September 26, 2017

HILLARY Y SU SUEÑO CONVERTIDO EN PESADILLA

Esta mujer se ha pasado la vida consumida por la ambición de poder. En el ocaso de su existencia no se conforma con ser multimillonaria, vivir en una mansión digna de potentados árabes y haber tenido la distinción de haber sido primera dama, senadora y secretaria de estado de la nación más poderosa de la tierra. Cuando otras mujeres de su edad, su caudal económico y su notoriedad social disfrutan de sus nietos y comparten ternuras y recuerdos con sus esposos esta mujer lo arriesga todo por ser presidenta. Todo indica que, desde sus inicios, Bill y Hillary fueron tanto marido y mujer como socios políticos. En el curso de una asociación para delinquir en la obtención y preservación de poder, Hillary ha tolerado la humillación pública de ser traicionada por Bill Clinton, perseguido a las víctimas de los abusos sexuales de su marido y tirado por la borda a todo asociado y amigo que pudo descarrilar sus ambiciones. Ahora, pone en peligro la paz, el prestigio y hasta una salud minada por la obesidad en una implacable campaña política que pondrá al desnudo su maldad, sus mentiras y su ineptitud.

Vayamos por parte. Nunca es más obvia la maldad de una madre que cuando miente de manera flagrante a otra madre a quién le han asesinado a un hijo. En la ceremonia en la Base Aérea de Andrews en que fueron recibidos los restos de las víctimas de Benghazi, Hillary le dijo a Patricia Smith, madre de Sean Smith, que el ataque contra el consulado había sido motivado por un video contra el profeta Mahoma. Todo lo contrario de la verdad que Hillary había reconocido a las 11 de la noche del mismo día del ataque en un correo electrónico a su hija Chelsea donde afirmó: “Dos de nuestros diplomáticos fueron asesinados en Benghazi por un grupo asociado con al-Qaida”.

Media hora más tarde, le advirtió al presidente Libio Mohamed Magariaf: “Está teniendo lugar una batalla a tiros que, según mi entender, ha sido reclamada por Ansar [al] Sharia, la franquicia libia de al-Qaida”. Con la ayuda de una prensa parcializada Hillary ha creado hasta ahora una cortina de humo para evadir responsabilidad en los hechos, pero en los últimos días le ha salido el fantasma de la película “13 Horas”. Un éxito cinematográfico que muestra en todo su drama y con claridad meridiana el abandono de cuatro patriotas norteamericanos por unos políticos que no querían poner en peligro la reelección del Mesías. Obama ya se retira con sus millones y no sufrirá consecuencias políticas ni jurídicas pero es altamente probable que Hillary pague con la derrota en las urnas por su complicidad en este acto ignominioso y cobarde.

Pero la maldad de Hillary no es noticia para quienes le hemos seguido los pasos en sus más de 20 años de vida política, ya sea como primera dama, senadora o secretaria de estado. Todo empezó cuando se dedicó a perseguir, hostigar y desprestigiar a las mujeres que tuvieron el coraje de acusar a su marido de depredador sexual. No estoy hablando de la niña precoz Monika Lewinsky ni de la despampanante Jennifer Flowers porque ellas no fueron víctimas sino colaboradoras activas en actos de lujuria de un probado degenerado sexual. Me refiero a verdaderas víctimas como Juanita Broderick, Kathleen Willey y Paula Jones a quienes Hillary les hizo la vida un picadillo.

Pasando al campo de la mentira, esta mujer bien podría competir por un Oscar con sus admiradores de Hollywood. Para ello cuenta con una cara de concreto armado, un cinismo en superlativo y un sarcasmo mayúsculo que le permite desviar preguntas y evadir respuestas. Aquí acudo al periodista William Safire, asesor de presidentes y brillante articulista del rotativo The Washington Post, quién en un ensayo publicado el 8 de enero de 1996, cuando Hillary era primera dama, escribió: “Hillary Clinton es una mentirosa congénita”. Y agregó: “Ella tiene el hábito inveterado de mentir y nunca se ha visto obligada a reconocer sus mentiras o las mentiras que ha hecho decir a sus subordinados”.

