CUATRO DECADAS MAS

‘Four more decades’

Cuando Barack Obama tomó posesión de su cargo de presidente de los Estados Unidos pensé que no renovaría su mandato en las siguientes elecciones. Siento no haberlo dejado escrito para que mi fallido pronóstico quedara negro sobre blanco.

Obama es el presidente más socialista de la historia de los Estados Unidos. En mis errados cálculos sobre las elecciones que acaban de ser tenía en mente las de 1972 entre Nixon y McGovern, el único candidato que rivaliza con Obama en izquierdismo. El senador, recientemente desaparecido, no logró ni un 40 por ciento de apoyo electoral. En cuanto se viera la verdadera faz de este carismático charlatán, pensaba yo en 2008, los estadounidenses le concederían el privilegio de dar nombre a una biblioteca cuatro años antes de lo que él deseaba.

Es verdad que el presidente no ha mostrado su verdadera faz; es cierto que muchos electores no le ven como el hombre que quiere transformar el país de arriba abajo, convertirlo en lo que nunca ha sido y ahogar todo lo que aún tiene de excepcional. Pero también lo es que una parte importante de aquella sociedad concuerda con este proyecto.

Obama es como nuestro Zapatero y nuestro Azaña. Una persona que abomina de la historia de su país, y que quiere que pase sobre ella un huracán de dimensiones bíblicas para construir sobre los restos un país nuevo. Una sociedad de individuos que confíen en el Estado y no en su vecino, en su familia y en sus propias fuerzas para cumplir sus sueños. Una sociedad domeñada, ahormada por los deseos igualitaristas del socialismo residual, postmoderno y postsoviético.

El reelegido presidente se ha inspirado para su mandato en dos antecesores republicanos y uno demócrata: Abraham Lincoln, Franklyn D. Roosevelt y Ronald Reagan. Los tres cambiaron la relación de la sociedad con el Estado e instituyeron ciclos políticos de largo recorrido favorables a sus propios partidos. Este era el sentido de las elecciones de este año. No sólo four more years, sino four more decades, décadas de un frío abrazo estatal que se estrecha con el Obamacare y que, de seguir así, acabará ahogando a ese pueblo dinámico, seguro de sí mismo, optimista y emprendedor que admiramos algunos.