Armas el doble rasero de Barack Obama

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Mientras la Casa Blanca anda ocupada redactando propuestas para prohibir las armas de asalto, se desmontan las últimas regulaciones impuestas a los saudíes para entrar en EEUU después del 11-S. Mientras unos burócratas andan planeando la forma de desarmar a los americanos, otros negocian la venta de cazas F-16 y tanques Abrams al Egipto de los Hermanos Musulmanes.

Obama es reacio a confiar un AR-15 a un estadounidense, pero está dispuesto a confiar tanques y cazas de combate a un grupo terrorista con propósitos genocidas. El cañón Vulcan M61 de un F-16 puede disparar 6.000 proyectiles por minuto, y sus misiles HARM pueden hacer bastante más que unos agujeros en un muro de ladrillo. El cañón de 120 milímetros de un Abrams puede atravesar un muro de acero de 66 centímetros, lo que le convierte en un arma mucho más formidable que los denominados rifles de asalto, que tantas pesadillas provocan a los progres de San Francisco.

Obama no está dispuesto a respetar la Constitución y su Declaración de Derechos, pero va a armar a un grupo terrorista que tiene por eslogan lo que sigue:

El Corán es nuestra Constitución, el Profeta es nuestro líder, la Yihad es nuestro camino y la muerte en nombre de Alá es nuestro objetivo.

Si un chaval de instituto escribiera eso en su perfil de Facebook, enseguida sería detenido. Ahora bien, un Gobierno y una organización internacional que incurren en semejante retórica reciben de nuestro Gobierno armamento de potencia devastadora.

Además de entregar al Gobierno libanés, controlado por Hezbolá, 200 equipos blindados M113, Obama cierra los ojos mientras Al Qaeda y otros grupos islamistas reciben en Libia armamento procedente de Qatar. Esas armas son ciertamente más potentes que las que se pueden comprar en un Wal Mart, y acaban haciendo acto de presencia en Siria o en Mali. O en la Gaza de Hamás. Si alguna de ellas fue utilizada en el ataque a la misión diplomática de Bengasi es algo que no se sabe, pero totalmente posible.

Mientras los militantes de Al Qaeda en Bengasi iban fuertemente armados, con la complicidad de la Administración Obama, los americanos eran obligados a respetar las leyes libias de control de armas. Y es que Obama estuvo dispuesto a bombardear el país norteafricano, pero no a permitir que el equipo de seguridad de la embajada dispusiera de armas de fuego para afrontar el día a día en una ciudad tomada por milicias terroristas. Se contrató a la de los Hermanos Musulmanes para procurar seguridad a la misión diplomática de Bengasi… y las consecuencias fueron trágicas.

Se ha escrito mucho sobre lo irresponsable que fue Nancy Lanza por tener armas de fuego en su casa; ¿qué decir, pues, de la irresponsabilidad de Obama al enviar armas de fuego a capos mexicanos de la droga, y tanques y cazas a terroristas islámicos?

Obama cree seguro enviar armamento a los jefes de las mafias mexicanas de la droga, a Hezbolá y a los terroristas de Al Qaeda –así como a los Hermanos Musulmanes–, pero muy peligroso que un americano tenga un cargador con capacidad para más de 10 balas.

Todo esto significa que Obama no piensa mucho en la condición moral de sus compatriotas, pero sí en los terroristas islámicos.

Este doble rasero define a esta Administración. Unos cuantos tiroteos bastan para despojar a los americanos de sus derechos constitucionales, pero la peor matanza contra americanos no basta para privar de sus visados a estudiantes saudíes en busca de buenas academias de vuelo.

Obama y Biden están presionando para exigir más controles a los propietarios de armas, pero los estudiantes saudíes no tendrán que sufrir tantos chequeos. En La audacia de la esperanza Obama prometió respaldar a los musulmanes si los vientos políticos se les ponían de cara. En cambio, cuando los perjudicados son los propietarios de armas se pone a soplar en la misma dirección que los vientos.

En la América de Obama no todo el mundo puede encontrar amparo en la Declaración de Derechos. En tiempos de crisis, los derechos de unos sí se pueden vulnerar. Los de otros, no.

No hay nada en la Declaración de Derechos que diga que no se puede fichar a los musulmanes en los aeropuertos. El asesinato de 3.000 personas no hace de ninguna manera aceptable el fichado de musulmanes, a pesar de lo que digan la lógica, el sentido común y las leyes de probabilidad. Sería una medida desproporcionada. Significaría castigar a muchísima gente y resultaría inaceptable, con independencia de las vidas que se salvaran. En cambio, privar a millones de estadounidenses del amparo de la Segunda Enmienda tras varios tiroteos perpetrados por adolescentes desequilibrados, por alguna razón, no se trata de una medida desproporcionada.

Poner el foco en el relativamente pequeño número de musulmanes residentes en Estados Unidos para salvar miles de vidas no es aceptable, pero resulta imperativo hacer lo propio con decenas de millones de americanos para salvar a un reducido número de ellos. La lógica subyacente a esta política de seguridad no casa con los números ni con la ética ni con la ley.

El proveedor de armas de los Hermanos Musulmanes que vive en la Casa Blanca maneja un doble rasero. O el asesinato de masas es una razón válida para privar a la gente de sus derechos civiles o no lo es. Las armas peligrosas deben mantenerse lejos de la gente potencialmente peligrosa o no. Pero lo que no se puede hacer es lo que él trata de hacer: una cosa y la contraria, conceder privilegios especiales a los musulmanes dentro y fuera del país y a la vez privar a los americanos de sus derechos civiles básicos.

Si el presidente Mohamed Morsi, que hace apenas dos años describía a América como el enemigo y que desde entonces ha torturado y asesinado a su propia gente, puede tener tanques Abrams y cazas F-16 a su disposición, entonces los estadounidenses pueden disponer de un AR-15 y de cargadores con capacidad para más de diez balas. Por supuesto que sí.

Daniel Greenfield, periodista.


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