LA FANTASIA DE DISUADIR FANATICOS

No existe afirmación más ridícula sobre política exterior de que la disuasión funciona. Es algo así como decir que el poderío aéreo funciona. Bueno, funcionó en Kosovo; pero no funcionó en Vietnam del Norte. Es como decir que el bombardeo de las ciudades funciona. Funcionó en Japón cuando fueron bombardeadas ciudades desde Tokio hasta Nagasaki. Pero no funcionó cuando Hitler bombardeó a Londres.

La idea de que algunas tácticas militares funcionan no tiene base en la realidad. Todo depende del momento, de las circunstancias y de la naturaleza del adversario. El arco y la flecha funcionaron para Enrique V. En El Alamein, por otra parte, Montgomery utilizó los tanques.

Sin embargo, una considerable escuela de realistas americanos sigue empecinada en que la disuasión funciona. Son los mismos que se sienten molestos con esos problemáticos israelíes que están instigando el terror, alterando los mercados y creando tensiones regionales con sus amenazas de un ataque preventivo que ponga fin al peligro de armas nucleares en manos de Irán. ¿No entienden que sus temores son exagerados? Después de todo, ¿no funcionó la disuasión durante los 40 años de la Guerra Fría?

Y efectivamente, hace solo unos meses, el columnista Fareed Zakaria fortaleció sus argumentos haciendo una cita sobre uno de mis artículos en 1980 en el cual yo defendí la disuasión como un procedimiento efectivo. En su artículo, Zakaria dice que Krauthammer y sus amigos de la derecha han decidido ahora que la disuasión es una mentira.

Tonterías. Lo que yo he decidido es que disuadir a Irán es totalmente distinto que disuadir a la Unión Soviética. Podíamos confiar en la disuasión a Moscú pero no en la disuasión a Teherán. Las razones son obvias y vamos a enumerarlas.

1) La naturaleza del régimen

¿Utilizó alguna vez la Unión Soviética en sus 70 años de existencia algún terrorista suicida? Para Irán, como para otros tantos jihadistas, los terroristas suicidas son una rutina. Ahí están las pruebas de las autoinmolaciones en los ataques a las barracas de soldados norteamericanos en el Beirut de 1983 y las bombas plantadas en Bulgaria en julio de 2012. Los clérigos iraníes gobiernan en nombre de una religión fundamentalista para quienes el más allá constituye una recompensa máxima. Para los comunistas soviéticos–con todo su ateísmo militante–esa idea era una estúpida fantasía

A pesar de sus aspiraciones globales, la Unión Soviética era intensamente nacionalista. La República Islámica, por otra parte, se considera instrumento de su propia versión de Milenio Chiita. Algo así como el regreso mesiánico del Imán universal.

Una cosa es vivir en un estado de destrucción mutua asegurada con Stalin o Brezhnev, líderes de una filosofía materialista con base histórica y realista. Y otra muy distinta es una situación de destrucción mutua con clérigos apocalípticos que creen en el advenimiento inminente del Mesías, la supremacía del más allá y la guerra santa cono la mejor forma de obtenerlo. La expresión clara y clásica la tenemos en los rivales de Teherán, los fanáticos de Al Qaeda, cuando les dicen a los iraníes: “Ustedes aman la vida, nosotros amamos la muerte”. De ahí la futilidad de tratar de disuadir a gente con esta filosofía apocalíptica.

2) La naturaleza del conflicto.

El conflicto soviético con los Estados Unidos era de tipo ideológico. El conflicto de Irán con Israel es de vida o muerte. Los soviéticos nunca expresaron un deseo de aniquilar al pueblo de los Estados Unidos. Para Irán, la mera existencia de un estado judío en tierras reclamadas por los musulmanes es un crimen, una abominación, un cáncer con el cual no puede haber negociación o acomodación de naturaleza alguna.

3) La naturaleza del objetivo.

Los Estados Unidos son una nación de 300 millones de habitantes. Israel es un país de 8 millones. Israel es un punto en el mapa que en algunas partes tiene 8 millas de ancho. Es un país que puede ser arrasado con una sola bomba. Su territorio es tan pequeño y su población tan concentrada que, según palabras del ex presidente iraní, Rafsanjani, “una sola bomba no solo devastaría a Israel sino causaría daños en territorios en poder de los musulmanes”. Bastaría con un pequeño arsenal nuclear.

En la disuasión norteamericana-soviética, ambos bandos sabían que una guerra nuclear los aniquilaría a ambos. Los clérigos iraníes han llegado a una conclusión inaudita. Ellos están conscientes del arsenal israelí. También saben que en cualquier intercambio nuclear Israel sería destruido en su totalidad mientras que una gran parte del mundo musulmán de 1,800 millones de habitantes sobreviviría el conflicto. La redención de ese mundo es el principal propósito de estos fanáticos.

Esto no quiere decir que los clérigos de Teherán se arriesgarían en forma innecesaria a sufrir daños considerables a cambio de destruir a Israel. Pero quiere decir que asegurar lo contrario sería una tontería. Los clérigos tienen una distinta visión del mundo, una disputa radicalmente diferente y un cálculo totalmente distinto sobre las consecuencias de una conflagración nuclear.

La creencia inocente de que ellos son como los soviéticos es una fantasía. Esa es la razón por la cual Israel está considerando seriamente una acción preventiva. Israel se niega a confiar su existencia a las teorías convenientes de analistas que viven a 6,000 millas del lugar de impacto de un proyectil nuclear.