Por qué debemos desconfiar del gobierno

La historia nos ha enseñado a través del tiempo y de las víctimas de injusticias toleradas en nombre del “bien común” que un gobierno demasiado poderoso es capaz de cometer atrocidades y abusos incluso en contra de su propia gente. Sin embargo, tampoco debemos olvidar los peligros de un Estado sin orden, sin leyes y sin una autoridad que vele por la justicia. Esto es lo que alarma a aquellos que se rehúsan a ser críticos con el Estado omnipresente.

Tienen miedo de vivir en un mundo sin leyes donde los más fuertes y poderosos pueden pisotear a los demás. Por ende, deberíamos centrarnos más la forma de crear un gobierno realmente democrático, justo, que no obstaculice el desarrollo de sus ciudadanos y que confíe en la libertad que es su derecho natural.

La mayoría de nosotros inmigramos a Estados Unidos en busca de un mejor porvenir – por voluntad propia o por decisión familiar. Venimos de países donde en muchos casos la corrupción así como una débil infraestructura gubernamental y democrática permiten el abuso por parte de aquellos que representan al gobierno en turno o en posición de privilegio y connivencia con un gobernante. Así acaparan más poder mientras la gente con pocos recursos debe sacrificarse enormemente simplemente para sobrevivir. Aquellos en el medio de estos dos grupos viven en un Estado de “olvido eterno” y muy pocos escapan del hoyo negro de la pobreza.

Estados Unidos logró independizarse de un reino que les imponía impuestos injustos, que limitaba su capacidad de alcanzar sus sueños, que obligaba a pelear guerras ajenas,  y a trabajar por el mantenimiento de un gobierno cada vez más codicioso y hambriento de poder. La sabiduría de los Padres Fundadores de esta nación fue lograr establecer una nueva nación en la que el poder del Estado está disperso en tres ramas: El Ejecutivo, el Legistativo y el Judicial. Estos tres poderes están en permanente tensión y de esa forma se controlan el uno al otro. Pero si los ciudadanos permitimos cambios que alteren ese balance de poder, si no tenemos cuidado, podemos caer en las garras de un Estado que se tome demasiadas libertades mientras nosotros perdemos las nuestras. Por ejemplo, eso es de lo que hablaba el congresista Rand Paul la semana pasada: De cómo un país podría matar a sus propios ciudadanos con aviones no tripulados sin otorgarles primero el derecho de defenderse que está garantizado en la Constitución. O de imponer leyes o impuestos pasando por encima de todos – como por ejemplo, Obamacare.

Siempre debemos desconfiar de los gobiernos y siempre debemos procurar que los gobernantes que escogemos sean capaces de valorar la oportunidad que se les ha otorgado. Tendríamos que recordarles más a menudo que lo que hacen es un servicio público. Nada más y nada menos.

Estamos a tiempo de tomar nuevamente las riendas y de escoger mejor a los líderes políticos que defiendan nuestros derechos, nuestras libertades, y nuestra capacidad de ser dueños de nuestro destino.