería el poco prestigio que le queda en el público norteamericano. Además, ¿puede alguien pensar que haya elementos de derecha entre los burócratas del Departamento de Estado, la más zurda de las dependencias del gobierno federal?

 

Por otra parte, después de sufrir amenazas y destituciones los tres hombres han acudido a abogados experimentados en los laberintos de la burocracia de Washington como Joseph diGenova y Victoria Toensing. Estos tres testigos no parecen estar dispuestos a correr la suerte infame de las víctimas de Benghazi. Según el lenguaje vernáculo de los campesinos cubanos, a Obama se le ha puesto la caña a tres trozos.

 

Todo esto lo pone ante el imperativo de mantener a toda costa el control del senado en las elecciones parciales de 2014.Un senado controlado por los demócratas es su última carta de garantía para impedir una investigación exhaustiva y el riesgo de un juicio ante dicho organismo. A diferencias de los republicanos, que sumaron sus votos a los de los demócratas para enjuiciar a Nixon, los demócratas cierran el círculo alrededor de sus delincuentes sin el más mínimo reparo de moralidad o principios. Prueba al canto, la inmunidad que le otorgaron a un Clinton cuando el niño malo de Arkansas cometió perjurio en el juicio con motivo de su ataque sexual a Paula Jones.

 

Por el momento, la Cámara de Representantes, bajo control republicano, ha dado a la publicidad los informes de media docena de sus comités donde se pone al descubierto la elaborada campaña para ocultar la verdad y asignar responsabilidades en esta tragedia. Muchos proponen la creación de un Comité Especial similar al que investigó la debacle de Watergate. Pero, de una u otra manera, no tengamos dudas de que esta vez se llegará a la verdad total. Lo demandan los familiares de las víctimas, lo merecen los hombres y mujeres que sirven a los Estados Unidos en lugares remotos del mundo y lo reclama el elemental sentido de justicia que sirve de piedra angular al estado de derecho y a la convivencia civilizada.

 

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