December 16, 2017

Occidente Se Está Rindiendo.

¿Qué ha pasado con Charlie Hebdo? Durante años, la revista satírica francesa estuvo escupiendo bolitas de papel a la buena sociedad. Sus escritores y dibujantes se deleitaban en particular con la ridiculización de religiones y devociones. Algunas personas lo encontraban gracioso e intelectualmente provocativo. A otras les horrorizaba y ofendía. Así es la vida en un país libre.

Entonces, el 7 de enero de 2015, dos musulmanes franceses de origen argelino irrumpieron en las oficinas de la revista disparando sus armas automáticas y gritando “Alahu Akbar!”. Mataron a 12 personas, entre ellas el director de Charlie Hebdo. Al salir, proclamaron: “¡Hemos vengado al profeta Mahoma!”. Su mensaje de fondo era el siguiente: bajo la ley islámica (por ellos interpretada), afrentar o siquiera parodiar al islam está prohibido. Esa ley se aplica no sólo a los musulmanes de los países islámicos, también a todo el mundo en todas partes. Aquellos que la infrinjan serán ejecutados.

Je suis Charlie!” y “¡No tenemos miedo!” fueron los desafiantes gritos de guerra de los dos millones de personas, incluidos cuarenta líderes de todo el mundo, que se congregaron para un acto unitario en París unos días después. Nunca –juraron– renunciarían a su libertad. Pero, poco a poco, eso es lo que está ocurriendo.

En 2016, el actual director de Charlie Hebdo dijo que ya no iba a publicar más viñetas de Mahoma. Este año, la periodista Zineb el Rahzui abandonó la revista explicando: “La libertad a cualquier precio era lo que amaba de Charlie Hebdo; hoy, añadió, el semanario carece de “la capacidad para llevar la antorcha de la irreverencia y la libertad absoluta”.

La escritora francesa, de 35 años y nacida en Marruecos, autora de un libro titulado Détruire le fascisme islamique (Destruir el fascismo islámico), también ha dicho: “Se puede ser árabe, musulmana y librepensadora”. Sí, pero el precio es exorbitante. Se han dictado fetuas que sancionan su asesinato, y ahora va acompañada de guardaespaldas a todas partes.

Otros ejemplos de autocensura son menos evidentes, pero no se deberían dejar de señalar. ¿Qué periódico en Europa o Estados Unidos publicaría hoy viñetas satirizando a los yihadistas, y no digamos al islam? La exitosa comedia musical de Broadway The Book of Mormon parodia a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. ¿Alguien se puede imaginar un espectáculo similar sobre el islam?

Durante cinco temporadas, Homeland, la serie de Showtime, contaba la historia de una agente de la CIA que luchaba contra los yihadistas. Ya no. La ahora exespía Carrie Mathison trabaja en una “fundación para musulmanes maltratados por la aplicación de las leyes domésticas”. La República Islámica de Irán es retratada como un país que acata honorablemente sus obligaciones derivadas del acuerdo nuclear culminado por el presidente Obama, mientras que un malvado funcionario de la CIA conspira con el Mosad para convencer a la presidenta electa (una inflexible senadora de Nueva York) de lo contrario.

Pero la mayor noticia es esta: Canadá está considerando convertir en delito la libertad de expresión en lo concerniente al islam. La parlamentaria liberal de origen paquistaní Iqra Jalid ha presentado en la Cámara de los Comunes la Moción 103, que incluye una serie de recomendaciones de actuación para el Gobierno, que comprende la adopción de nuevas leyes, para reducir las expresiones de “islamofobia”. No se define el término, pero se caracteriza como una manifestación de “racismo sistemático y discriminación religiosa”. Se preguntarán: ¿cómo encaja un miedo, incluso uno injustificado e irracional, en esa categoría?

Esperanzadoramente, una asociación llamada Musulmanes contra la M-103 protestó ante lo que considera una “infiltración de los Hermanos Musulmanes” y un intento de dejar de lado a aquellos musulmanes canadienses “contrarios a la agenda yihadista y que luchan por la preciada institución canadiense de la libertad de expresión que esta iniciativa trata de reprimir”.

Los musulmanes reformistas de Canadá entienden que lo que se está considerando no es muy distinto de una ley sobre blasfemia. Y conocen el impacto que dichas leyes han tenido en otros países.

En Pakistán, por ejemplo, Asia Bibi, cristiana, está en el corredor de la muerte. ¿Su delito? Hacer unos comentarios que unas vecinas musulmanas consideraron irrespetuosos con el islam. En Arabia Saudí, Raif Badawi, bloguero que criticó a altas autoridades religiosas en internet, lleva cinco años encarcelado –y flagelado– por “insultar al islam por vías electrónicas”. En Irán, Mariam Nagash Zargaran, cristiana conversa, ha pasado la mayor parte de los últimos cuatro años en la tristemente célebre cárcel de Evin, en Teherán, por “hacer propaganda contra el régimen islámico”.

Este desarrollo de los acontecimientos habría complacido sin duda a Ruholá Jomeini, el líder de la Revolución Islámica iraní. En 1989 dictó una fetua pidiendo el asesinato de Salman Rushdie, cuya novela Los versos satánicos consideró ofensiva. Un dirigente extranjero dicta una sentencia de muerte contra un ciudadano británico por ejercer sus derechos en un país libre: eso debería haber provocado una firme y furiosa respuesta de los líderes occidentales. No fue así.

En 2011, el taimadamente denominado Consejo de Derechos Humanos de la ONU adoptó una resolución en la que pedía la toma en consideración de medidas para poner freno a los comentarios negativos sobre el islam. La Organización de Cooperación Islámica, el mayor bloque de la ONU, fue un paso más allá organizando el Proceso de Estambul, a fin de crear leyes contra la islamofobia. Durante la Administración Obama, la secretaria de Estado Hillary Clinton expresó el apoyo de Estados Unidos al Proceso de Estambul.

Espero que el secretario de Estado, Rex Tillerson, adopte otro punto de vista. Pero si él u otros en la Administración Trump tienen dudas, deberían hablar con Tarek Fatah, el columnista canadiense de origen paquistaní del Toronto Sun. Fatah ha escrito a la señora Jalid y también al primer ministro, Justin Trudeau –otro partidario de la M-103–, preguntándoles si querrían verlo enjuiciado por islamofobia si rechazara públicamente algunos pasajes del Corán por ser “actualmente inaplicables”. Citó uno que insta a los musulmanes a “verter terror sobre los corazones de los infieles” y a “cortarles la cabeza”.

A Fatah, que nació en una tierra que cada vez es menos libre, le aflige, como es comprensible, que tantos líderes de su país de adopción parezcan tan dispuestos a rendir la otrora preciadísima libertad canadiense. Y lo que podría ser peor: no les da vergüenza. Al contrario, se felicitan por su sensibilidad y virtud.

Fuente: Revista El Medio