Pero, el escándalo de los correos electrónicos podría ser la gota que llene el cubo de tolerancia hacia las mentiras de los Clinton. A pesar de que Hillary ha negado en múltiples ocasiones haber enviado material clasificado, en este momento se sabe de más de 1,200 correos electrónicos, sin contar con los que el FBI se encuentra recuperando del disco duro de su computadora. Y las cosas se han complicado aún más para la Hillary con la reciente revelación de su envio de material clasificado como Special Access Programs (SAP) que, de ser detectados por el enemigo, podrían costarle la vida a agentes norteamericanos infiltrados en grupos terroristas que conspiran contra los Estados Unidos.

Por otra parte, el Director del FBI, James Comey, un hombre respetado por miembros de ambos partidos, ha dedicado más de 100 agentes a investigar este asunto. Expertos como el ex Fiscal General, Joe DiGenova, afirman que Comey podría recomendar enjuiciamiento por la violación de más de una decena de leyes sobre seguridad nacional. Si la actual Fiscal General, Loretta Lynch, no procede con el enjuiciamiento, DiGenova vaticina una renuncia masiva en el FBI similar a la que se produjo con motivo del escándalo de Watergate en octubre de 1973. Aún cuando Obama la proteja de la justicia, esto sería suficiente para convertir el sueño de Hillary de llegar a la Casa Blanca en una devastadora pesadilla política.

Pero la trayectoria de esta señora en la vida política norteamericana no estaría completa sin tomar en cuenta su pobre hoja de servicios en los cargos que ha desempeñado. En sus 8 años como senadora, Hillary patrocinó tres inocuos proyectos de ley. El primero designando un sitio histórico con el nombre de Kate Mullany, el segundo bautizando una instalación del servicio postal con el nombre del Mayor George Quamo y el tercero nombrando una porción de la carretera federal 20-A en el estado de Nueva York como “Timothy J. Russert Highway”. Pero donde le puso la tapa al pomo fue durante su paso por el Departamento de Estado. Anunció un “reset” de la política hacia Rusia que fracasó rotundamente y sirvió para envalentonar al heredero de Iván el Terrible. Dijo que Bashar al-Assad no era un asesino sino un “reformador”. Y lo peor fue que presidió sobre una Primavera Árabe que convulsionó a Egipto y convirtió a Libia en un polvorín. En ese polvorín fueron asesinados cuatro de los hombres que ella tenía bajo su mando y que suplicaron una protección que ella nunca les proporcionó.

Todo esto explica por qué Hillary se siente amenazada por un anciano socialista que quiere convertir a los Estados Unidos en otra Cuba u otra Venezuela en el Continente Americano. Un hombre tan a la izquierda que hace aparecer como capitalista a Barack Obama y que prefirió pasar la luna de miel de su segundo matrimonio en el clima inhóspito de la Unión soviética antes que en una cálida isla caribeña. De ahí que Hillary no haya encontrado otra alternativa para resultar victoriosa que abrazarse a la desastrosa política del Mesías.

Sueña con motivar a la coalición de negros, mexicanos, mujeres y jóvenes universitarios que pusieron a Obama dos veces en la Casa Blanca. Pero Obama era un desconocido con un inmenso carisma. Hillary es un libro abierto de fracasos, mentiras y maldades que carece del más mínimo atractivo. De hecho, proyecta una arrogancia y una petulancia que le impide hacer contactos con la gente común que constituye la mayoría del electorado.

Por otra parte, no puede proclamar ser fuerte en política exterior cuando respalda el acuerdo suicida con Irán. No puede contar con la emoción de unos electores negros que fueron a votar antes por uno de los suyos y ahora podrían quedarse en casa. No puede esperar el respaldo masivo de unos mexicanos que fueron engañados por las promesas de Obama sobre una verdadera ley de reforma migratoria, no una orden ejecutiva que será anulada cuando llegue a la Casa Blanca cualquier presidente republicano. No puede proclamarse campeona de las mujeres cuando su marido es retado en público por su conducta de depredador masivo. Y puede olvidarse del apoyo multitudinario de una juventud que está sirviendo de meseros porque de nada les valen sus títulos de doctorado para encontrar trabajo.

Sé que todo lo que he dicho en este articulo no va a cambiar en un milímetro la opinión de una izquierda que se aferra a Hillary como la última tabla de salvación del legado destructivo de Barack Obama. También estoy consciente de que no es necesario destacar estos hechos a quienes están determinados a poner fin a la pesadilla de los últimos 8 años. Escribo, por lo tanto, para el 40 por ciento de norteamericanos que se declaran independientes y que podrían convertir el sueño obsesivo de Hillary en la pesadilla con la que cerrará su deplorable carrera política.

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